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    October 29

    ¡Feliz cumpleaños, por Tutatis!

    "En un cuarto de hora tuvimos la idea (de Astérix)"
    Albert Uderzo

    "Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia esta ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor". Todos mis lectores habréis reconocido esta popular introducción, ¿verdad? Sí, amigos, es la de Astérix y Obélix, cuyas aventuras cumplen hoy 50 años. Una cifra nada desdeñable a la que me gustaría brindar un humilde homenaje desde este rincón. No en vano, mi infancia estuvo marcada por las simpáticas peripecias de los irreductibles galos y su poción mágica, sus fantásticos viajes por el mundo clásico, sus continuas palizas al ejército romano... Y todavía siguen siendo una de mis lecturas favoritas cuando tengo ganas de relajarme y desconectar.

    Remontémonos atrás en el tiempo. No, no al 50 a.C., sino a 1959, año en el que veía la luz por primera vez Pilote, una revista periódica de cómics fundada por dos de los genios más reconocidos de la historieta europea: Jean-Michel Charlier, padre del Teniente Blueberry; y René Goscinny. Les acompañaban dos prometedores dibujantes, Jean Hébrard y Albert Uderzo, con quienes ya habían hecho equipo en otros proyectos de éxito, como Le Supplément Illustré o Radio-Télé, todos ellos magacines dirigidos a niños. Pilote, cuna de dibujantes de la talla de Moebius, Greg o Jijé, tuvo conquistado al público francés durante 30 años, si bien su número más celebrado siempre será el primero, del que se vendieron 300.000 ejemplares solo en un día. En esa edición, nacerían los personajes más famosos del cómic francés. Ese 29 de octubre de 1959, en Bobigny, nacían Astérix y Obélix.

    "Nos pidieron hacer una serie de cómics infantiles que tuvieran como protagonistas a unos antihéroes relacionados con la Historia francesa. En aquella época, sólo existían los cómics americanos y los del joven reportero Tintín. Recuerdo que en un cuarto de hora tuvimos la idea. Nos inspiraríamos en una parte de la Historia de Francia muy conocida, en la de los galos", rememora Uderzo, uno de los progenitores de un Astérix al que, en un principio, quería convertir en un guerrero alto y fuerte. Afortunadamente, Goscinny tenía otra idea, la de un galo astuto e inteligente, pero bajito. Uderzo, con todo, apuntaba a que Astérix tendría que estar acompañado por alguien realmente fuerte, pero más 'torpe' que su compañero. A Goscinny le pareció bien y, así, surgió Obélix.

    La primera historia que protagonizaría esta singular pareja se llamó Astérix el galo, que se publicó en Pilote de manera serial. Aquí aparecerían casi todos los compañeros de aventuras de los intrépidos galos, como el druida Panorámix, el bardo Asurancetúrix o el jefe de la aldea, Abraracurcix (cuyo nombre en español, por cierto, cambió en bastantes ocasiones -Abrazopartidix llegó a llamarse-). En 1961, esto es, tan solo dos años después, la editorial francesa Dargaud (que se había hecho con Pilote debido a sus problemas financieros) se animó a publicar el cómic en un solo tomo; y, debido a su inmenso éxito (tanto en Francia como en el resto de Europa), en 1967 se estrenaría su versión cinematográfica animada. Por desgracia, esta no tuvo tan buena acogida y la película de Astérix y la hoz de oro nunca se llegó a realizar, aunque sí pudimos disfrutar de la magnífica Astérix y Cleopatra.

    Los años 60 fueron muy prolíficos para Goscinny y Uderzo, que sacaron 13 álbumes en solo una década. Astérix y Obélix conocieron, en ese tiempo, a su tercer inseparable, el perro Ideáfix (su primera aparición tuvo lugar en La vuelta a la Galia, en 1963); sirvieron a la reina Cleopatra; visitaron Germania, Roma, Hispania o Britania; participaron, con éxito, en los Juegos Olímpicos... Y, en los 70, la gallina ofreció al mundo nuevos huevos de oro, como La Cizaña, La Mansión de los Dioses, El Adivino... Hasta se atrevieron a cruzar el Atlántico y descubrir América antes que Colón (e incluso que los vikingos). En 1976, Las Doce pruebas de Astérix recuperaron al entrañable galo para el Séptimo Arte, encumbrándolo como dueño y señor de Roma... Un final fantástico para este cómic, debió pensar Goscinny, pues nos dejó solo un año después.

    Uderzo, a pesar de que ya no estaba su amigo y guionista, decidió seguir él solo con las aventuras de Astérix, aunque el ritmo de producción de cómics bajó considerablemente. De la mano del dibujante francés (que fundó su propia compañía, Les Editions Albert-René) "únicamente" han aparecido 11 tomos más, frente a los 24 que ideó junto a Goscinny. Los primeros sí fueron bien recibidos por los seguidores de Astérix, al continuar la estela dejada por Goscinny. Por desgracia, a medida que ha ido pasando el tiempo, los álbumes han ido perdiendo frescura, y el último de ellos, que acaba de ser publicado en Francia (con el nombre Astérix y Obélix: El Libro de Oro), ya ha sido destrozado por la crítica. No en vano, Uderzo nos muestra ya a unos Astérix y Obélix ancianos, con los romanos como triunfadores de su larga lucha... Un tono demasiado deprimente para una obra siempre simpática y divertida.

    De todos modos, y pese al escaso nivel de sus últimas apariciones, Astérix y Obélix continúan siendo un filón para Uderzo, que, en los años 90 (y tras un intenso juicio con Dargaud), se hizo con todos los derechos de su obra. Esa buena salud queda demostrada con el rotundo éxito de las tres películas reales que han salido en los últimos diez años, con un Gerard DePardieu soberbio como Obélix. En 2007, al cumplir Uderzo 80 años, un buen número de dibujantes le dedicaron un nuevo libro de Astérix, llamado Astérix y sus amigos, donde se homenajeó su legado con una serie de historias cortas. Tal ha sido su importancia que sus tomos se han traducido a 33 idiomas diferentes, algunos tan peculiares como el esperanto, el griego clásico, el vietnamita, el alsaciano, el bretón, el mirandés... Hasta el primer satélite francés de la historia, lanzado en 1965, se llamó Astérix-1.

    Videojuegos, art-books, juguetes, juegos de mesa, patatas fritas... El negocio en torno a las figuras de Astérix y Obélix no tiene límites. Incluso se fundó, en 1989, un parque temático en su honor, el Parc Astérix (a 35 kilómetros de Paris), que registra 1,6 millones de visitantes al año. Ni Google se ha olvidado de un aniversario que ya están celebrando en Paris con una exposición conmemorativa, en la que se pueden disfrutar de unos 50 dibujos originales, manuscritos y objetos relacionados con el universo de Astérix y compañía
    . Aunque ahora la polémica está servida entre Albert Uderzo y su hija Sylvie (dueña de un notable montante de acciones de Les Editions Albert-René) por el deseo expreso del artista de que Astérix no muera con él, los seguidores, como yo, del inefable galo obviamos todas esas tonterías y nos centramos en lo que de verdad nos importa: las aventuras de un galo bajito y mal hecho y de otro bajo de tórax, acompañados de un pequeño perrito, que serán, por siempre, la pesadilla de Julio César. ¡Feliz cumpleaños, por Tutatis!
    October 27

    Quentin, un 10; Alejandro...

    "Esta película significa tanto para mí"
     
    Como muchos de mis lectores sabéis, Quentin Tarantino nunca ha sido uno de mis directores favoritos, si bien siempre he respetado su trabajo (excelente, por otra parte); por el contrario, las películas de Alejandro Amenábar siempre me han encantado, y he hablado maravillas de ellas. Sin embargo, en este mes de octubre, las tornas han cambiado radicalmente. Así, el realizador estadounidense me ha conquistado de pleno con sus Malditos Bastardos, mientras que el español me ha decepcionado, en cierta medida, con su Ágora. Con este texto no pretendo, ni mucho menos, comparar ambos filmes, o los estilos narrativos de sus creadores, pero quería valerme de ambas para resaltar cómo, en muchas ocasiones, el exceso de recursos no da como resultado una buena película.
     
    Eso es justo lo que le ha ocurrido a Ágora. Tal como me temía, el proyecto le ha venido excesivamente grande a Amenábar, quien no consigue una película fluída y atractiva. El español se pierde entre las muchas historias que pretende contar, desaprovecha el personaje de Hypatia y abusa de determinados recursos hasta convertirlos en pretenciosos. Por el contrario, Tarantino, a pesar de manejar multitud de tramas (Los Bastardos, Shosanna, el coronel Landa...) y situaciones, sabe hacerlas confluir hacia un desenlace común y concreto, con un ritmo alto que nunca te aburre y un desarrollo intachable de los protagonistas (sobresaliendo el del ya mencionado coronel Landa, del que hablaré largo y tendido más adelante).

    ¿Cuáles son, concretamente, los problemas de
    Ágora? Fundamentalmente, que, cuando sales de la sala de cine, te queda la sensación de que apenas ha ocurrido algo: los personajes no han evolucionado (salvo los bruscos cambios de humor por parte de Davo, el esclavo -Alejandro, si este chiste fue a propósito, será mejor que nunca te dediques al humor-); la trama de Hypatia sobre el descubrimiento de la órbita elíptica no pasa de ser anecdótica (y totalmente prescindible, si me apuráis), mientras que la de su peso político en Alejandría (razón real por la que fue asesinada) pasa completamente de puntillas... Eso sí, la recreación de la época (vestuario y escenarios) es extraordinaria, la destrucción de la Biblioteca está magníficamente desarrollada (la mejor parte del filme, sin duda) y las conjuras cristianas para hacerse con el poder resultan interesantes. No obstante, cabe decir, en este último punto, que Amenábar ha obviado algunas cosas (como que el Obispo Sinesio sí apoyaba abiertamente a Hypatia, entre otras) y exagerado otras. Ni los cristianos eran tan horribles ni los demás habitantes de Alejandría tan avanzados o progresistas. Obviamente, la Iglesia llevó a cabo verdaderas barrabasadas durante toda esa era (y los siglos venideros), asesinando a una cantidad ingente de inocentes por herejía o brujería. Negarlo sería un absurdo descomunal. Con todo, la demonización que sufre en esta película me parece excesiva y, por qué no decirlo, demasiado propagandística.
     
    Entiendo que Amenábar ha deseado hacer una crítica al fanatismo religioso, pero la realidad es que dicho mensaje está tan mal expresado que se presta fácilmente a malinterpretaciones (como, por desgracia, está ocurriendo). Todo esto se habría arreglado reflejando más (y mejor) el peso que tenía Hypatia en el Gobierno de Alejandría y en otras figuras importantes de la zona, pero, ya sea por un descuido en el guión o por la incapacidad de Rachel Weisz, al final se da a entender que a la filósofa la mataron por pagana, y no por otras causas. Esto es, Hypatia se convierte en una simple excusa para narrar el ascenso de Cirilo y los radicales cristianos al poder, y poco más. Tampoco es de extrañar este fenómeno. No en vano, Amenábar no es un director de personajes (como Almodóvar, por ejemplo), sino de historias. Obviamente, sus protagonistas siempre han estado muy cuidados y trabajados, pero el peso de sus filmes no recaía sobre ellos, sino sobre lo que acontecía a su alrededor. Mar Adentro fue la primera que se alejaba un poco de esa tónica, si bien, en el fondo, el entorno de Ramón Sampedro absorbía tanta atención como el tetrapléjico gallego.

    Con Ágora, Amenábar ha tratado de dar un paso más hacia ese otro estilo que pocos realizadores manejan con acierto y, lamentablemente, se ha quedado a medio camino; una indefinición que ha 'matado' a sus personajes, que pecan de imprecisos, difuminados, poco atractivos. Hypatia, como protagonista, no engancha al espectador en ningún momento (y eso que se supone que era una mujer luchadora y con carácter); Orestes y Davo (sobre todo este último) se muestran muy volubles, pasando de un extremo a otro (del amor al odio, del valor a la cobardía) en tan solo un segundo...¡Cuánto tiene que aprender de Tarantino! El estadounidense es justo uno de esos directores que sabe basar sus películas en la personalidad de sus héroes o antagonistas, y eso se nota. Por ello, no resulta de extrañar que Malditos Bastardos sea una verdadera lección de cómo hay que tratar a los protagonistas de una narración, incluso una que tergiversa tanto la Historia como esta.

    Y es que Quentin, al igual que Amenábar, deja a un lado la precisión en favor de su trama, dando un giro completamente bizarro a la II Guerra Mundial; sin embargo, consigue que te creas, que 'compres' lo que te está contando, por irreal o exagerado que sea. ¿Y por qué? Porque sus personajes son creíbles, incluso los más extravagantes. Están construídos al milímetro, actúan de manera congruente a su forma de ser (perfectamente definida), e incluso evolucionan con el paso de la película. En este sentido, cabe destacar la que, a mi gusto, es la mejor actuación de toda la cinta, la del austríaco Christoph Waltz con su Coronel Landa. Para el que no la haya visto, se trata de un mando nazi encargado de cazar judíos, sumamente inteligente, sagaz (Tarantino, de hecho, hace alguna que otra comparativa entre Landa y Holmes) y cruel. Bajo una fachada de amabilidad, se esconde una persona que siempre sabe lo que está ocurriendo, a la que no es posible engañar y capaz de cualquier cosa por lograr sus objetivos. Su escena con el granjero LaPadite es una magnífica muestra de esto y, de paso, un inmejorable modo de comenzar el filme.

    También me gustó la francesa Mélanie Laurent, espléndida en su rol de la judía fugada Shosanna Dreyfus. Durante todo el filme, su odio hacia los nazis la empuja a maquinar una venganza tan contundente como feroz contra sus enemigos; sin embargo, cuando, en mitad de una película propagandística alemana, está a punto de llevarla a cabo, algo falla.
    Fredrick Zöller, un oficial germano metido a actor del Regimen (y protagonista de esa cinta), hace que tenga un momento de duda, y eso le acaba costando muy caro. Algunos críticos han postulado que, en ese instante de vacilación, Dreyfus se enamora de la imagen fílmica de Zöller y, la verdad, estoy bastante de acuerdo. El 'film' logra que Dreyfus vea más allá del uniforme o la ideología de Zöller y le aprecie, no como un héroe (que es lo que la propaganda nazi desea), pero sí como un ser humano que ha sufrido y lo ha pasado mal (igual que ella). Esa rabia contra los alemanes se disipa, se difumina por un segundo, y todo porque el cine ha conseguido que ella se identifique con el protagonista. He ahí el poder del (Séptimo) Arte, capaz de alterar las emociones humanas, incluso las más profundas, hasta unos límites insospechados.  

    Si queréis saber cómo acaba la historia de Shosanna, os recomiendo encarecidamente que veáis Malditos Bastardos, la cual, por cierto, recoge una de las mejores actuaciones de Brad Pitt de los últimos años (casi a la altura de su papel en Quemar después de leer). El Teniente Aldo Raine, al que encarna Pitt, mezcla perfectamente el cinismo típico de Tarantino con unos golpes de humor soberbios. De hecho, junto a Waltz protagoniza la que, quizá, sea la escena más divertida de toda la cinta, que recomiendo ver en versión original. Ya sabéis que siempre apoyo a los dobladores españoles, pero, en esta ocasión, quiero hacer una excepción. Y es que, en
    Malditos Bastardos, se habla en francés, alemán, inglés y hasta italiano, entendiéndose mucho mejor los giros de la película (sobre todo los cómicos) en V.O.S.

    No me voy a meter en temas de fotografía, montaje o vestuario, pues ambas películas están bastante igualadas en ese apartado. Solo pongo en el 'debe' de Amenábar los excesivos planos del planeta Tierra a lo Google Earth. Una vez puede quedar bien; a la segunda ya escama; y cuando se repite una y otra vez, resulta sobrecargado. Me gusta la idea que transmite con esas vistas panorámicas del mundo (la abrumadora realidad -razón- frente a la superstición y el fanatismo religioso), así como la sensación omnisciente (o demiúrgica) que produce en el espectador, pero los efectos de dicho recurso quedan mitigados al emplearlos tan 'machaconamente'. Tampoco me terminan de convencer los créditos en mitad del filme para pasar de un contexto a otro (demasiado simple para un realizador de la talla de Amenábar).

    ¿Y no hay pegas para Tarantino? Quizá algunas escenas son más largas de lo recomendable, pero ya sabemos que este director es así y que le encanta recrearse en los diálogos, más si estos implican a varios personajes (y si son completamente dispares, como ocurre en Malditos Bastardos en la bodega francesa, mejor que mejor), así que no me pilló desprevenido. Con todo, y a pesar de que a sus incondicionales no les ha entusiasmado, considero que
    Malditos Bastardos es un trabajo soberbio, posiblemente de los mejores de Tarantino, en contraposición con Ágora, que, sin duda, es la peor de todas las que ha dirigido Alejandro Amenábar. A ver si el español aprende un poco del estadounidense acerca de desarrollo de personajes, y retoma de mejor modo su carrera en la próxima cinta, porque esta ha dejado a su público frío como el cadáver de un nazi en manos de los Bastardos.