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ZealityUna ventana a mi mundo más profundo y hondo October 29 ¡Feliz cumpleaños, por Tutatis!"En un cuarto de hora tuvimos la idea (de Astérix)" Albert Uderzo "Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia esta ocupada
por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos
resiste todavía y siempre al invasor". Todos mis lectores habréis reconocido esta popular introducción, ¿verdad? Sí, amigos, es la de Astérix y Obélix, cuyas aventuras cumplen hoy 50 años. Una cifra nada desdeñable a la que me gustaría brindar un humilde homenaje desde este rincón. No en vano, mi infancia estuvo marcada por las simpáticas peripecias de los irreductibles galos y su poción mágica, sus fantásticos viajes por el mundo clásico, sus continuas palizas al ejército romano... Y todavía siguen siendo una de mis lecturas favoritas cuando tengo ganas de relajarme y desconectar. Remontémonos atrás en el tiempo. No, no al 50 a.C., sino a 1959, año en el que veía la luz por primera vez Pilote, una revista periódica de cómics fundada por dos de los genios más reconocidos de la historieta europea: Jean-Michel Charlier, padre del Teniente Blueberry; y René Goscinny. Les acompañaban dos prometedores dibujantes, Jean Hébrard y Albert Uderzo, con quienes ya habían hecho equipo en otros proyectos de éxito, como Le Supplément Illustré o Radio-Télé, todos ellos magacines dirigidos a niños. Pilote, cuna de dibujantes de la talla de Moebius, Greg o Jijé, tuvo conquistado al público francés durante 30 años, si bien su número más celebrado siempre será el primero, del que se vendieron 300.000 ejemplares solo en un día. En esa edición, nacerían los personajes más famosos del cómic francés. Ese 29 de octubre de 1959, en Bobigny, nacían Astérix y Obélix. "Nos pidieron hacer una serie de cómics infantiles que tuvieran como protagonistas a unos antihéroes relacionados con la Historia francesa. En aquella época, sólo existían los cómics americanos y los del joven reportero Tintín. Recuerdo que en un cuarto de hora tuvimos la idea. Nos inspiraríamos en una parte de la Historia de Francia muy conocida, en la de los galos", rememora Uderzo, uno de los progenitores de un Astérix al que, en un principio, quería convertir en un guerrero alto y fuerte. Afortunadamente, Goscinny tenía otra idea, la de un galo astuto e inteligente, pero bajito. Uderzo, con todo, apuntaba a que Astérix tendría que estar acompañado por alguien realmente fuerte, pero más 'torpe' que su compañero. A Goscinny le pareció bien y, así, surgió Obélix. La primera historia que protagonizaría esta singular pareja se llamó Astérix el galo, que se publicó en Pilote de manera serial. Aquí aparecerían casi todos los compañeros de aventuras de los intrépidos galos, como el druida Panorámix, el bardo Asurancetúrix o el jefe de la aldea, Abraracurcix (cuyo nombre en español, por cierto, cambió en bastantes ocasiones -Abrazopartidix llegó a llamarse-). En 1961, esto es, tan solo dos años después, la editorial francesa Dargaud (que se había hecho con Pilote debido a sus problemas financieros) se animó a publicar el cómic en un solo tomo; y, debido a su inmenso éxito (tanto en Francia como en el resto de Europa), en 1967 se estrenaría su versión cinematográfica animada. Por desgracia, esta no tuvo tan buena acogida y la película de Astérix y la hoz de oro nunca se llegó a realizar, aunque sí pudimos disfrutar de la magnífica Astérix y Cleopatra. Los años 60 fueron muy prolíficos para Goscinny y Uderzo, que sacaron 13 álbumes en solo una década. Astérix y Obélix conocieron, en ese tiempo, a su tercer inseparable, el perro Ideáfix (su primera aparición tuvo lugar en La vuelta a la Galia, en 1963); sirvieron a la reina Cleopatra; visitaron Germania, Roma, Hispania o Britania; participaron, con éxito, en los Juegos Olímpicos... Y, en los 70, la gallina ofreció al mundo nuevos huevos de oro, como La Cizaña, La Mansión de los Dioses, El Adivino... Hasta se atrevieron a cruzar el Atlántico y descubrir América antes que Colón (e incluso que los vikingos). En 1976, Las Doce pruebas de Astérix recuperaron al entrañable galo para el Séptimo Arte, encumbrándolo como dueño y señor de Roma... Un final fantástico para este cómic, debió pensar Goscinny, pues nos dejó solo un año después. Uderzo, a pesar de que ya no estaba su amigo y guionista, decidió seguir él solo con las aventuras de Astérix, aunque el ritmo de producción de cómics bajó considerablemente. De la mano del dibujante francés (que fundó su propia compañía, Les Editions Albert-René) "únicamente" han aparecido 11 tomos más, frente a los 24 que ideó junto a Goscinny. Los primeros sí fueron bien recibidos por los seguidores de Astérix, al continuar la estela dejada por Goscinny. Por desgracia, a medida que ha ido pasando el tiempo, los álbumes han ido perdiendo frescura, y el último de ellos, que acaba de ser publicado en Francia (con el nombre Astérix y Obélix: El Libro de Oro), ya ha sido destrozado por la crítica. No en vano, Uderzo nos muestra ya a unos Astérix y Obélix ancianos, con los romanos como triunfadores de su larga lucha... Un tono demasiado deprimente para una obra siempre simpática y divertida. De todos modos, y pese al escaso nivel de sus últimas apariciones, Astérix y Obélix continúan siendo un filón para Uderzo, que, en los años 90 (y tras un intenso juicio con Dargaud), se hizo con todos los derechos de su obra. Esa buena salud queda demostrada con el rotundo éxito de las tres películas reales que han salido en los últimos diez años, con un Gerard DePardieu soberbio como Obélix. En 2007, al cumplir Uderzo 80 años, un buen número de dibujantes le dedicaron un nuevo libro de Astérix, llamado Astérix y sus amigos, donde se homenajeó su legado con una serie de historias cortas. Tal ha sido su importancia que sus tomos se han traducido a 33 idiomas diferentes, algunos tan peculiares como el esperanto, el griego clásico, el vietnamita, el alsaciano, el bretón, el mirandés... Hasta el primer satélite francés de la historia, lanzado en 1965, se llamó Astérix-1. Videojuegos, art-books, juguetes, juegos de mesa, patatas fritas... El negocio en torno a las figuras de Astérix y Obélix no tiene límites. Incluso se fundó, en 1989, un parque temático en su honor, el Parc Astérix (a 35 kilómetros de Paris), que registra 1,6 millones de visitantes al año. Ni Google se ha olvidado de un aniversario que ya están celebrando en Paris con una exposición conmemorativa, en la que se pueden disfrutar de unos 50 dibujos originales, manuscritos y objetos relacionados con el universo de Astérix y compañía. Aunque ahora la polémica está servida entre Albert Uderzo y su hija Sylvie (dueña de un notable montante de acciones de Les Editions Albert-René) por el deseo expreso del artista de que Astérix no muera con él, los seguidores, como yo, del inefable galo obviamos todas esas tonterías y nos centramos en lo que de verdad nos importa: las aventuras de un galo bajito y mal hecho y de otro bajo de tórax, acompañados de un pequeño perrito, que serán, por siempre, la pesadilla de Julio César. ¡Feliz cumpleaños, por Tutatis! October 27 Quentin, un 10; Alejandro..."Esta película significa tanto para mí"
Como muchos de mis lectores sabéis, Quentin Tarantino nunca ha sido uno de mis directores favoritos, si bien siempre he respetado su trabajo (excelente, por otra parte); por el contrario, las películas de Alejandro Amenábar siempre me han encantado, y he hablado maravillas de ellas. Sin embargo, en este mes de octubre, las tornas han cambiado radicalmente. Así, el realizador estadounidense me ha conquistado de pleno con sus Malditos Bastardos, mientras que el español me ha decepcionado, en cierta medida, con su Ágora. Con este texto no pretendo, ni mucho menos, comparar ambos filmes, o los estilos narrativos de sus creadores, pero quería valerme de ambas para resaltar cómo, en muchas ocasiones, el exceso de recursos no da como resultado una buena película.
Eso es justo lo que le ha ocurrido a Ágora. Tal como me temía, el proyecto le ha venido excesivamente grande a Amenábar, quien no consigue una película fluída y atractiva. El español se pierde entre las muchas historias que pretende contar, desaprovecha el personaje de Hypatia y abusa de determinados recursos hasta convertirlos en pretenciosos. Por el contrario, Tarantino, a pesar de manejar multitud de tramas (Los Bastardos, Shosanna, el coronel Landa...) y situaciones, sabe hacerlas confluir hacia un desenlace común y concreto, con un ritmo alto que nunca te aburre y un desarrollo intachable de los protagonistas (sobresaliendo el del ya mencionado coronel Landa, del que hablaré largo y tendido más adelante).
¿Cuáles son, concretamente, los problemas de Ágora? Fundamentalmente, que, cuando sales de la sala de cine, te queda la sensación de que apenas ha ocurrido algo: los personajes no han evolucionado (salvo los bruscos cambios de humor por parte de Davo, el esclavo -Alejandro, si este chiste fue a propósito, será mejor que nunca te dediques al humor-); la trama de Hypatia sobre el descubrimiento de la órbita elíptica no pasa de ser anecdótica (y totalmente prescindible, si me apuráis), mientras que la de su peso político en Alejandría (razón real por la que fue asesinada) pasa completamente de puntillas... Eso sí, la recreación de la época (vestuario y escenarios) es extraordinaria, la destrucción de la Biblioteca está magníficamente desarrollada (la mejor parte del filme, sin duda) y las conjuras cristianas para hacerse con el poder resultan interesantes. No obstante, cabe decir, en este último punto, que Amenábar ha obviado algunas cosas (como que el Obispo Sinesio sí apoyaba abiertamente a Hypatia, entre otras) y exagerado otras. Ni los cristianos eran tan horribles ni los demás habitantes de Alejandría tan avanzados o progresistas. Obviamente, la Iglesia llevó a cabo verdaderas barrabasadas durante toda esa era (y los siglos venideros), asesinando a una cantidad ingente de inocentes por herejía o brujería. Negarlo sería un absurdo descomunal. Con todo, la demonización que sufre en esta película me parece excesiva y, por qué no decirlo, demasiado propagandística. Entiendo que Amenábar ha deseado hacer una crítica al fanatismo religioso, pero la realidad es que dicho mensaje está tan mal expresado que se presta fácilmente a malinterpretaciones (como, por desgracia, está ocurriendo). Todo esto se habría arreglado reflejando más (y mejor) el peso que tenía Hypatia en el Gobierno de Alejandría y en otras figuras importantes de la zona, pero, ya sea por un descuido en el guión o por la incapacidad de Rachel Weisz, al final se da a entender que a la filósofa la mataron por pagana, y no por otras causas. Esto es, Hypatia se convierte en una simple excusa para narrar el ascenso de Cirilo y los radicales cristianos al poder, y poco más. Tampoco es de extrañar este fenómeno. No en vano, Amenábar no es un director de personajes (como Almodóvar, por ejemplo), sino de historias. Obviamente, sus protagonistas siempre han estado muy cuidados y trabajados, pero el peso de sus filmes no recaía sobre ellos, sino sobre lo que acontecía a su alrededor. Mar Adentro fue la primera que se alejaba un poco de esa tónica, si bien, en el fondo, el entorno de Ramón Sampedro absorbía tanta atención como el tetrapléjico gallego. Con Ágora, Amenábar ha tratado de dar un paso más hacia ese otro estilo que pocos realizadores manejan con acierto y, lamentablemente, se ha quedado a medio camino; una indefinición que ha 'matado' a sus personajes, que pecan de imprecisos, difuminados, poco atractivos. Hypatia, como protagonista, no engancha al espectador en ningún momento (y eso que se supone que era una mujer luchadora y con carácter); Orestes y Davo (sobre todo este último) se muestran muy volubles, pasando de un extremo a otro (del amor al odio, del valor a la cobardía) en tan solo un segundo...¡Cuánto tiene que aprender de Tarantino! El estadounidense es justo uno de esos directores que sabe basar sus películas en la personalidad de sus héroes o antagonistas, y eso se nota. Por ello, no resulta de extrañar que Malditos Bastardos sea una verdadera lección de cómo hay que tratar a los protagonistas de una narración, incluso una que tergiversa tanto la Historia como esta. Y es que Quentin, al igual que Amenábar, deja a un lado la precisión en favor de su trama, dando un giro completamente bizarro a la II Guerra Mundial; sin embargo, consigue que te creas, que 'compres' lo que te está contando, por irreal o exagerado que sea. ¿Y por qué? Porque sus personajes son creíbles, incluso los más extravagantes. Están construídos al milímetro, actúan de manera congruente a su forma de ser (perfectamente definida), e incluso evolucionan con el paso de la película. En este sentido, cabe destacar la que, a mi gusto, es la mejor actuación de toda la cinta, la del austríaco Christoph Waltz con su Coronel Landa. Para el que no la haya visto, se trata de un mando nazi encargado de cazar judíos, sumamente inteligente, sagaz (Tarantino, de hecho, hace alguna que otra comparativa entre Landa y Holmes) y cruel. Bajo una fachada de amabilidad, se esconde una persona que siempre sabe lo que está ocurriendo, a la que no es posible engañar y capaz de cualquier cosa por lograr sus objetivos. Su escena con el granjero LaPadite es una magnífica muestra de esto y, de paso, un inmejorable modo de comenzar el filme. También me gustó la francesa Mélanie Laurent, espléndida en su rol de la judía fugada Shosanna Dreyfus. Durante todo el filme, su odio hacia los nazis la empuja a maquinar una venganza tan contundente como feroz contra sus enemigos; sin embargo, cuando, en mitad de una película propagandística alemana, está a punto de llevarla a cabo, algo falla. Fredrick Zöller, un oficial germano metido a actor del Regimen (y protagonista de esa cinta), hace que tenga un momento de duda, y eso le acaba costando muy caro. Algunos críticos han postulado que, en ese instante de vacilación, Dreyfus se enamora de la imagen fílmica de Zöller y, la verdad, estoy bastante de acuerdo. El 'film' logra que Dreyfus vea más allá del uniforme o la ideología de Zöller y le aprecie, no como un héroe (que es lo que la propaganda nazi desea), pero sí como un ser humano que ha sufrido y lo ha pasado mal (igual que ella). Esa rabia contra los alemanes se disipa, se difumina por un segundo, y todo porque el cine ha conseguido que ella se identifique con el protagonista. He ahí el poder del (Séptimo) Arte, capaz de alterar las emociones humanas, incluso las más profundas, hasta unos límites insospechados. Si queréis saber cómo acaba la historia de Shosanna, os recomiendo encarecidamente que veáis Malditos Bastardos, la cual, por cierto, recoge una de las mejores actuaciones de Brad Pitt de los últimos años (casi a la altura de su papel en Quemar después de leer). El Teniente Aldo Raine, al que encarna Pitt, mezcla perfectamente el cinismo típico de Tarantino con unos golpes de humor soberbios. De hecho, junto a Waltz protagoniza la que, quizá, sea la escena más divertida de toda la cinta, que recomiendo ver en versión original. Ya sabéis que siempre apoyo a los dobladores españoles, pero, en esta ocasión, quiero hacer una excepción. Y es que, en Malditos Bastardos, se habla en francés, alemán, inglés y hasta italiano, entendiéndose mucho mejor los giros de la película (sobre todo los cómicos) en V.O.S. No me voy a meter en temas de fotografía, montaje o vestuario, pues ambas películas están bastante igualadas en ese apartado. Solo pongo en el 'debe' de Amenábar los excesivos planos del planeta Tierra a lo Google Earth. Una vez puede quedar bien; a la segunda ya escama; y cuando se repite una y otra vez, resulta sobrecargado. Me gusta la idea que transmite con esas vistas panorámicas del mundo (la abrumadora realidad -razón- frente a la superstición y el fanatismo religioso), así como la sensación omnisciente (o demiúrgica) que produce en el espectador, pero los efectos de dicho recurso quedan mitigados al emplearlos tan 'machaconamente'. Tampoco me terminan de convencer los créditos en mitad del filme para pasar de un contexto a otro (demasiado simple para un realizador de la talla de Amenábar). ¿Y no hay pegas para Tarantino? Quizá algunas escenas son más largas de lo recomendable, pero ya sabemos que este director es así y que le encanta recrearse en los diálogos, más si estos implican a varios personajes (y si son completamente dispares, como ocurre en Malditos Bastardos en la bodega francesa, mejor que mejor), así que no me pilló desprevenido. Con todo, y a pesar de que a sus incondicionales no les ha entusiasmado, considero que Malditos Bastardos es un trabajo soberbio, posiblemente de los mejores de Tarantino, en contraposición con Ágora, que, sin duda, es la peor de todas las que ha dirigido Alejandro Amenábar. A ver si el español aprende un poco del estadounidense acerca de desarrollo de personajes, y retoma de mejor modo su carrera en la próxima cinta, porque esta ha dejado a su público frío como el cadáver de un nazi en manos de los Bastardos. August 28 Pan para hoy, hambre para mañana"La actuación ha sido peor de lo previsto" José María Odriozola Resulta curioso cómo evoluciona el deporte. En 1999, España finalizaba los Mundiales de atletismo en Sevilla con cuatro medallas en su haber, dos de ellas de oro, y multitud de buenos resultados; por su parte, la natación nos ofrecía los éxitos de la nacionalizada Nina Zhivaneskaia... Y nada más. Tan solo una década después, las tornas han cambiado radicalmente. Nuestros nadadores regresaron este verano de los Campeonatos del Mundo con excelentes marcas y varios metales en sus cuellos, mientras que nuestros atletas completaron este pasado fin de semana un torneo mundialista decepcionante, con pocas alegrías (muchas de ellas de la mano de veteranos), alguna que otra actuación lamentable (Olmedo, Pestano) y, sobre todo, una incertidumbre creciente por saber qué futuro le espera a España en esta disciplina.
Si bien la cosecha ha sido mayor que en los Juegos Olímpicos de Pekín (dos preseas en Berlín frente al 'rosco' con el que abandonamos el Nido hace ya un año), las sensaciones son igual de malas. O incluso peores. No en vano, de 51 competidores que se han enviado a tierras alemanas, solo siete han logrado puesto de finalista, y únicamente dos lo han rozado (esto es, un 17%, siendo la primera vez desde 1995 que no llegamos a la decena); de todos ellos, solo una baja de la treintena (Beatriz Pascual); uno de los dos medallistas, Jesús Ángel García Bragado, está al borde de la retirada a sus 39 años, y la otra, Marta Domínguez, presenta en su DNI una edad más que respetable (33); ninguno de nuestros nacionalizados ha alcanzado su respectiva final en su modalidad y, de hecho, muchos ni siquiera superaron la primera ronda eliminatoria; seis atletas no acabaron sus pruebas, y hasta sufrimos una descalificación... Posiblemente lo peor de todo sea la escasa perspectiva de futuro de nuestro atletismo. Solo los veteranos han dado la cara, y muchos de los "jóvenes" valores parecen negarse a explotar. Un claro ejemplo se encuentra en Manuel Olmedo o Arturo Casado, dos deportistas que apuntaban buenas maneras hace pocos años, y cuya actuación en Berlín ha sido, como poco, pésima. De momento, la excelente hornada de los 70 nos mantiene en una situación aceptable, pero va haciendo falta que entre sangre nueva cuanto antes, para que no nos encontremos, en pocos años, con un panorama todavía más desolador que el actual. Y un buen primer paso sería jubilar a muchos de los 'dinosaurios' e "incompetentes" que hay en nuestro atletismo, y que acaparan recursos sin ofrecer, a cambio, resultados. Por supuesto, hablo de gente como Manolo Martínez y Mario Pestano, cuya continuidad en el equipo nacional se me antoja innecesaria. Muy clamoroso es el caso de Pestano. El discóbolo canario llegaba a todos los grandes torneos con marcas importantes, pero siempre fracasaba a la hora de la verdad; este año, sus registros habían sido discretos, acudía al Mundial sin presión alguna, conseguía la clasificación para la final a la primera... Y ahí no fue capaz de lanzar más allá de los 62 metros. Esto es, la enésima decepción de Pestano, quien confesaba a TVE que se planteaba dejarlo. Y yo me pregunto, ¿por qué no retirarlo? Al canario se le han dado muchas oportunidades para demostrar su valía y, en vez de progresar, involuciona: cuarto en los Europeos de 2006; quinto en los Mundiales de 2007; noveno en los Juegos de Pekín; 10º en Berlín. Queda claro que no va a darnos ninguna alegría, y hasta él mismo ya lo ha reconocido. Su escaso carácter, su falta de competitividad, no debería permitirse a nivel profesional. Ciertamente, el deporte no consiste solo en ganar, pero sí en pelear, luchar, ofrecer lo mejor de tí mismo en los momentos serios. Y Pestano, en este sentido, no da la talla. Y cuando me refiero a este discóbolo, hago extensible su situación a otros muchos atletas similares, como Juan Carlos Higuero, Reyes Estévez, Manuel Ángel Penas, Naroa Aguirre... Otros, sencillamente, deberían asumir que poco o nada más pueden aportar, y dejar su sitio a gente joven, con mayor proyección. En este grupo, nos encontraríamos a Manolo Martínez, Carles Castillejo, José Luis Blanco, Alejandro Cambil, Mikel Odriozola, Judith Plá, María Vasco... E incluso, si me apuráis, Eliseo Martín, quien, pese a su noveno puesto en la final de 3.000 obstáculos, presenta ya una edad (36 años) que le impide estar en igualdad de condiciones con los mejores de su prueba. El oscense ya ha ofrecido todo lo que podía, y en los Europeos de Barcelona del año que viene, podría tener la retirada soñada, con un último metal al cuello ante su público (ha sido el tercer mejor europeo de la distancia). Lo mismo se le puede aplicar a Chema Martínez, quien finalizó la maratón en una meritoria octava posición (lo que le valdría, en 2010, un oro continental con el que podría cerrar su carrera a los 39 años); o a Nuria Fernández, cuarta en los 1.500 metros. Precisamente esa es la forma de pensar de uno de nuestros medallistas, el marchador Jesús Ángel García Bragado. Nada más cosechar el bronce en los 50 kilómetros, el madrileño (que, en este mes de octubre, llega ya a los 40) apuntó que sí acudirá a los Europeos, pero que su presencia en los Mundiales de 2011 es poco probable. Aunque es una auténtica lástima que un competidor así nos deje, también la edad va pasando factura y su relevo parece garantizado con Paquillo Fernández (del que ahora hablaré largo y tendido), por lo que no habría mejor manera de despedirle que hacerlo en casa y, a ser posible, con una última presea. Sería el broche ideal a un palmarés soberbio, con un oro, dos platas y un bronce mundialistas a sus espaldas, faltándole solo un metal olímpico para que fuera perfecto. El año pasado estuvo cerca de conseguirlo (cuarto en Pekín), pero su estrategia, basada en la paciencia e ir recogiendo 'cadáveres' en los últimos 15 kilómetros, no le funcionó en tierras asiáticas. En Berlín, por el contrario, sí dio resultado. Confiemos en que eso también ocurra en Barcelona. Ya hemos hablado de los "incompetentes" y los 'dinosaurios', pero todavía nos faltan dos categorías más. Y una de ellas serían los fiascos. Esto es, competidores todavía en edad de ofrecer grandes cosas, pero cuya progresión, por H o por B, no termina de concretarse. Se trata de gente como los ya mencionados Casado u Olmedo, Juanma Molina, Berta Castells o Mercedes Chilla. Algunos de estos casos son realmente desconcertantes. Molina, por ejemplo, fue bronce mundialista en 2005 y luchó por el podio en el Europeo de 2006 (una descalificación se lo impidió), pero, desde entonces, no ha vuelto a acercarse a los puestos de cabeza. Así, el murciano fue 16º en 2007, 12º en los Juegos y 24º en Berlín, una extraña trayectoria que no se puede explicar si se tiene en cuenta el punto de origen. Algo parecido ocurre con Chilla, quien, tras ser bronce en los Europeos de 2006, no ha regresado a la elite de la jabalina. Esta vez ha tenido la excusa de las lesiones, pero tanto en los Mundiales de 2007 como en Pekín'08 estaba en forma, y ni siquiera se hizo con un diploma olímpico. Sin duda, da que pensar sobre la forma de trabajar de la Federación, que ha sido completamente incapaz de explotar el talento de estos atletas. El último sector de análisis lo compondrían los nacionalizados, a los que destaco en un punto y aparte por una razón muy obvia. Yo siempre he estado a favor de las naturalizaciones de extranjeros. Entiendo que, cuando un foráneo llega a España, pueda sentirse aquí más a gusto que en su país, por los motivos que sean (políticos, económicos, sociales...), y que eso le lleve a solicitar la ciudadanía hispana. En el caso particular de los deportistas, existe la denominada carta de naturaleza, que concede el Consejo de Ministros en circunstancias excepcionales, cuando dicha persona puede ofrecer a nuestro deporte algo de lo que este carece. Sin embargo, en atletismo no dejamos de ver asimilados que apenas aportan algo. Ayad Lamdassem, por ejemplo, quien se retiró durante la disputa de los 10.000 metros; Luis Felipe Méliz, incapaz de pasar la eliminatoria de longitud; Alemayehu Bezabeh, que no se metió en la final de los 5.000... Este último caso me tiene intrigado. Bezabeh se postulaba como un fuera de serie en 2008, y ciertamente todavía tiene mucho futuro (apenas cuenta con 23 años), pero en las carreras se le ve siempre sufriendo, dolido, impotente e imposibilitado de hacer algo grande. Todo lo contrario que sus ex compatriotas etíopes, que dominan junto a Kenia el fondo mundial sin inmutarse. Al parecer, las lesiones se han cebado a base de bien con él, pero, si es así, ¿no sería mejor dejarle descansar, antes de que se termine de romper? Visto lo visto, ¿realmente era necesario mandar 51 personas a un Mundial? ¿O mantenerlas en la elite? Sinceramente, creo que no. Ya he comentado alguna que otra vez que yo abogo por un modelo parecido al sueco, a saber, mucha cantera y solos unos pocos profesionales, pero todos ellos candidatos a medalla. Ciertamente, es un riesgo si la hornada de atletas te sale mala (como le está pasando justo ahora al país nórdico), pero estimo que todo el dinero que nos gastamos en mandar a 51 deportistas para que solo nos rindan nueve, estaría mejor invertido en campañas de promoción del atletismo en colegios e institutos, escuelas atléticas para los más jóvenes, preparadores, instalaciones, etc., etc. Es decir, en fomentar esta disciplina entre los niños y adolescentes para, de esta manera, crear los suficientes valores que nos permitan tener, en categoría sénior, gente verdaderamente competitiva, aunque solo sean una veintena. Asimismo, resulta imprescindible abandonar el fondo y la velocidad de una vez (africanos y caribeños, respectivamente, monopolizan los éxitos en estas modalidades) y apostar definitivamente por los saltos y los lanzamientos. Alemania y Polonia lo han visto claro y, gracias a eso, han acabado sexta y quinta en el medallero. No obstante, no todo ha sido malo en Berlín. De hecho, nuestras féminas nos han dado múltiples alegrías en este Mundial, acumulando cinco de los siete puestos de finalistas logrados en tierras germanas. Y de entre todas ellas, destaca un nombre, el de la mejor atleta española de todos los tiempos: Marta Domínguez. Tras el fiasco de los Juegos, con aquella inesperada caída en el penúltimo obstáculo, la palentina ha sido capaz de resarcirse del mejor modo posible, con las dos mejores marcas del año en su distancia y, por supuesto, un oro mundial que cierra su década prodigiosa. No en vano, en este comienzo de siglo, Marta ha cosechado, amén de esta última presea, dos platas en los Mundiales de Edmonton 2001 y París 2003, y otros tantos oros continentales en Munich 2002 y Gotemburgo 2006, así como otros títulos internacionales. Los fantasmas de Pekín han dado paso a un éxito que no se repetía en nuestro atletismo desde 1999, cuando Niurka Montalvo y Abel Antón sumaban los dos últimos oros hispanos en un Campeonato del Mundo. Ahora Marta ha inscrito su nombre de manera definitiva en la historia de nuestro deporte… Y lo mejor todavía está por venir, puesto que, si mantiene la forma (ni siquiera las lesiones han podido con ella), su candidatura a metal olímpico es casi segura.
De Marta tendrá que aprender una de nuestras representantes, que nos hizo pasar de la alegría a la decepción en cuestión de segundos. Se trata de Natalia Rodríguez. La tarraconense estuvo durante bastante tiempo peleando por podios, sin conseguirlo. Este año tenía una oportunidad única, sabía que no podía desaprovecharla y fue a por todas en la final de los 1.500. Tan centrada estaba en cazar un metal que cometió un error a la hora de adelantar, en los últimos 400 metros, a la etíope Gelete Burka, que se acabó desequilibrando y cayendo al suelo ante el contacto con la española. Lógicamente, la IAAF la descalificó y le arrebató el oro que había conquistado, pero eso no es óbice para la caza de brujas a la que está siendo sometida. Natalia se equivocó, indudablemente, y ese fallo lo ha pagado ya con creces; pero de ahí a "acusarla" en la web oficial de los Mundiales de tramposa, o retirarle la invitación a 'meetings' internacionales (como acaba de hacer el de Zúrich), me parece injusto y excesivo. Rodríguez no celebró su victoria, fue a comprobar cómo estaba Burka, se fue llorando a los vestuarios... Sí, hizo lo que no debía, pero es evidente que no fue adrede, o a mala fe. Aunque esté de acuerdo con su eliminación (por más que me pese), desde aquí quiero manifestarle todo mi apoyo, porque no se merece todo el desprecio que está recibiendo del atletismo mundial.
Esperemos que Natalia no se hunda anímicamente, pues, tras Marta Domínguez, podría ser nuestra opción a medalla más clara, merced a su potencial (por fin explotado) y su edad (tan solo 29 años). No obstante, esto podría cambiar en breve si Beatriz Pascual sigue evolucionando como hasta la fecha. Y es que, tras su sexto puesto en los Juegos Olímpicos, la marchadora ha repetido posición en los Mundiales de Berlín, por lo que solo le hace falta dar un último paso para consolidarse entre las candidatas al podio. Tiempo tiene, desde luego, ya que sus 27 años dan para mucho. También se augura un buen futuro para Ruth Beitia, quien, tras proclamarse este año subcampeona de Europa en pista cubierta, finalizó quinta en la final de altura, rozando su récord de España. El metal estaba demasiado caro por la excesiva competencia existente, pero Beitia, a diferencia de otras ocasiones, dio la cara en todo momento y luchó por el podio. No lo consiguió en esta ocasión, pero parece claro que, en algún momento, podrá dar ese salto que la lleve a la historia. Menos horizonte le queda a Mayte Martínez, otra de las triunfadoras españolas en la capital alemana. Pese a venir de una lesión importante, la castellana se metió por méritos propios en la final de 800 metros, donde terminó séptima. Un logro modesto (en comparación, al menos, con su bronce mundial en 2007), pero no por ellos menos importante. Ahora solo queda saber si, finalmente, se retirará en Barcelona, tal como se venía especulando, o si aguantará hasta Londres. Su ausencia en Pekín podría ser, en este sentido, determinante.
Sea como fuere, ni Martínez ni Domínguez, ni siquiera Natalia, deberían ser nuestros pilares en las próximas citas. De hecho, considero vital que apostemos en los Europeos de 2010 por nuestras jóvenes perlas, como David Bustos, Javier Cienfuegos, Eusebio Cáceres, Kevin López, Julia Tacaks, Mohamed Elbendir… Y, por supuesto, darles serios toques de atención a gente como Chilla, Molina, y muy especialmente, Paquillo Fernández, quien volvió a fracasar en los 20 kilómetros marcha. Su salto a los 50 parece confirmado, aunque me inspira serias dudas. Si ya le cuesta terminar la distancia más corta, ¿cómo lo hará para aguantar más del doble de kilómetros? Confiemos en que la ruptura con Korzeniowski sirva de algo. Desde luego, su sociedad con el polaco no le ha traído nada bueno, así que, a peor dudo que pueda ir.
España se marchó decepcionada de Berlín, pero muchos otros regresaron a sus casas como verdaderos héroes. Ese fue el caso de Usain Bolt, cuyas marcas ya rozan lo increíble: 9.58 en los 100 metros (once centésimas menos que su anterior récord del mundo) y 19.19 en los 200 (recortando otras 11 a su plusmarca mundial). Unos tiempos impensables para cualquier mortal, pero no para este Hermes caribeño, capaz de hacer real lo imposible. También voló otro dios en Alemania, el etíope Kenenisa Bekele, quien, como en Pekín, conquistó sendos oros en 5.000 y 10.000. Dwight Phillips, Valerie Vili, Blanka Vlasic o Phillips Idowu fueron otras de las estrellas de un Mundial que también vio cómo se estrellaban astros como Ysinbayeva o Robles, o cómo surgían nuevos luceros en el firmamento, como la surafricana Caster Semenya, cuya feminidad siempre estará en duda.
Parece mentira que la natación, el piragüismo o incluso el judo nos hayan dado más alegrías mundiales que el atletismo, pero ahora no es tiempo de lamentarse, sino de trabajar. Odriozola tiene que ponerse las pilas cuanto antes, porque un fracaso en los Europeos de Barcelona sería inaceptable. Ya veremos qué nos depara el futuro. Un saludo a todos. August 08 El mejor Mundial de la Historia"La Federación ha mejorado mucho su estilo de trabajo"
España cerró hace justo una semana uno de los capítulos más reseñables de su historia deportiva reciente. No es para menos. Nuestro país ha conseguido, por primera vez, pasar de las diez medallas en unos Mundiales de Natación. Un oro, siete platas y tres bronces han conformado el inédito botín de nuestros nadadores en Roma, esto es, cuatro preseas más que en la última cita mundialista, la de Melbourne 2007, la más laureada para España hasta este año. No obstante, la mejor noticia no ha estado tanto en los metales que se han cosechado, como en comprobar en aguas italianas que el futuro de la piscina hispana es muy prometedor. Hasta ocho récords nacionales se han batido en la Ciudad Eterna, en la que, además, se ha alcanzado la notable cifra de nueve finalistas, siete más que en Melbourne. Rafa Muñoz, Aschwin Wildeboer, Juan Miguel Rando, Marco Rivera o el sevillano Melquíades Álvarez han demostrado en Roma que la natación española va a dar mucho que hablar en Shangai 2011 y, por supuesto, en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012.
Rafa Muñoz ha sido, con diferencia, el que más ha brillado en la piscina romana. El cordobés, del que ya hablé largo y tendido por estos lares, se convirtió en el primer nadador nacido y criado en España que cosecha un metal mundialista en toda nuestra trayectoria. Hasta la fecha, solo lo habían conseguido Martín López-Zubero, oriundo de los Estados Unidos (aunque de padres españoles), y Nina Zhivanevskaya, rusa nacionalizada. Y no solo ahí estriba el mérito de Muñoz, quien regresa a casa con dos preseas bajo el brazo, ambas de bronce y en su especialidad, la mariposa. Especialmente reseñable fue su actuación en los 100 metros, distancia en la que compartió un histórico podio con el mítico Michael Phelps, a la postre campeón, y al serbio Mirolad Cavic. No en vano, los tres nadaron la carrera de 100 mariposa más rápida de todos los tiempos. Obviamente, esto le permitió a Muñoz batir su segundo récord nacional, tras haber hecho lo propio en 50 metros, en los que incluso llegó a ostentar la mejor plusmarca de los campeonatos, la cual, por desgracia, le arrebató Cavic en la final.
Sin lugar a dudas, los entrenamientos en Marsella, a las órdenes del francés Romain Barnier, le han venido de perlas a Muñoz, al igual que a Aschwin Wildeboer su marcha a las piscinas de Dinamarca. El espaldista, quien el año pasado alcanzara un séptimo puesto en la final de 100 metros en Beijing, ha probado en Italia que su exilio a tierras nórdicas ha estado más que justificado, con tres récords de España, un quinto puesto en 200 metros, un cuarto en 50 (a 14 centésimas del podio) y una medalla de bronce en su distancia favorita, el hectómetro; esto es, ha pasado de estar presente en una sola final en los Juegos Olímpicos, a competir en tres, no bajando de las cinco primeras posiciones en ninguna de ellas. Una progresión que se ha producido, curiosamente, al entrenarse fuera de nuestras fronteras, en unas instalaciones mucho mejores, con mayor competencia. Antes, Wildeboer tenía que nadar con señoras mayores y niños a su lado; ahora, lo hace con la selección nacional de Dinamarca, y la diferencia es abismal.
Esto plantea un interesante debate sobre los métodos de trabajo que sigue la Federación Española con sus internacionales. Tanto Muñoz como Wildeboer, los dos únicos medallistas nacionales en piscina, han tenido que emigrar para llegar al nivel exhibido en Roma, y ambos se quejan de lo mismo: falta de equipamientos, rutinas de trabajo inadecuadas... Si bien es cierto que otros nadadores hispanos han competido de manera aceptable (como ahora veremos), ninguno ha estado cerca de sus respectivos podios, lo que deja claro que nuestro país, a día de hoy, es incapaz de fabricar por sí sola medallistas. Quizá sería el momento de replantearse todas las pautas de entrenamientos y preparación, sobre todo para que el inmenso talento que hay en España no se pierda. Una colaboración con otras Federaciones (Francia, Italia...), el fichaje de técnicos extranjeros (Barnier, sobre todo), seguimientos más detenidos, instalaciones exclusivas... Son muchas las maneras de mejorar nuestra natación, que está preparada para darnos muchas más alegrías.
La prueba más evidente de esta última aseveración la tenemos en los resultados obtenidos por el resto de nuestros competidores. Así, Marco Rivera alcanzó dos séptimos puestos en las finales de 800 y 1.500 metros libres, con sendas plusmarcas nacionales (siendo, además, el primer español en bajar de los 15 minutos en 1.500); Érika Villaécija continuó en su línea y finalizó quinta y sexta en 1.500 y 800 metros, respectivamente, con sendos récords de España; Juan Miguel Rando, en su gran debut internacional, sorprendió a propios y extraños al colarse en las semifinales de 50 y 100 metros espalda; Mercedes Peris hizo lo propio en los 50 espalda; el relevo 4x100, con Muñoz y Wildeboer, batió el récord nacional... Un balance excelente para la natación española, que solo ha tenido un punto negro: Mireia Belmonte. La que fuera el año pasado campeona de Europa de los 200 estilos no fue capaz de meterse en ninguna semifinal, ni en 200 mariposa, ni en 200 y 400 estilos, siendo descalificada en esta última prueba. Su pésima actuación, escudada en la ausencia de su entrenador, deja entrever serios problemas entre la RFEN y Belmonte, un joven valor que, por desgracia, se está convirtiendo en una estrella fugaz.
Justo todo lo contrario le está ocurriendo a Yurema Requena en Aguas Abiertas. La de Villarreal parece más que dispuesta a recoger el testigo de David Meca en esta especialidad y, tras conformarse con la 13ª plaza en los Juegos de Pekín, este año ha estado a punto de subirse al podio en la distancia de 5 kilómetros, quedando finalmente cuarta, a tan solo cinco segundos de la medalla de bronce. También estuvo muy cerca de darnos una alegría Margarita Domínguez, otro de los valores en alza de nuestra natación. A la cartagenera, vigente campeona de Europa en los 25 kilómetros, le faltó muy poco para hacerse con el bronce en su prueba favorita, pero en el 'sprint' final sus rivales se mostraron más enteras, debiendo contentarse con la cuarta posición. Un resultado que, pese a todo, es muy prometedor, sobre todo si se tiene en cuenta que la murciana ha cumplido los 21 años en este 2009. En chicos, las medallas estuvieron bastante lejos, aunque se alcanzaron sendos puestos de finalistas en cinco (Diego Nogueira, octavo) y 10 kilómetros (Kiko Hervás, séptimo), respectivamente, lo que cierra un balance, quizá no satisfactorio, pero sí muy interesante de cara al futuro.
Mucho porvenir también tienen nuestras dos selecciones de waterpolo, que han brillado con luz propia en Roma. Especialmente reseñable ha sido el papel del combinado masculino, que se ha proclamado subcampeón del mundo y que tuvo el oro al alcance de su mano. Los discípulos de Rafa Aguilar, quienes no perdieron ni un solo encuentro en el torneo, solo cedieron el cetro mundial en la tanda de penaltis, después de haber forzado dos prórrogas ante la todopoderosa Serbia, a la que incluso se le remontaron dos goles de desventaja. Por desgracia, España fue incapaz de aprovechar sus superioridades en el tiempo añadido, e incluso malgastó un contragolpe que habría colocado una distancia insalvable para los 'plavi' en el marcador. Desafortunadamente, David Martín erró esa magnífica ocasión y, en el siguiente ataque, Serbia nos llevaba a unos penaltis que no hicieron justicia con los méritos hispanos. Con todo, esa plata tuvo, más que nunca, sabor a oro. No en vano, pusimos en serios aprietos a los balcánicos, bronce en Pekín'08, a los que sí doblegamos en la fase previa (9-11); dejamos en la cuneta a los Estados Unidos, subcampeones olímpicos; colocamos a Xavi García (máximo goleador de la final, con cinco tantos) en el Equipo de las Estrellas del Mundial... Y todo con un bloque muy joven, con una media de 26 años y solo tres de sus 13 componentes en la treintena.
En cuanto a las chicas, solo la falta de suerte en los cruces les impidió luchar por las medallas. Tras cuajar una primera ronda impecable, con un empate a 15 ante Holanda (campeona olímpica), y meterse directamente en cuartos, las de Joan Jané parecían serias candidatas a podio... Hasta que se toparon con los Estados Unidos, las actuales campeonas del mundo, que fueron muy superiores a las nuestras (6-9). Si las 'yankees' no hubieran perdido en la fase de grupos frente a Rusia, quizá ahora estaríamos hablando de un doblete histórico del waterpolo español. De todas maneras, el conjunto de Jané también destaca por su juventud, por lo que todavía tienen tiempo para darnos muchas alegrías. Ya el año pasado fueron subcampeonas de Europa, así que todo es posible. Por cierto, Blanca Gil, nuestra máxima estrella, también logró meterse en el Equipo Femenino de las Estrellas, incluso pese al octavo puesto de España en el Mundial. Un reconocimiento merecido, sin duda.
Gil no fue la única mujer que consiguió una mención particular en Roma. Así, el equipo español de natación sincronizada fue premiado por la FINA como el mejor conjunto de todos los Mundiales. No era para menos. Aunque Rusia se hizo con seis oros, derrotando siempre a las chicas de Anna Tarrés, estas derrocharon simpatía, originalidad, riesgo y técnica, méritos que, pese a no ser justamente valorados por los jueces, sí fueron apreciados por el máximo órgano de la natación mundial y, sobre todo, por el público italiano, que llegó incluso a abuchear a la mesa arbitral por sus bajas puntuaciones a las nuestras. Ese cariño es el que debe reconfortar a Gemma Mengual y sus compañeras, que cuajaron un Mundial brillante, con seis platas y un oro, el único español en estos Campeonatos. Fue en la modalidad de 'combo', una de las especialidades de España, que cosechó, de este modo, el primer título global de su historia en esta disciplina. La ausencia de Rusia, cierto es, ayudó mucho a este éxito, ya que dejó a los jueces sin excusa para colocar a las de Tarrés en lo más alto del podio, si bien eso no le resta valor a este logro. Por fin Mengual se colgó un oro mundial, lo único que le faltaba en su ya extenso palmarés, y aunque se retire (lo que todavía no está confirmado), el futuro de nuestra 'sincro' está más que garantizado con Andrea Fuentes, Ona Carbonell, Paula Klamburg, Margalida Crespi...
Para terminar, no nos podemos olvidar de Javier Illana, cuya progresión en saltos de trampolín no parece tener límites. El de Leganés logró clasificarse para tres finales en este torneo mundialista, con un sexto puesto en la de un metro y un séptimo en la de tres metros, unos resultados que le permitirán disputar las World Series la temporada que viene, la competición internacional más importante de saltos. Asimismo, junto a Carlos Calvo terminó en duodécima posición en la final de tres metros sincronizados. Una soberbia actuación en uno de los puntos negros del deporte español, que poco a poco va dejando de serlo.
Sin lugar a dudas, estos Mundiales de Roma no se podrán olvidar fácilmente en España... Ni tampoco en el resto del planeta, aunque sus recuerdos no serán tan positivos como los nuestros. Y es que la polémica con los bañadores de última generación (los famosos Jaked) ha salpicado todas y cada una de las finales de este torneo, en el que, merced a dichos ropajes, se han batido 43 récords, 28 de ellos en la lucha por las medallas. Hasta el insigne Michael Phelps se quejó amargamente de los Jaked, que permitieron al alemán Paul Biedermann arrebatarle el oro y la plusmarca mundial en 200 metros libres. En España, las posturas han sido contrapuestas, al igual que en todo el mundo, que el año que viene ya no verá dichos bañadores, al haberlos prohibido la FINA. Y, sinceramente, no puedo entenderlo. Si existe una manera de hacer las carreras más rápidas y atractivas, y esta se encuentra a libre disposición de todos los nadadores, ¿por qué retirarlos? A fin de cuentas, los bañadores no nadan solos, necesitan buenos competidores que les saquen el jugo. Asimismo, con tanto récord mundial se ha ofrecido un buen espectáculo. ¿Qué más se puede pedir? Pero claro, como los Jaked (de manufactura italiana) han perjudicado a Phelps y a sus amigos 'yankees', pues...
Sea como fuere, este Campeonato Mundial ha sido memorable. Confiemos en que las buenas sensaciones que nos han dejado los nuestros en Roma, se trasladen ahora a Berlín, donde la semana que viene comenzarán los Mundiales de Atletismo. ¿Podrán los corredores españoles emular a sus compatriotas nadadores? En breve saldremos de dudas. Un saludo a todos. July 30 La Leyenda del Merlín Rojo"Resulta casi impensable que se produzca en España una serie sobre un superhéroe" David Janer ¿Desconcertados con el título del 'post'? Bueno, seguro que alguien perspicaz se habrá dado cuenta de que voy a escribir un poco sobre otras tres nuevas series, las cuales tienen un nexo de unión: la fantasía. Y es que tanto La Leyenda del Buscador, como Merlín o Águila Roja han recobrado para la pequeña pantalla este género, completamente abandonado desde que Xena hiciera estragos en el mismo la pasada década. Es más, Águila Roja se ha convertido en la primera ficción española con temática no realista desde Historias para no dormir, un hito que, lógicamente, no ha pasado desapercibido para el público de nuestro país, quien ha respondido a la llamada del justiciero enmascarado.
No en vano, Águila Roja ha logrado un share del 25% de media, superando en tres de sus 13 capítulos los cinco millones de espectadores; unos datos que la han convertido en la mejor serie 'novata' de la temporada. Y su éxito no es, en absoluto, inmerecido. Obviando los continuos 'pateos' a la Historia que se realizan, hay que reconocer que esta ficción combina perfectamente la acción (que siempre ha brillado por su ausencia en nuestras producciones), la intriga y el humor, convirtiéndose en un producto muy entretenido. La ambientación está muy bien lograda, tanto en los decorados del barrio como en las localizaciones escogidas (como el Monasterio de Uclés, que algunos de mis lectores conocen a la perfección) o en el vestuario; y la trama principal de la conspiración contra el Rey me ha resultado apasionante, sobre todo en los tres capítulos con los que ha terminado la temporada (los mejores, desde mi punto de vista). Eso sí, debo admitir que el episodio piloto era malo con narices. Los acontecimientos se sucedían de manera atropellada, algunas actuaciones dejaban mucho que desear (menos mal que moriste, Cristina) y la serie carecía de consistencia interna. Afortunadamente, todo esto se superó con el segundo capítulo, el cual marcó un decisivo punto de inflexión en la calidad de esta producción. Con el paso del tiempo, las tramas eran más redondas, los personajes secundarios apoyaban en vez de entorpecer la acción, e incluso ha habido interpretaciones que han ido ganando solidez. En este sentido, cabe destacar a Guillermo Campra, el hijo de Águila Roja, quien me despertó muchas dudas al principio de la serie, y que, poco a poco, me ha ido convenciendo pese a su bisoñez y juventud. No obstante, si hubiera que resaltar a un actor, ese sería, con diferencia, Javier Gutiérrez, que está magistral en el papel del pícaro Sátur, a la postre escudero de Águila Roja. Y es que Gutiérrez no solo sabe romper las tensiones con golpes de humor excepcionales, sino que es capaz de mostrar un abanico de emociones tan diverso como destacable, desde el terror a la muerte segura (2º episodio) hasta el duelo, la impotencia, la lealtad, la amistad... En cierto sentido, me recuerda, salvando las distancias, a Sancho Panza, pues es la voz de la conciencia del protagonista y, a la vez, su mejor amigo, su mayor confidente. Su reflejo, además, del típico vivo español de la época es brillante, sacando a sus amigos de más de un apuro gracias a sus tretas (impagable el cortejo a la panadera, oiga XD). El resto del reparto está bastante correcto, pero sin alardes. La labor de 'casting' ha sido, sin duda, encomiable, pues han acertado con casi todos los actores. David Janer resulta muy creíble como Águila Roja, el típico héroe justo, valiente, decidido, aunque con un pequeño lado oscuro. También es destacable el trabajo de Pepa Aniorte como Catalina, la ama de llaves de la Marquesa de Santillana (a la que definió a la perfección de la siguiente manera: "si las putas fueran barcos, esta sería la Armada Invencible"); el de Adolfo Fernández como el padre Agustín, confidente del Rey y guardián del Águila (y de alguien más...); y el de Juan Carlos López Agustino, quien me ha encantado como el carcelero de la villa. En cuanto a los dos "villanos", la Marquesa y el Comisario Hernán, no lo hacen nada mal, si bien no me han terminado de convencer. Me han gustado más, por ejemplo, Felipe de Valois y los demás conspiradores contra la Corona (impresionante el torrente de voz de Joan Massotkleiner). Si a todo esto le añadimos las espectaculares escenas de batalla, perfectamente coreografiadas, nos queda una serie muy entretenida, y que, a Dios gracias, regresará a nuestras pantallas en otoño.
También volverá tras casi un año de descanso Merlín, la gran revelación de la BBC la campaña anterior. Casi nadie apostaba por esta revisión de la leyenda artúrica, pero una soberbia escenografía (un 10 al que escogió el castillo francés de Pierrefonds como el nuevo Camelot), unos guiones entretenidos, un excelente vestuario y unas convincentes actuaciones la convirtieron en un rotundo éxito, con todos sus 'shares' por encima del 20%, esto es, una media de más de seis millones de espectadores los sábados por la tarde. Y no solo ha brillado con luz propia en Inglaterra. En España, Antena 3 ha conseguido un promedio de 1.200.000 televidentes con esta apuesta de la BBC, cuyo sello inconfundible de calidad vuelve a quedar más que patente.
Eso sí, si hay entre mis lectores algún purista de la leyenda de Arturo y Merlín, le aconsejo que no vea la serie, porque va a echar bilis por la boca
Lo cierto es que, una vez que se obvian las licencias, se puede disfrutar de un producto muy divertido y, sobre todo, realizado con la clásica excelencia de la BBC. Como ya he comentado, la elección del castillo de Pierrefonds no pudo ser más acertada, ya que da credibilidad a la narración (no son los típicos escenarios cutres de Xena, por ejemplo) y, si me apuráis, un cierto aire regio, que consigue que te creas el poder de Camelot; el vestuario es, asimismo, excelente, destacando especialmente las armaduras de Arturo y sus caballeros, así como el guardarropa de Lady Morgana y Nimué; la música y el sonido te envuelven y te meten de lleno en la historia, acompañando a los acontecimientos a la perfección... ¡Y qué decir de los guiones! Cada una de las tramas (son capítulos autoconclusivos) se desarrolla a buen ritmo, con las dosis justas de acción e intriga, acertados toques de humor y nada de pasteleo adolescente (obviamente, hay devaneos amorosos, pero nada insoportable). Destacan en el reparto dos nombres muy conocidos, los de John Hurt (V de Vendetta, Los Crímenes de Oxford), quien le presta su voz al Dragón de Camelot; y Anthony Head (Giles en Buffy), quien resulta muy creíble como Rey Uther. No obstante, el personaje que más me ha gustado no ha sido ninguno de estos, sino el de Gaius (Richard Wilson), médico de la corte y tutor de Merlín, a quien se han sacado de la manga los guionistas para aportar esa pizca de sensatez, experiencia y sabiduría que Merlín todavía no posee por su corta edad. También sobresale por méritos propios Michelle Ryan, quien encarna a una Nimué malévola, despiadada, capaz de todo con tal de vengarse de Uther (y del propio Merlín, todo sea dicho). Su carisma y su presencia la convirtieron en el secundario más recurrente de esta ficción, cuyos protagonistas tampoco deslucen. Así, el irlandés Colin Morgan lo borda como el típico adolescente torpe, descuidado, inocente y algo impulsivo, aunque se llame Merlín y posea unos poderes mágicos increíbles; mientras que Bradley James le imprime a Arturo ese carácter chulesco, arrogante y soberbio que se le puede presuponer a cualquier noble medieval adolescente, pese a que su corazón esté lleno de justicia y bondad. La relación entre ambos, de hecho, es uno de los principales atractivos de la serie, con malentendidos, ayudas, sacrificios, bromas... Y no solo la BBC se ha apuntado a las revisiones libres, sino que también ha hecho lo propio la televisión estadounidense con la saga literaria de La Espada de la Verdad, de Terry Goodkind, a la cual ha dado vida en la ficción La Leyenda del Buscador. El responsable ha sido un viejo conocido de la pequeña y gran pantalla, Sam Raimi, creador de Hércules, Xena y la trilogía de Spiderman, quien regresa a la televisión con un producto que en nada se parece a las ficciones protagonizadas por Kevin Sorbo o Lucy Lawless. No en vano, La Leyenda del Buscador es una serie mucho más madura, con una fotografía excelente (de nuevo, muchas gracias, Nueva Zelanda), unos guiones redondos (cortesía de la imaginación del señor Goodkind) y unos personajes que, siendo demasiado arquetípicos, cumplen a la perfección con sus respectivos cometidos.
La ficción, eso sí, ha estado cubierta de polémica. Los seguidores de La Espada de la Verdad han cargado duramente contra Raimi por las excesivas licencias que se ha tomado en la primera temporada de La Leyenda del Buscador. Si bien la trama base sigue siendo la misma, los guionistas, forzados a escribir (en la medida de lo posible) capítulos autoconclusivos para no agotar la producción, han tenido que inventarse personajes y acontecimientos, lo que, unido a la ausencia del humor socarrón de Xena, ha servido de excusa a los críticos para poner a caldo esta nueva apuesta de Raimi. Con todo, la respuesta del público general ha sido más que positiva (3,6 millones de espectadores en EE.UU. en su primer mes de emisión), lo que le ha valido ganarse su continuidad por una campaña más.
Resulta sorprendente que la crítica 'yankee' no valore la seriedad de esta producción, cuyo vestuario, fotografía o montaje superan con creces a los de Xena, a la que, curiosamente, consideran mejor ficción. Ya no se repiten una y otra vez los mismos decorados hechos con cartón-piedra, sino que cada poblado tiene su propia ideosincrasia arquitectónica, con casas y palacios mejor confeccionados; los ropajes están más cuidados, no resultando anacrónicos o chocantes (como los de Xena); no se nota tanto la coreografía de las escenas de batalla, a las cuales, por cierto, se les ha aplicado las técnicas de 'slow motion' que introdujo 300, haciéndolas más espectaculares; no se pierde el tiempo con chistes fáciles o personajes absurdos (Joxer...), sino que las tramas van directas al grano, con mucha acción y las dosis necesarias de intriga para que entretengan al espectador... Es más, hay un par de capítulos cuya trama parece extraída de un cuento de hadas, tanto por su estructura como por su moraleja final, a saber, El Titiritero y Santuario, posiblemente los mejores episodios de la temporada junto con el final.
Precisamente, en El Titiritero es dónde se extrae más jugo a uno de los personajes con mayor carisma de esta ficción, el mago Zeddicus Zu'l Zorander, a quien encarna con gran maestría Bruce Spence. El neozelandés, con su profunda voz (por la que merece la pena ver La Leyenda del Buscador en inglés), le otorga a Zeddicus una presencia, una majestuosidad, una personalidad que lo convierten en uno de los grandes valores de la apuesta de Raimi. Asimismo, es uno de los elementos encargados de romper la tensión dramática con bromas de buen gusto (pese a su primera aparición en la serie, demasiado excéntrica quizá :P) y comentarios en los momentos más oportunos. Junto a él, también me han convencido las Morth Siths, cuya crueldad y sadismo me han resultado curiosas (no en vano, esta extraña Hermandad se desvía bastante de los estereotipos comunes de "malvado fantástico"), y las Confesoras (me encanta su poder de conversión), si bien el mérito de esto último hay que atribuírselo a Goodkind.
En cuanto a los protagonistas (Richard Cypher -Craig Horner- y Kahlan Amnell -Bridget Regan-), no están nada mal, aunque tampoco es que se les pueda sacar mucho jugo. La tensión sexual entre ambos es tan evidente que pronto se desvela, y sus personalidades apenas evolucionan en 22 episodios. Tampoco es que les haga falta, ya que los dos son perfectos: sacrificados, fieles (hasta en la muerte), generosos, compasivos... No tienen ni una mácula. Quizá esa "perfección" los hace poco interesantes, al menos en comparación con otros héroes de sagas fantásticas. El villano, a su vez, es demasiado idiota. No es tanto un problema del actor (un sobrio Craig Parker, al que todos recordaréis como el elfo Haldir, en la trilogía del Señor de los Anillos), como de lo mal que emplea todo su poder y sus recursos. No es para menos. Rahl el Oscuro posee un ejército inmenso, bien armado; magos de gran poder, incluyendo el único capaz de hacer sombra a Zeddicus; las Morth Sith; gran cantidad de espías y aliados... Y, sin embargo, es completamente incapaz de derrotar al Buscador, incluso en las situaciones más ventajosas.
Pese a esto, hay que reconocer que la ficción está bien realizada y resulta muy distraída. Habrá que ver cómo la retoman este próximo otoño, que va a estar bien cargado entre un regreso y otro. Esperemos que ninguno nos decepcione. Un saludo a todos mis lectores. July 10 Historias del mundo: Nikola Tesla"Before I put a sketch on paper, the whole idea is worked out mentally"
"Querido Edison: conozco a dos grandes hombres y usted es uno de ellos. El otro es este joven". Con esta carta de presentación, llegó Nikola Tesla al despacho de Thomas Edison en Nueva York en 1884. Contaba con tan solo 28 años, pero pronto este joven croata, de aspecto reservado, despertaría la admiración del mundo entero, y la envidia de todo un genio como Edison. La razón era simple: el talento de Tesla era muy superior al suyo. No en vano, frente a sus instalaciones de corriente continua, el ingeniero europeo ofrecía motores de corriente alterna, esto es, el sistema que hoy día se emplea para iluminar calles, hogares, fábricas... Una auténtica amenaza para el "reinado" del científico estadounidense, quien trataría de destruir a su rival de todos los modos posibles.
No obstante, Edison no sabía que se enfrentaba a todo un luchador. Ya de niño, Tesla había derrotado al cólera y doblegado la voluntad de su padre, quien deseaba que su hijo siguiera sus pasos como Pastor ortodoxo, en vez de dedicarse a la ciencia. Sin embargo, la convicción de Tesla era firme. Deseaba ser ingeniero para así desplegar todo su potencial (de pequeño ya probaba ser un verdadero genio para las matemáticas, superando a cada uno de sus profesores) y crear aparatos de diversa índole, como hacía su madre (la cual, pese a ser analfabeta, poseía una capacidad de inventiva muy superior a la media). Finalmente, su padre accedió a costearle la carrera de Ingenieria mecánica y eléctrica en la Escuela Politécnica de Graz (Austria), y posteriormente la de física en Praga. Europa pronto se le quedó pequeña a Tesla, quien ya llevaba varios años ideando un sistema alternativo a la corriente continua de Edison, por entonces su ídolo. Y cuando surgió la oportunidad de partir hacia los Estados Unidos (país que le fascinó durante toda su infancia), no lo dudó ni un segundo. Con una carta de recomendación de Charles Batchelor, socio de Edison en el 'Viejo Continente', Tesla marchó hacia Nueva York, donde las cosas, por desgracia, no le fueron nada bien. Nada más llegar, le robaron todos sus efectos personales y, posteriormente, el mismísimo Edison, para el que había mejorado sus dispositivos de corriente continua, se negó a pagarle una recompensa de 50.000 dólares por la consecución de objetivos ("Una broma americana", aseguró Edison), y a subirle el sueldo (cobraba tan solo 18 dólares semanales). Además, el científico estadounidense había empleado su corriente alterna para crear la silla eléctrica, dando muy mala fama a su idea. Decepcionado y desilusionado, Tesla plantó su dimisión y, durante un tiempo, tuvo que dedicarse a cavar zanjas para sobrevivir... Afortunadamente, su suerte cambió rápida y radicalmente. La comunidad científica estadounidense, al saber de su situación, empezó a darle fondos para que continuara con sus investigaciones y, gracias a esas ayudas, Tesla pudo ofrecer varias conferencias y demostraciones en las que probó la superioridad de sus sistemas de corriente alterna. Y tras una conferencia en Nueva York sobre su corriente alterna en 1888, George Westinghouse, que había hecho una fortuna en Pittsburgh fabricando frenos neumáticos para trenes, le ofrece un millón de dólares por todas sus patentes de A.C., así como un contrato en Pittsburgh para que aplicase su idea a los muchos proyectos que su empresa ya manejaba. Aunque la unión entre la Westinghouse y Tesla no duró mucho (por desavenencias entre el genio europeo y los ingenieros de la compañía), sí resultó muy fructífera. Así, mientras que la Westinghouse se convertía en la primera potencia eléctrica de los Estados Unidos con sus generadores de A.C. en las cataratas del Niágara, el científico disponía ya de todo el capital que necesitaba para poner en marcha los cientos de experimentos que se le pasaban por la cabeza. Primero, investigó en el campo de los Rayos X; después, desarrolló la electricidad de alta frecuencia, con las conocidas bobinas Tesla, y sentó las bases de la lámpara fluorescente; comenzó a idear la transmisión de energía eléctrica sin cables, haciendo múltiples presentaciones y conferencias al respecto... Su actividad fue frenética, así como accidentada. No en vano, en 1895 su transmisor sin cables a corta distancia provocó un incendio que arrasó con todo su laboratorio. Afortundamente, su fama era tal en esa época, que no le faltaron fondos para reconstruirlo.
Dos años después, Tesla reanudó sus experimentos con la transmisión inalámbrica, la cual logró demostrar sin problemas en el río Hudson. Había nacido la radio. Curiosamente, este descubrimiento fue uno de los menos reconocidos del científico croata, que vio cómo, siete años después, el italiano Marconi se adjudicaba todo el mérito de su invención, empleando muchos de los aparatos desarrollados por Tesla para dar a conocer exactamente los mismos principios que él ya había expuesto. El Nobel que el transalpino ganó en 1909 enfureció tanto al científico croata, que demandó a la compañía Marconi de manera infructuosa. Eso sí, en 1943, la Corte Suprema de los Estados Unidos hizo justicia, al establecer que el trabajo de Tesla anticipó el de Marconi, cuya patente se declaró inválida.
Gracias a la transmisión inalámbrica, Tesla pudo crear el primer control remoto de la historia, que presentó en una exhibición en el Madison Square Garden, dirigiendo a distancia un bote. Sus actividades eran ya verdaderos hitos sociales en Nueva York, su fama se disparaba, no paraban de llegarle peticiones de conferencias desde todos los rincones de EE.UU. y Europa... Pero también crecían sus críticos, sobre todo en la prensa, que empezó a recelar de las sensacionalistas y fantasiosas declaraciones del científico balcánico, a quien se le quedó pequeña Nueva York para llevar a cabo sus experimentos. Necesitaba más espacio para desplegar todo el potencial de sus ingenios. Y fue entonces cuándo le llegó la llamada de Colorado Springs.
Leonard E. Curtis, un ex-abogado de Westinghouse asociado con la Colorado Springs Electric Company, lo invitó a trasladarse a esta región estadounidense, prometiéndole el uso de un amplio terreno y toda la electricidad necesaria. Tesla arribó en mayo de 1899 y, en tres meses, construyó un laboratorio completo con una torre y mástil cubierta por una esfera de cobre que medía 200 pies de altura. También erigió un oscilador de alta-frecuencia gigante, que Tesla bautizó como el transmisor de potencia. Todo un despliegue tecnológico, cuyo objetivo era claro: causar ondas resonantes en la tierra con sus descargas de alto-voltaje para suministrar grandes cantidades de energía eléctrica, que podría ser distribuida y conectada por todo el mundo. El experimento, por desgracia, no salió bien (dejó a oscuras a todo Colorado Springs, destruyendo su generador), lo que, unido a sus declaraciones de que había captado señales de radio extraterrestres, acabó con el crédito del croata, y también con su capital.
El proyecto Wardenclyffe remató la moral y el prestigio de Tesla. Su extravagante (y cara) apuesta para enviar mensajes sin cables por todo el mundo fue rápidamente ensombrecida por los sistemas desarrollados por Marconi, iniciándose la rivalidad entre el italiano y el balcánico. Los acreedores rápidamente dispusieron de la torre creada por Tesla en Wardenclyffe, cuya destrucción puso el punto final a una carrera científica brillante. Tesla acabó encerrado en hoteles, acosado por las deudas (que el Gobierno de Yugoslavia pagó sin problemas), desconfiado y solo, cuidando de sus palomas. Sus ideas sobre vida extraterrestre y la violación de las Leyes de la naturaleza (como sus ideas sobre el viaje en el tiempo) le convirtieron en un loco para la prensa y la sociedad que tanto lo había admirado en el pasado. Eso sí, su inteligencia le permitió dejarnos un sistema de despegue vertical para aviones, y el velocímetro para los coches.
Su genio solo es comparable a su leyenda negra. No en vano, se asegura que muchas de las ideas excéntricas del croata sí se pudieron hacer realidad, como su Rayo de la Muerte. Tesla apuntó a principios del siglo XX que era capaz de mandar un rayo electromagnético a centenares de kilómetros y arrasar grandes extensiones de tierra. En 1908, Tesla mandó un mensaje a su amigo Peary, anunciándole que le iba a alumbrar el cielo del Polo Norte. A los pocos días, una gran bola de fuego arrasaba la región siberiana de Tunguska, creando un fogonazo de luz incluso mayor que el de una bomba atómica. Obviamente, no hay datos confirmados de que dicha explosión fuera provocada por Tesla, pero lo cierto es que, en aquel 1908, el Rayo de la Muerte desapareció de la mesa de trabajo de Tesla, cuyas patentes siguen, a día de hoy, a buen recaudo en los archivos de los servicios de Inteligencia estadounidenses.
Padre de la radio (y también de la televisión, pues afirmaba que era capaz de transmitir imágenes con la electricidad) y la electricidad moderna, políglota (dominaba ocho lenguas), genio incomprendido, excéntrico... La figura de Tesla sigue fascinando aún en nuestros días, en los que muchas de sus ideas siguen sin poder desarrollarse plenamente. Y hoy, 150 años después de su nacimiento, le rindo este merecido homenaje, para que su nombre no se pierda en el olvido de la historia.
Un saludo a todos mis lectores. June 22 España golpea de nuevo"Aquí cada vez se hace mejor ficción" Antonio Garrido A mediados de los 90, la ficción televisiva española vivía un 'boom' sin precedentes. Con la debida excepción de Expediente X, ni una sola serie estadounidense era capaz de arrebatar el 'prime time' a nuestras producciones, que ya no solo ganaban en calidad técnica, sino también en excelencia argumental. Periodistas, Todos los hombres sois iguales o Siete Vidas, por poner algunos ejemplos, alcanzaban cotas de audiencia muy importantes, enganchando a los espectadores con tramas interesantes o un sentido del humor inteligente y de buen gusto. Por desgracia, los 'realitys' de principios de esta década pusieron fin a esta época dorada. Las series dejaron su sitio a Grandes Hermanos y Operaciones Triunfo y, con el único afán de recuperar al público, bajaron su calidad, apostando por el 'culebroneo', especialmente el adolescente. La fórmula funcionó, sin duda, pero al televidente exigente (como es mi caso) no nos quedaba ninguna salida en condiciones en la pequeña pantalla. Nada salvo las producciones estadounidenses, claro, cuyo nivel aumentó de manera exponencial en los últimos tiempos. Sin embargo, en este 2009 parece que los guionistas españoles se han puesto las pilas, ofreciendo, a lo largo de estos últimos meses, varias series que han elevado considerablemente el listón de la ficción nacional. Un claro ejemplo se encuentra en La chica de ayer, la versión española de Life on Mars, una aclamada producción de la BBC. Para quien no la conozca todavía, cuenta la historia de Samuel Santos, un policía de 2009 que, tras un accidente de tráfico, acaba misteriosamente en 1977. Santos debe entonces averiguar cómo ha llegado hasta allí, qué debe hacer para volver a casa y, sobre todo, sobrevivir en una España en plena Transición, a las órdenes de un comisario poco convencional. Y la verdad es que no ha decepcionado en absoluto. En tan solo ocho capítulos, ha desplegado una historia apasionante, con unos personajes secundarios atractivos (incluso más que los propios protagonistas -no me ha terminado de convencer Ernesto Alterio-) y una recreación excelente y nada dulcificada (como en Cuéntame) de la realidad española de 1977. Me ha gustado especialmente cómo Samuel Santos ha tratado de ayudar a su familia, y la excelente manera de resolver las paradojas temporales que habría provocado. De sobresaliente también ha sido la actuación del sevillano Antonio Garrido, que ha bordado el personaje del Inspector Jefe Gallardo, al que ha sabido dar acertados toques de humor. Una pena que, por culpa de la 'catetada' de Aída, la audiencia no haya respondido, lo que nos impedirá disfrutar de esta fantástica serie en el futuro... Mejor le han ido las cosas a ¿Hay alguien ahí?, una de las grandes apuestas de Cuatro para esta temporada. Tras mantener unos aceptables 'shares' en sus 13 capítulos de existencia, la ficción regresará en septiembre con nuevos interrogantes y grandes dosis de intriga. Esas han sido las claves del éxito de esta producción (una de las primeras experiencias españolas televisivas en el campo del 'thriller' y el miedo psicológico), que narra las desventuras de la familia Pardo en su nuevo hogar, en el que, por desgracia, no están solos. No revelaré nada más del argumento, por si alguien no ha seguido la serie, pues su principal atractivo ha sido, precisamente, averiguar por qué en la casa de los Pardo tenían lugar fenómenos paranormales. Si bien es cierto que todavía quedan muchas incógnitas por resolver, ya se han desgranado las líneas maestras de todo lo que va a acontecer este próximo otoño. Amén de la historia, hay que resaltar también el magnífico montaje, en el cual se han apoyado casi todas las apariciones de los fantasmas. De hecho, la serie está elaborada de una manera artesanal, muy básica, pero mucho más efectista que si se hubieran empleado técnicas de ordenador o similares. Ese detalle proporciona, sin duda, más realismo a los acontecimientos, que se han llevado a un ritmo narrativo adecuado, ni demasiado rápido ni excesivamente lento, de manera que la trama no se ha desgastado, ni tampoco ha perdido interés. Quizá lo menos destacable han sido las actuaciones de sus protagonistas, aunque me han gustado bastante William Miller, al que todos recordaréis como el novio inglés de Inés en Cuéntame; Montse Mostaza, quien, gradualmente, se ha convertido en un personaje crucial para esta serie (y el que haya visto el último capítulo de la temporada me entenderá); y, en ciertos momentos, Marina Salas, quien al final de la serie borda su papel de niñata pija engreída. ¿Un 'pero'? El excesivo 'pasteleo' en torno a Iñigo, uno de los principales intérpretes, para el que, no obstante, parece que hay preparado un giro argumental curioso para la próxima campaña... Y no solo volverá ¿Hay alguien ahí? a nuestras pantallas en septiembre. No en vano, Antena 3 recuperará tras el verano a uno de sus mayores aciertos de este año, Doctor Mateo, una simpática serie que nos ha contado las aventuras de Mateo Sancristóbal, un prestigioso médico que abandona su lujosa vida en Nueva York para volver contra pronóstico al pueblo de su infancia. Su adaptación a San Martín del Sella y sus peculiares vecinos se antoja, al principio, complicada, pero finalmente consigue amoldarse y convertirse en uno de las figuras más respetadas de la villa, la que, por supuesto, no deja de cotillear sobre su persona. Al igual que La Chica de ayer, se trata de un 're-make' de una ficción británica (Doc Martin, de la privada ITV), que, a diferencia de su hermana de cadena, sí ha convencido al público español, con unos 'shares' superiores al 20 por ciento. En esta ocasión, su principal atractivo no se encuentra tanto en sus personajes o en su trama, sino, más bien, en la excelente manera de mezclar el humor con situaciones de la vida cotidiana, todas ellas tratadas con cierto realismo y drama, pero sin llegar a ser lacrimógenas. El resultado es una ficción divertida, amena, sin pretensiones, pero de bastante categoría y buen gusto. A todo esto, además, hay que unirle la belleza de los parajes de la localidad asturiana de Lastres, el (inmejorable) escenario escogido para recrear la ficticia San Martín del Sella (la cual, por cierto, está hermanada con Portween, la villa en la que se desarrolla Doc Martin), cuyos habitantes no son los típicos catetos cerrados (el dueño del bar, por ejemplo, es un antiguo rockero argentino), si bien el recurso al tópico es inevitable y "necesario" (el médico como figura de autoridad en el pueblo, los cotilleos -incluso por la radio oficial-...). Una vez más, son los secundarios los que llevan, para mi gusto, la voz cantante de esta producción. Brillante, como siempre, Esperanza Pedreño (la Cañizares de Camera Café), quien interpreta a la anárquica secretaria de Mateo Sancristóbal. También destacan por méritos propios Daniel Freire, el mencionado músico suramericano; Lulú Palomares, la divertidísima cotilla oficial del pueblo; y Álex O'Dogherty, quien cambia su rol del tosco Cañas de Camera Café para hacer de policía bonachón. No obstante, sería injusto no alabar el trabajo de Gonzalo de Castro encarnando al doctor Mateo, al que le da mucha presencia; o el de Natalia Verbeke, si bien debo admitir que la hispano-argentina ha tenido mejores papeles. Oye, ¿y Águila Roja? Tranquilos, no me olvido de esta superproducción original de TVE, aunque, por desgracia, no puedo analizarla, ya que todavía no he visto ni un capítulo (sí, lo sé, merezco veinte latigazos por esta herejía ^^U). No obstante, grosso modo, puedo decir sobre ella un par de cosas. La primera es obvia: la televisión pública española se la jugó. Nadie sabía cómo iba a reaccionar el público ante esta historia de ninjas en la España del siglo XVII, pero el riesgo mereció la pena: una media del 30 por ciento de la cuota de pantalla los jueves por la noche. Un rotundo éxito de audiencia que ha venido acompañado de excelentes críticas y una acogida internacional (especialmente en Latinoamérica) tan inesperada como reconfortante, que viene a demostrar la buena salud de nuestra creatividad televisiva. Cuando haya visto un par de capítulos, me animaré a escribir algo más, pero, de momento, me limito a destacar estos datos, así como el vestuario y las escenas de acción, que me han parecido espectaculares y muy bien trabajadas. Policías, ciencia ficción, miedo, suspense, fantasmas, humor, acción... Nuestra pequeña pantalla se ha portado francamente bien este año, aunque todavía tengamos que aguantar Físicas o Químicas, o los devaneos amorosos de Sarita. Confiemos en que las agradables sorpresas sigan llegando la próxima temporada. De momento, nos queda un largo verano, en el que, al menos, espero que Cuatro rescate Dexter y Medium. Así estaremos entretenidos hasta el regreso de los Pardo, el doctor Mateo y el justiciero Águila Roja. Por mi parte, espero regresar por estos lares un poquito antes. Un saludo a todos mis lectores. |
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