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    July 30

    PAQUILLO Y COMPAÑÍA

    "Voy con el objetivo claro y realista de una medalla olímpica"
    Paquillo Fernández


    Debido al gigantesco atraso que llevo, y teniendo en cuenta que sólo quedan nueve días para los Juegos de Pekín, voy a tener que meter la quinta con mis previas olímpicas y, dado que ayer se conoció la lista de atletas convocados para esta Olimpiada, me parece una buena idea continuar mis textos con un amplio resumen (por contradictorio que pueda sonar esto) sobre cómo llega nuestro atletismo a tierras chinas, y qué sorpresas nos puede deparar la competición en el Estadio Olímpico de Beijing, ya conocido como 'El Nido'.

    Si en vela las previsiones son muy optimistas (incluso pese a las condiciones del campo de regatas), en atletismo no lo son tanto. Aunque ayer José María Odriozola, presidente de la Federación Española de este deporte, auguraba que nuestro país dispone de 8-10 candidatos a medalla, la IAAF (la Internacional de Atletismo, para que nos entendamos) nos concede, en sus apuestas, tan sólo una presea, una plata en 20 kilómetros marcha de la mano del incombustible Paquillo Fernández. Ciertamente, el granadino es nuestra mejor baza, y la única segura, pero España acude a Pekín con algo más en su recámara. Quizá las quinielas de Odriozola son exageradas, pero, desde luego, contamos con algo más que con Paquillo para igualar (y hasta superar) los dos metales de Atenas.

    Una de esas opciones alternativas a Paquillo se encuentra, precisamente, en la marcha. Se trata del murciano Juanma Molina. Si bien los expertos no creen que pueda dar la sorpresa, yo estoy convencido de que es un firme candidato a podio. ¿La razón? Porque en el Mundial de 2005 ya cazó un bronce en esta prueba, unicamente por detrás del marchador nazarí, y del ecuatoriano Jefferson Pérez, el gran dominador de esta modalidad. Y, en el Europeo de 2006, estuvo en la cabeza de la carrera hasta que fue descalificado por no marchar correctamente. En 2007 una lesión le impidió acudir al Mundial, pero ya está plenamente restablecido, por lo que podría ser, una vez más, el escudero perfecto de un Paquillo que, amén de Pérez, deberá tener mucho cuidado con la legión rusa de marchadores, encabezada por Sergey Morozov.

    Si en chicos España cuenta con Paquillo Fernández y Juanma Molina, en chicas dispone de otra clara aspirante a presea, la catalana María Vasco. Tras el bronce de rebote que ganó en Sydney, Vasco no volvió a brillar hasta el año pasado, en el que se hizo con otro tercer puesto en los Mundiales de Osaka. Su carrera, estancada desde 2000, cobró nuevos bríos con esta segunda medalla y, ahora en Pekín, con unas condiciones climáticas muy similares (altas tasas de calor y humedad), podría dar la campanada una vez más. No obstante, lo va a tener sumamente complicado. Rusia, otra vez, cuenta con un equipo de marchadoras de un nivel extraordinario. No en vano, el año pasado cazó el oro (Olga Kaniskina) y la plata (Tatiana Shemiakina) mundialistas en esta prueba, eso sin olvidar que, en lo que va de 2008, nueve de las diez mejores marcas en 20 kilómetros marcha tienen nombre ruso. Para colmo, y a diferencia de los pasados Mundiales, esta vez estará la bielorrusa Ryta Turava, campeona de Europa y subcampeona mundial en 2005.

    Esta feroz competencia convierten a María Vasco en una opción más, pero no en una de las más claras. De hecho, en mujeres, la que cuenta con más posibilidades de subirse a un podio es la nigeriana nacionalizada Josephine Onya. Esta joven atleta (sólo 22 años), que este pasado fin de semana se proclamó sin despeinarse campeona de España de 100 vallas, presenta el cuarto mejor crono mundial (12.50) de esta disciplina, a sólo una décima de segunda de la tercera, la que presenta la jamaicana Brigitte Foster-Hylton. Su explosividad y su potencia la colocan entre las favoritas a metal, aunque, como siempre, tendrá rivales de mucha envergadura. Amén de Foster-Hylton, Onya deberá pelear con las estadounidenses LoLo Jones y Damu Cherry, las favoritas al oro en Pekín, así como con la sueca Susanna Kallur, campeona de Europa de la distancia, quien, aun así, no ha cuajado un buen año.

    Y mientras que Onya podría darnos esa ansiada medalla en velocidad que nos falta, Mario Pestano podría hacer lo propio en lanzamientos. El canario, afincado en Sevilla, no entraba en los pronósticos iniciales, pero, tras batir el récord de España este pasado fin de semana (69.50, tercera mejor marca del año), todo es posible. Lo cierto es que el discóbolo ha completado una temporada muy regular, con muchos lanzamientos por encima de los 65 metros, por lo que no sería de extrañar que se hiciese con algún metal. Eso sí, su lucha es por el bronce. El oro y la plata están reservadas para el letón Virgilius Alekna y el estonio Gerd Kanter, los indiscutibles dominadores del disco mundial. ¿Rivales? Sobre todo el iraní Ehsan Hadadi, pero tampoco habría que olvidarse del estadounidense Ian Waltz, el alemán Robert Harting y el polaco Piotr Malachowski, si bien su principal adversario será él mismo. Pestano siempre ha fallado en los grandes campeonatos. A la hora de la verdad, nunca ha dado su verdadera medida, y ya va siendo hora de que eso cambie.

    Este mismo argumento sería válido también para Ruth Beitia (altura) o nuestro equipo de 1.500, quienes jamás han rendido a la altura de sus posibilidades. Y, francamente, no creo que eso vaya a cambiar. Beitia, por ejemplo, tiene potencial de sobra para saltar más allá de 2,01 metros, pero, hasta ahora, siempre ha fracasado. Si a esto se le une que la croata Blanka Vlasic está intratable, y que la alemana Ariane Friedrich y la rusa Anna Chicherova sí han conseguido sobrepasar el listón a esa altura, sólo queda que estas tres cometan muchos errores en su concurso para soñar con una Beitia en el podio. Lo mismo sucede en 1.500 metros. La época en la que España era una potencia mundial del medio fondo ha pasado a mejor vida, y hoy día un simple bronce en esta distancia parece una misión imposible. Y es que, por delante de Higuero, Casado y Reyes Estévez, están todo el conjunto de Kenia, encabezado por Daniel Kipchirchir Komen, los marroquíes Abdalaati Iguider y Mohamed Moustaoui, el argelino Tarek Boukensa y el francés Meehdi Baala.

    De todas maneras, no todo son decepciones en nuestro atletismo. Casi siempre España ha logrado sacar a alguna figura en el fondo y, en esta década, dicha estrella ha sido Marta Domínguez. Desde 2000 hasta hoy, la palentina se ha proclamado dos veces campeona de Europa, y otras tantas subcampeona mundial en 5.000 metros. En 2004 la suerte no la acompañó, no pudiendo acudir a los Juegos de Atenas por culpa de una lesión, pero ahora está en plena forma y dispuesta a cuajar un buen papel en Pekín. En condiciones normales, por tanto, habría que apostar por ella en la lucha por las medallas... Pero no va a ser así. En una decisión inexplicable, Marta abandonó hace tres meses su prueba predilecta, los 5.000 metros, para pasarse a los 3.000 obstáculos. Una modalidad esta que no sólo exige una excelente condición física, sino también una técnica depurada en el salto de las vallas y la ría, la cual no poseía. Desde finales de mayo, la castellana se ha entrenado a contrarreloj para aprender a competir en esta prueba y, si bien lo ha logrado (batió hace poco el récord de España con suma facilidad), todavía carece de los fundamentos necesarios para batir a las rusas y africanas. Podría haber sido otra presea segura, pero Marta quería cambiar... Y claro, tiene que hacerlo antes de unos Juegos... Desde luego...

    Aunque puede que el metal que ha regalado Domínguez lo recupere una de nuestras jóvenes perlas. Un chaval que está llamado a ser uno de los mejores atletas de nuestra historia, y que podría dar la sorpresa a más de uno en la prueba masculina de 5.000 metros. Se trata de Alemayehu Bezabeh Desta. A los que leéis este blog con regularidad seguro que os suena. Este etíope obtuvo la nacionalidad española no hace más de un mes, y Odriozola ha apostado muy fuerte por él, dándole un billete para Pekín pese a no haber competido en el Campeonato de España. Las razones son evidentes. Sus condiciones físicas, unidas a su espíritu luchador, le convierten en un corredor sin igual en nuestro país, posiblemente el
    único capaz de hacer frente a la tiranía de África en el fondo. Sus marcas, por ahora, han sido discretas, pero tampoco hay que olvidar que Desta empezó a correr en serio hace tres años, y que lleva poco en la elite del atletismo. Su inexperiencia es su gran lacra, pero su ambición no tiene límites. Sabe de dónde viene (de dormir en las calles de Madrid), y es consciente de que goza de una oportunidad de oro para salir adelante. Quizá sea pronto para pedirle medallas, pero yo tengo un buen pálpito con este chico. Dará que hablar en Pekín, y ya no digamos en Londres.

    En esa distancia también acaparará la atención un ex compatriota suyo, Kenenisa Bekele, quien tratará de lograr dos medallas de oro en los 5.000 y los 10.000, su prueba predilecta, de la que es doble campeón mundial. En los 10 kilómetros no tendrá demasiado problema (mejor marca mundial del año), pero en la otra prueba... No lo tendrá tan sencillo. Si en Atenas su principal obstáculo era un genio como Hicham el Guerrouj, en Pekín serán las jóvenes hornadas de fondistas las que le darán más de un quebradero de cabeza. Los etíopes Tariku Bekele y Abraham Cherkos, el keniano Moses Ndiema y el ugandés Moses Kipsiro serán algunos de los que tratarán de aguarle la fiesta a un Bekele que también deberá estar muy pendiente del campeón mundial, el "estadounidense" Bernard Lagat, que también buscará doblete en China (1.500 y 5.000).

    Si el fondo, como siempre, tiene acento africano, la velocidad será, una vez más, terreno vedado para 'yankees' y jamaicanos. De hecho, se augura una de las finales de 100 metros lisos más espectaculares de todos los tiempos, con dos hombres que ya han bajado este año de los 9.80: Usain Bolt (Jamaica), con el récord del mundo en su poder (9.72), y Tyson Gay (EE.UU.), con un crono de 9.76 y campeón mundial. Y, junto a ellos dos, otro caribeño, Asafa Powell, quien presenta un mejor registro de 9.82. Nadie pone en duda que ellos tres coparán las medallas de los 100, pero nadie se atreve a pronosticar el orden. Eso sí, todo dependerá de que Gay se recupere completamente de las molestias que arrastra desde los Trials americanos. Si no lo logra, los 100 y 200 masculinos serán jamaicanos, al igual que los femeninos, donde Veronica Campbell, oro y plata en Osaka 07 respectivamente, cuenta con serias opciones de doblete. Si Gay no llega en forma, únicamente Torri Edwards parece preparada para batir al 'reagge power'.

    Otro estadounidense que tendrá problemas en Pekín será Jeremy Wariner. Al doble campeón mundial y oro olímpico en 400 metros le ha salido un auténtico grano llamado LaShawn Merritt. El de Virginia ya derrotó a Wariner en los Trials estadounidenses, y amenaza con arrebatarle la corona olímpica en Pekín. También podría haber sorpresa en los 110 vallas. Y es que el cubano Dayron Robles y los norteamericanos David Oliver y Terrence Trammell podrían aguar la fiesta a todo el público local, y dejar sin medallas al mejor atleta chino de la historia, Liu Xiang. Y mucha atención a la final de 800 metros, en la que otra perla criada en España, pero que competirá bajo bandera de Sudán, Abubaker Kaki, podría,
    a sus 19 años, proclamarse campeón olímpico de la distancia, si el ruso Borzakovski no se lo impide.

    La tentativa de Yelena Ysinbayeva de batir, por tercera vez este año, el récord mundial de pértiga; el pulso entre el panameño Irving Saladino y el griego Louis Tsatoumas
    en longitud; y la adaptación de la sueca Carolina Kluft a dicha prueba tras abandonar el heptatlón (en la que era triple campeona mundial), será otros de los atractivos de unos Juegos Olímpicos que, en la rama del atletismo, se auguran realmente apasionantes.

    MIS PREVISIONES

    - Paquillo Fernández, plata en 20 kilómetros marcha.

    Otras opciones:

    - Josephine Onya, bronce en 100 metros vallas.
    - Juanma Molina, bronce en 20 kilómetros marcha.
    - María Vasco, bronce en
    20 kilómetros marcha.
    - Mario Pestano, bronce en disco.

    PREVISIONES INTERNACIONALES

    - El jamaicano Usain Bolt, oro en 100 y 200 metros lisos.
    - Veronica Campbell, solo un oro en 200.
    - LaShawn Merritt, oro en 400 metros.
    - Kaki, oro en 800 metros.
    - Kenenisa Bekele, oro en 10.000 metros.
    - Dayron Robles, oro en 110 vallas.
    - Blanka Vlasic, oro en altura.
    - Ysinbayeva, oro y récord mundial en pértiga.
    - Kanter, oro en disco.
    July 27

    LA VELA, NUESTRA MEJOR BAZA

    "Repetir oro sería fantástico"
    Iker Martínez

    Si hay un deporte que se le dé a España francamente bien en los Juegos Olímpicos, ese es, sin duda alguna, la vela. No en vano, en los campos de regatas nuestro país ha conquistado 15 medallas (de un total de 95), de las cuales 10 han sido de oro. Asimismo, dos de los tres españoles más laureados de la historia olímpica hispana han sido navegantes (Luis Doreste y Theresa Zabell); y si a eso se le une que, desde Moscú 1980 (y con la salvedad de Sydney), siempre hemos cazado un metal, como mínimo, en el agua, es lógico pensar que, en Pekín, la vela volverá a darnos muchas alegrías.

    Desde luego, hay motivos para la esperanza. España cuenta con cuatro opciones muy claras no sólo de podio, sino de victoria olímpica, y podría arañar medalla en un par de categorías más, concediendo las previsiones más optimistas a nuestra vela cinco preseas. Al menos, una parece garantizada en la modalidad de Tornado, de la mano de Fernando Echávarri y Antón Paz. Hace cuatro años, en Atenas, ambos regatistas tuvieron que conformarse con una octava plaza que le supo a poco. Sin embargo, la Federación de Vela y sus patrocinadores (Telefónica entre ellos) mantuvieron su confianza en los dos gallegos (uno de nacimiento, el otro de adopción), que no volverían a defraudar. En 2005, Echávarri y Paz se proclamaron campeones nacionales, europeos y mundiales de la clase Tornado, siendo nombrados por la Federación Internacional de Vela como los mejores navegantes del año. Y, en 2007, cosecharon una brillante medalla de oro en los Mundiales de Cascais, con seis puntos de ventaja sobre sus principales rivales, los belgas Brouwer y Godefroid.

    Aunque en Pekín se las tendrán que ver con los australianos Bundock y Ashby (seis veces campeones mundiales y números uno del planeta), su dominio en Tornado es tal que todos les sitúan como favoritos a la medalla de oro, al igual que a la hispalense Marina Alabau en la categoría de RS:X. Tras los octavos puestos de María del Carmen Vaz y Blanca Manchón en Sydney y Atenas, la vela sevillana volverá a estar representada en unos Juegos en esta clase, esta vez con una número uno mundial, que se ha proclamado este mismo año campeona de Europa por segunda vez consecutiva. Además, sumó un bronce muy valioso en los Mundiales de RS:X tras protagonizar una remontada espectacular, pasando de los puestos discretos de la clasificación a la tercera plaza, a costa de la mencionada Manchón y la vigente campeona olímpica, la francesa Faustine Merret. La gala, junto a la neozelandesa Barbara Kendall y la italiana Sensini, son los principales obstáculos de Alabau en su camino al oro, amén de su propia irregularidad, que, por ejemplo, apareció en los últimos Mundiales.

    Junto a Alabau, Andalucía también manda a Pekín a otro regatista con opciones de triunfo. Se trata del gaditano Rafael Trujillo, quien ya diese a España una plata en los Juegos de Atenas en la clase Finn. 'Rafa', subcampeón mundial en 2003, ha seguido mejorando a pasos agigantados, conquistando el año pasado su primer oro mundialista. Este año, desafortunadamente, no llegó en buena forma al torneo mundial de Finn, y quedó relegado al decimotercer puesto, muy lejos de un podio que encabezó una leyenda de este deporte, el británico Ben Ainslie. Se espera, por tanto, un pulso apasionante por el oro entre el inglés (también campeón europeo) y el gaditano, al que podría sumarse el danés
    Hoegh-Christensen, número uno mundial hoy día. Por todo ello, Trujillo ha decidido prepararse a conciencia en estos últimos meses antes de los Juegos, perdiendo peso para mejorar la flotabilidad de su embarcación y pasando ya un mes en Qingdao, el campo olímpico de regatas, para conocer sus condiciones.

    Y no sólo Trujillo tiene opciones de revalidar metal en Pekín. Iker Martínez y Xabi Fernández, campeones olímpicos en Atenas en 49er, también apuntan a lo más alto en su clase, especialmente tras cosechar dos Europeos consecutivos en los dos últimos años. Amén de su oro continental, los regatistas vascos se han impuesto en este 2008 en las prestigiosas Semanas Olímpicas Francesa y de Kiel, lo que, unido a sus triunfos en otros campeonatos, les ha permitido encaramarse al primer puesto del ránking mundial de 49er. No obstante, no tendrán nada fácil revalidar su oro olímpico.Los británicos Stevie Morrison y Ben Rhodes, actuales campeones del mundo, no se lo pondrán nada fácil a la dupla Martínez-Fernández, que también deberán luchar contra los austríacos Nico Luca delle Karth y Nikolaus Leopold Resch (plata mundialista), y los australianos Nathan Outteridge y Ben Austin (bronce).

    Echávarri, Paz, Alabau, Trujillo, Martínez y Fernández son nuestras principales bazas para Pekín, pero no las únicas. No en vano, España podría sumar un quinto metal si Javier Hernández rinde tan bien como en el pasado Mundial de
    clase Láser. Y es que el tinerfeño cosechó una valiosa medalla de bronce que le convierte en claro aspirante a presea en Pekín. De todas maneras, Hernández todavía no forma parte de la elite de esta modalidad, siendo sólo décimo del mundo, por lo que el podio no debería ser una obsesión para él, sino un sueño que podría hacerse realidad si sabe jugar bien sus bazas. En el Mundial supo sorprender a los favoritos, y ese debe ser su camino hacia las medallas. Aun así, el australiano Tom Slingsby y el neozelandés Andrew Murdoch se mantienen a años luz del canario.

    Más difícil lo tiene Natalia Vía-Dufresne, plata en Barcelona 1992 y Atenas 2004, en 470. La catalana ha cambiado
    recientemente de compañera, eligiendo a Laia Tutzó como tal, y su binomio todavía no ha sabido rendir a la altura de sus posibilidades. Decimocuartas en el último Europeo, hoy día ocupan el puesto 23 del ránking mundial, por lo que sus opciones de podio son prácticamente nulas. Así pues, aparte de Hernández, sólo dos embarcaciones podrían dar la sorpresa en Pekín. Por un lado, Mónica Azón, Graciela Pisonero y Sandra Azón, sextas del mundo en Yngling, e Iván Pastor, que ocupa el mismo puesto en el ránking de RS:X, por otro, siempre han rozado las medallas en sus respectivos torneos, y quizá la de Pekín sea su cita.

    Con todo, lo cierto es que ni la mentalidad ni el resto de barcos serán los principales enemigos de España en estos Juegos. Lo será, por raro que parezca, el campo de regatas de Qingdao. Su escasez de viento y las cambiantes condiciones de sus aguas podrían suponer un verdadero problema para nuestros navegantes, que ya se han encontrado Qingdao plagado de algas hace menos de un mes. La imagen, que dio la vuelta al mundo, es únicamente un aviso de lo que podría encontrarse la expedición hispana en China. La sombra de Sydney, donde no se cazó ningún metal por culpa de las circunstancias ajenas a lo deportivo (clima, aguas, etc.), planea sobre Pekín, pero el potencial del equipo español es ahora mucho mayor que el de entonces. Quizá no haya una cosecha tan prolífica como todo el mundo espera, pero creo firmemente que la vela nos dará muchas alegrías.

    MIS PREVISIONES

    - Iker Martínez y Xabi Fernández, oro en 49er.
    - Fernando Echávarri y Antón Paz, oro en Tornado.
    - Rafael Trujillo, plata en Finn.
    - Marina Alabau, plata en RS:X.

    Otras opciones:

    - Javier Hernández, bronce en Láser.

    July 24

    SEVILLA EN LOS JUEGOS

    "Hay que trabajar duro para estar en los Juegos"
     
    Sevilla, ciudad del deporte. Este eslogan, tan irreal cuando uno se da un paseo por la capital hispalense, sí se cumple, curiosamente, en los Juegos Olímpicos. Y es que la ciudad del Guadalquivir siempre ha estado bien representada en la historia de las Olimpiadas, dando a España un buen número de medallistas y finalistas en todo tipo de disciplinas, desde el boxeo al baloncesto, pasando por la hípica. De hecho, el segundo metal hispano (y la primera andaluza) en unos Juegos llegaría de la mano de un jinete sevillano, Leopoldo Sáinz de la Maza, quien formó parte del equipo español de polo que conquistó la plata en Amberes 1920.
     
    Leopoldo Sáinz, conde de la Maza, nació en Utrera, y su afición por el deporte fue ejemplar. Hípica, esquí, tenis, tiro... Sin embargo, fue en el polo dónde más brilló el noble hispalense, lo que le permitió incorporarse a la selección española de esta disciplina, conformada, cómo no, por otros miembros de las mejores Casas del país: Justo de San Miguel, Marqués de San Miguel; Álvaro de Figueroa y Alonso Martínez, Marqués de Villabragina; Hernando Stuart, Duque de Peñaranda; y José de Figueroa y Jacobo James Stuart, Duque de Alba. Se trató de una participación casi privada, patrocinada en buena medida por Gonzalo de Figueroa y Torres, Conde de Mejorada del Campo y Marqués de Villamejor, pues no existía aún el Comité Olímpico Español. Y, pese a ello, cosecharon una meritoria plata tras pasar por encima de los Estados Unidos (13-3) y caer en la final ante la gran potencia de este deporte, el Reino Unido, por un ajustado 11-13.
     
    En París 1924, Leopoldo Sáinz de la Maza, en compañía de sus "compañeros de plata", volverían a intentar el asalto a las medallas, pero, en esta ocasión, la suerte no corrió de su lado. Francia, con una espectacular paliza (15-1), arrebató a los hispanos el sueño del bronce, si bien es cierto que, por aquellos entonces, los cuartos clasificados sí obtenían dicha medalla. Desafortunadamente, el COI sólo reconoce a los tres primeros de cada deporte, así que ese "bronce" se convirtió en un destacable diploma olímpico, que convierten a este jinete, fallecido en Morón en 1954, en una de las leyendas del deporte sevillano y andaluz.
     
    Sáinz de la Maza fue, durante casi cuatro décadas, la única representación de la ciudad del Guadalquivir en unos Juegos Olímpicos. Hubo de esperarse hasta Roma 1960 para ver de nuevo a un hispalense en acción en esta cita deportiva. Y, más concretamente, a tres. Los remeros Enrique Castelló, Joaquín Real y José Antonio Sahuquillo, bajo la dirección del mítico Miguel López Torrontegui (ex futbolista del Sevilla), se habían mostrado desde 1957 intratables en la categoría de dos con timonel, imponiéndose en tres Campeonatos de España consecutivos (el primero de ellos, curiosamente, en Sevilla), por lo que su embarcación fue la escogida para representar a nuestro país en la Olimpiada romana. Su papel no fue tan brillante como el de Sáinz de la Maza, cayendo en la repesca para las finales (cuartos, con un crono de 8:04.63), pero ellos, con su ejemplo, sentaron las bases del remo moderno en la capital andaluza, amén de crear la tradicional regata Sevilla-Betis.
     
    Gracias a este trío de remeros, Sevilla se transformaría en una de las grandes potencias tanto de este deporte como de su primo hermano, el piragüismo. De ahí que, a partir de Roma 60, casi siempre haya habido un palista, como mínimo, en las selecciones españolas de estos deportes. Así, en México 1968, Gerardo López representó a la piragua hispalense, siendo eliminado también en la repesca como parte integrante del K-4 hispano que compitió en la distancia de 1.000 metros (cuartos en dicha ronda). Tampoco le fue bien en tierras centroamericanas a Rafael Alcalde, quien cayó en cuartos de final de fútbol ante la selección mexicana por 0-2.
     
    Cuatro años después, en Munich 1972, Álvaro López Espejo sufrió, nuevamente, la maldición que perseguía a los botes con sevillanos desde Roma 60, conformándose otra vez con una cuarta posición en la repesca. Sin duda, la buena fortuna de la que había disfrutado Sáinz de la Maza no terminaba de acompañar a sus "compatriotas" hispalenses, como quedó claro con la figura de Francisco de Asís Mateos. El haltera acabó decimocuarto en las finales tanto de Munich como de Montreal 76, y, para colmo de males, le pilló el ataque terrorista palestino de 1972 en plena Villa Olímpica, viéndose allí encerrado e incomunicado hasta que todo llegó a su desgraciado final.
     
    No obstante, y a pesar de que ningún sevillano llegaría a obtener ni metal ni diploma en estos Juegos, los de Montreal 1976 fueron, sin duda, históricos para nuestro deporte. No en vano, se batió el récord de participantes de nuestra tierra, con cinco deportistas, entre los que brilló con luz propia Elisa Cabello, la primera andaluza que participaba en una Olimpiada. Su trayectoria hasta entonces había sido espectacular: triple bronces en sus primeros Nacionales (1970); bronce por equipos en los Juegos Mediterráneos de 1971; cinco campeonatos nacionales y el oro en paralelas en los Mediterráneos de 1975 (junto a un bronce en suelo y plata por selecciones); y un oro y tres platas en los Nacionales de 1976. Su palmarés era excepcional, y mucho se esperaba de ella, si bien su concurso no pasó de ser discreto: 82ª en el general, 77ª en salto, 75ª en asimétricas, 77ª en barra y 82ª en salto. Unos puestos que, aun así, no restan méritos a una de las mejores gimnastas que ha dado Sevilla.
     
    Montreal también vio al primer atleta sevillano en unos Juegos, José Luis Ruiz Bernal, una de las figuras del fondo español en aquellos años. No era para menos. Bernal había sido subcampeón de España en 5.000 metros en 1971, cuando sólo era un júnior; plata nacional en los 3.000 metros (pista cubierta) y 10.000 metros (aire libre) al año siguiente; doble subcampeón en 5.000 y 10.000 en 1973; y campeón de España de 5.000 en 1976, lo que le permitió clasificarse para unos Juegos en los que, al igual que Elisa Cabello, tampoco despuntó. Y es que Bernal no pasaría de la primera ronda de los 10.000, con una duodécima posición que ahora sabría a poco, pero que, en aquella época (en la que el atletismo no era profesional), era meritoria. Y, al igual que sucediese con Sahuquillo, Real y Castelló en remo, su ejemplo sirvió de acicate e inspiración para muchos atletas de fondo y medio fondo en toda Andalucía.
     
    José Mariano Pulido y Francisco San José, integrantes de la selección de fútbol (que se quedaría en la fase previa, tras caer 1-2 contra Brasil y 0-1 frente a la RDA), completarían la expedición hispalense en Montreal, nada que ver con la de Moscú 1980, que estuvo compuesta tan sólo por el remero Manuel Vera Vázquez. Aun así, el hispalense haría historia, al sumar el segundo diploma olímpico de Sevilla en cuatro sin timonel, en cuya final acabó quinto. Y en Los Ángeles 1984, volvería a cosechar otro, al finalizar sexto en la misma prueba, si bien, en esta ocasión, su papel no fue el más destacado. No en vano, dos hispalenses añadirían sendas platas a la cosechada en Amberes por Leopoldo Sáinz de la Maza, cayendo la primera también en remo, de la mano de un histórico de este deporte: Fernando Climent. El de Coria del Río, en compañía de Luis María Lasúrtegui, sólo cedió en la final de doble scull ante los rumanos Petro Iosub y Valer Toma, logrando un subcampeonato olímpico que sumaría a sus dos oros y platas, y cinco bronces mundiales. Climent, además, participaría también en Seúl 88, Barcelona 92 y Atlanta 96, siendo uno de los dos sevillanos que ha estado presente en más Juegos Olímpicos (cuatro) de toda nuestra historia.
     
    La otra plata fue incluso más histórica que la de Climent. No en vano, fue el mítico subcampeonato olímpico en baloncesto, en cuya selección estaba Andrés Jiménez, uno de los mejores jugadores de la historia de España y la Liga ACB. Nacido en Carmona, Jiménez emigró a Cataluña para poder dedicarse al deporte de la canasta. Tras despuntar en el modesto Cotonificio de Badalona, Aíto García Reneses (actual seleccionador nacional) se lo llevó al Joventut de Badalona, equipo que le permitió consolidarse en el combinado nacional, con el que ganaría la plata del Eurobasket de Nantes de 1983. Ya en Los Ángeles 84, y merced a la ausencia de la URSS, España se perfilaba como una candidata clara a medalla en básket, y no defraudó. De hecho, dio la sorpresa al cargarse en semifinales a Yugoslavia (74-61) y llegar a una final donde poco pudo hacer frente a los Estados Unidos. Jiménez fue uno de los destacados en aquel éxito, como lo sería también en los del Barcelona de los años 80, conquistando como culé siete Ligas, cuatro Copas del Rey y una Korac. Su camiseta permanece hoy día retirada en el Palau.
     
    Completaría la cosecha de Los Ángeles Luis Astolfi, que comparte con Climent el récord de participación en Olimpiadas. El jinete acabaría séptimo en la prueba de salto de obstáculos por equipos, obteniendo un meritorio diploma que no pudo alcanzar en el concurso individual, donde fue décimo. Astolfi, desafortunadamente, no pudo reeditar en Seúl 88 esta buena actuación y, de nuevo por su cuenta, no pasó de ser 43º en la calificación, si bien en Barcelona 92 se quitó el mal sabor de boca con otro diploma. Eso sí, en su momento, el cuarto puesto alcanzado por el combinado nacional de saltos supo muy mal, ya que el bronce estuvo cerca. Ausente en Atlanta 96, Astolfi regresó al terreno olímpico en Sydney, donde no pudo repetir éxitos, al quedarse el 64º en categoría individual, y el 14º por equipos.
     
    El cambio de Los Ángeles a Seúl no sólo no le sentó bien a Astolfi, sino prácticamente a todos los sevillanos que acudieron a ambas citas. Así, Climent se quedó anclado en la repesca (en, curiosamente, cuarta posición); Jiménez se tuvo que conformar con un octavo puesto tras perder con Puerto Rico (92-93); y el palista Francisco López Barea, noveno en Los Ángeles en la final de C-1 500 metros, cayó en semifinales. Tampoco les sonrió la suerte a los palistas Francisco Javier Álvarez del Rosario, Francisco Leal y Fernando Fuentes, que no pasaron de 'semis'; al jinete José Ramón Beca, 32º en el concurso completo individual;  y al remero Enrique Briones, que tampoco se libró de la maldición del cuarto puesto en la repesca. Al único que le fueron bien las cosas fue a Manuel Vera, que, en sus terceros y últimos Juegos, finalizó séptimo en la final de doble scull, conquistando el quinto diploma sevillano y el tercero de su carrera.
     
    Lógicamente, este panorama varió radicalmente en Barcelona 92. Amén de la mención de Astolfi, Sevilla sumó en tierras catalanas tres diplomas más y otra medalla de plata, lograda por el boxeador Faustino Reyes. El de Marchena, con sólo 17 años (el más joven que había competido en esta disciplina de todos los tiempos), pasó por encima del británico Carr (22-10), el tailandés Kamsing (24-15), el cubano Suárez (17-7) y el georgiano Palyani (14-9), para finalmente caer derrotado en la lucha por el oro frente al alemán Tews (9-16). Su carrera, que acababa de empezar, siguió una trayectoria meteórica hasta mediados de los 90, cuando las drogas le destrozaron y retiraron de la práctica del boxeo profesional. Hoy día, ya rehabilitado, coordina una escuela pública de boxeo en su ciudad natal.
     
    Los otros tres diplomas llegarían en deportes de equipo. El primero, en baloncesto femenino, donde la España de Margarita Geuer alcanzaría una soberbia quinta plaza al derrotar por un solo punto a Chequia (59-58), un anticipo del oro europeo que ganaría un año más tarde; Luis Eduardo García López también acabaría quinto con la selección de balonmano (con la que alcanzaría 109 internacionalidades), derrotando a Corea por 36-21; y Francisco Manuel Hervás firmaría una histórica octava posición para el combinado nacional de voleibol, que caería en su último partido frente al Equipo Unificado por la mínima (2-3). Eso sí, ni en remo ni en piragüismo mejoraron las cosas para los hispalenses. José María Claro, Fernando Climent, López Barea y Susana Torrejón ni siquiera rozaron las finales, como también les ocurrió a Miguel Ángel Sierra en grecorromana (no pasó de la calificación), Jaime Fernández en natación (cuarto y sexto en las primeras rondas de mariposa y relevos, respectivamente) y Miguel Ángel Gómez Campuzano en atletismo (octavo en segunda ronda de los 200 metros). Aunque, sin lugar a dudas, el que peor lo pasó en Barcelona fue Andrés Jiménez, que vivió el fracaso del Angolazo en sus propias carnes.
     
    Si los de Barcelona fueron los Juegos de Faustino Reyes, los de Atlanta lo fueron de Beatriz Manchón. La mejor palista española de siempre (12 metales mundiales -3 oros- y 15 europeos -cuatro dorados-) debutó a nivel internacional en esta Olimpiada, en el que fue la sevillana más laureada con dos diplomas, tanto en el K-2 500 metros como en el K-4 500 metros, finalizando sexta en ambas finales. Junto a ella, también brilló el remero José María de Marco, que a punto estuvo de cazar el bronce en doble scull. La escuela sevillana volvía por sus fueros, pese a que al resto de nuestros representantes acuáticos no le fue tan bien como a ellos dos. Así, Climent, Florido y Girón finalizaron su periplo olímpico con una discreta 14ª plaza en la final C de cuatro sin timonel, la misma que cosechó Esperanza Márquez en doble scull, mientras que la nadadora Fátima Madrid cayó en la primera eliminatoria de los relevos 4x100 libres.
     
    Ahora bien, no sólo del agua vivió el deporte sevillano en Atlanta, que también estuvo representado por el jinete José Ramón Beca, 17º en el concurso completo individual y, especialmente, Fernando Medina, quien cosechó el cuarto diploma de estos Juegos al alcanzar los cuartos de final de la competición de sable por equipos. El tirador hispalense también estaría presente en las Olimpiadas de Sydney y Atenas, aunque allí le fueron peor las cosas: noveno por equipos y vigésimo individual en Australia, y 21º en el concurso particular en tierras helenas. Por el contrario, Beca sí logró despuntar en Sydney, esta vez en el concurso colectivo, donde ocupó una séptima plaza que le valió una mención. Ricardo Jurado, nuestro tercer jinete, tuvo menos suerte y no pasó de la ronda clasificatoria ni en salto de obstáculos individual ni por equipos.
     
    Manchón, tras una serie de problemas con los técnicos de la Federación, hubo de conformarse con formar parte del K-4, con el que también alcanzó diploma, mientras que María del Carmen Vaz cosechaba uno de los pocos éxitos hispanos en aguas australianas, al obtener una mención en categoría RS:X. De todas maneras, la gran alegría sevillana, el principal éxito, no serían los diplomas de Beca, Vaz y Manchón, sino la medalla de plata conseguida por Carlos Marchena y José Mari Romero con la selección de fútbol. El primero fue uno de los puntales de la defensa de la 'Roja', mientras que el otro fue el 'pichichi' de la selección con tres tantos, sobresaliendo el que anotó frente a Estados Unidos en semifinales, que certificó el pase de España a la final. Allí, la mala suerte y los penaltis impidieron que estos dos futbolistas conquistasen el primer oro olímpico de la historia de Sevilla. Una mala pata que también tuvo José María Merchán, que no pudo terminar el primer triatlón de los Juegos por culpa de una inoportuna lesión.
     
    En atletismo, la trayectoria tradicional hispalense no varió ni en Sydney ni en Atenas. En Australia, Julia Alba, nuestra única representante, no pasó de la primera ronda del relevo 4x400, mientras que, en la cuna del olimpismo, Manuel Olmedo tampoco pasó de la eliminatoria previa en 800 metros, Antonio Jiménez Pentinel (que acudió a Atenas después de un año y medio con enfermedades, lesiones y problemas psicológicos que a punto estuvieron de costarle la vida) terminó 14º en la final de 3.000 obstáculos, y Antonio Reina rozó la lucha por los metales al acabar tercero en su semifinal de los 800. Los nuestros tampoco demostraron buena puntería: José María Colado, en las dos pruebas de pistola, no llegó a estar ni entre los 30 mejores, y Felipe López, en arco, no pasó de 1/32 de final.
     
    Así pues, tuvo que ser el agua, como siempre, la que nos reportase los mayores éxitos de estos Juegos. Beatriz Manchón decepcionó al no lograr un metal, pero, al menos, se trajo dos diplomas a casa, tanto en K-2 como en K-4; la regatista Blanca Manchón, con 17 años tan sólo, sumaba otra mención merced a su octava plaza en RS:X; y la remera Nuria Domínguez, reserva en Atlanta, acababa sexta en skiff. Sevilla, por tanto, presenta hoy día un balance notable de cinco platas y 20 diplomas, si bien este se antoja paupérrimo en comparación con los de otras grandes ciudades de nuestro país. Con todo, España siempre ha podido beneficiarse del carácter hispalense para pelear por metales en los Juegos, y en Pekín esto no va a cambiar un ápice. De hecho, hasta tenemos opciones de oro...
     
    En breve, el siguiente capítulo: La vela, nuestra mejor baza.
    July 23

    ATENAS 04, EL RESURGIR

    "Han sido positivos, pero no hay que caer en la autocomplacencia"
     
    Tras el desastre mayúsculo de Sydney, los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 se encararon con miedo y, a la vez, esperanza. Por una parte, la cita helena suponía una oportunidad única de revancha por todo lo ocurrido cuatro años antes, pero, a la vez, podía marcar el definitivo declive del deporte español. Esta Olimpiada, por tanto, se antojaba crucial para nuestro país y, para variar, supimos reaccionar, dar la cara y convertir los de Atenas en los segundos mejores Juegos de nuestra historia en lo que a cosecha de medallas se refiere. Hasta 19 de los nuestros se subieron a cualquiera de los tres cajones del podio, si bien, una vez más, los oros apenas se prodigaron, con sólo tres campeones olímpicos en nuestro haber. Hubo bastantes decepciones, eso sí, pero también varias sorpresas agradables, que demostraron que el potencial del equipo olímpico hispano era mucho mayor del que todo el mundo esperaba.
     
    De todos modos, las preseas se hicieron de rogar. Se tuvo que esperar al sexto día de los Juegos para que llegara el primer éxito español, la plata de María Quintanal en tiro olímpico, en una prueba, el trap, que no era su especialidad, y donde no partía entre las favoritas. Curiosamente, en doble trap, modalidad donde era campeona del mundo, ni siquiera logró clasificarse para la final, si bien la canaria de origen vasco había cumplido ya con creces, sumando el tercer metal hispano de la historia en esta disciplina, y el primero desde 1988. Mucho peor le fueron las cosas a nuestros judokas. Kenji Uematsu, Óscar Peñas e Isabel Fernández, nuestra abanderada, perdieron sus respectivos combates por el bronce, mientras que el resto ni siquiera rozó la posibilidad de medalla. Por primera vez desde Barcelona, España se iba de vacío en uno de "sus" deportes. Y entrecomillo bien, porque, en Atenas, el judo sólo tuvo un color, el de Japón: ocho medallas de oro (de catorce categorías) y dos de plata.
     
    La plata de Quintanal abrió la veda para España, que empezó a sumar metales sin parar. En gimnasia, por no ir más lejos, conquistó la nada despreciable cifra de dos preseas, el mejor resultado de su historia en este deporte. La estrella, al igual que en Sydney, fue Gervasio Deferr, que, tras superar un positivo por marihuana, se plantó en Atenas dispuesto a reeditar su oro en tierras australianas. Y, aunque la suerte le volvió a ser esquiva en suelo (cuarto en la final) , le sonrió de nuevo en salto al potro, donde, otra vez contra pronóstico, conquistó su segundo oro seguido, aprovechándose, en buena medida, de las caídas de sus grandes rivales, el rumano Dragulescu y el chino Xiaopeng Li. Deferr, con otros dos saltos prácticamente perfectos, se convirtió en el primer campeón olímpico de España en Atenas, que vería, además, cómo la menuda Patricia Moreno arañaba un bronce histórico en la prueba de suelo, compensando así la ausencia en la final de Elena Gómez, campeona del mundo en esta especialidad.
     
    Mientras que a España le iba mejor que nunca en gimnasia, Estados Unidos lograba lo que parecía imposible: el doblete en los concursos individuales. Lo consiguieron Carly Patterson y Paul Hamm, aunque este último no sin polémica. No en vano, los árbitros fueron demasiado benévolos con sus puntuaciones, mientras que, a sus rivales, los surcoreanos Kim Dae-Eun y Yang Tae-Young, les valoraron con excesiva rigurosidad. De hecho, Corea del Sur protestó ante el Comité de Árbitros por lo ocurrido, pero este desestimó todas sus apelaciones, al considerar que estas no se presentaron en la fecha correcta, amén de que en ellas no se demostraba la supuesta mala fe de los colegiados. Aquel no fue el único escándalo que rodeó a la expedición estadounidense, a la que España acusó de 'tongo' en natación sincronizada. Por supuesto, dichas quejas acabaron en el cubo de la basura, y EE.UU. conservó sus dos inmerecidos bronces en esta disciplina, donde Mengual, Tirados y compañía habían demostrado un talento mayor que el de las americanas.
     
    No sería esta la única vez que los 'yankees' nos diesen un disgusto en Grecia. En baloncesto, tras ganar todos los partidos de la primera fase, España caería en cuartos de final ante unos Estados Unidos que jugaron su mejor partido del torneo. Stephon Marbury, con 31 puntos, machacó a los discípulos de Mario Pesquera, quien arremetería contra Larry Brown, seleccionador norteamericano, por solicitar un tiempo muerto a pocos segundos para el final, cuando el partido ya era del "Dream Team". Afortunadamente para el baloncesto, el oro no sería para los NBA, sino para una impresionante Argentina, por entonces subcampeona del mundo, que se valió de su férrea defensa y el talento de Emmanuel Ginóbili (MVP del torneo) para batir a los Estados Unidos en semifinales, y a Italia en la final.
     
    Tampoco le fueron mal las cosas a la 'Albiceleste' en fútbol, cosechando otro oro olímpico con pleno de victorias, ni un solo gol encajado y Carlos Tévez como máximo artillero del campeonato. De todos modos, la verdadera revelación no fue Argentina ni Paraguay, plata olímpica, sino Irak. Tras terminar la guerra en su país, un grupo de jugadores amateurs fue reunido para competir en Atenas, como símbolo de su integración internacional. Todo el mundo esperaba que cayese en primera ronda, pero los árabes demostraron un talento fuera de lo común, batieron a Portugal en la fase previa y a Australia en cuartos, y sólo hincaron la rodilla frente a Paraguay, en semifinales, e Italia, en la lucha por el bronce, y por un único tanto. Estas fueron las grandes sorpresas en deportes de equipo, donde España, por primera vez desde Barcelona, no sumó ni un solo metal. El hockey hierba masculino fue el que estuvo más cerca, pero un gol de oro del alemán Michel en la prórroga nos cerró las puertas del bronce.
     
    Afortunadamente, muchas disciplinas compensaron este fracaso colectivo. Así, Javier Bosma y Pablo Herrera cosecharon seis victorias consecutivas en voley playa, una racha inesperada que les convirtió en la revelación del torneo y les metió en una final donde, por desgracia, nada pudieron hacer frente a los números uno del mundo, los brasileños Ricardo Santos y Emanuel Rego; en doma clásica, Beatriz Ferrer-Salat lideró al equipo español hacia un valioso bronce, al que la amazona sumó una plata más en el concurso individual, merced a su fantástica compenetración con Beauvalais, su caballo; y en vela, España volvería por sus fueros y, tras marcharse de vacío en Sydney, sumaría dos platas (Rafa Trujillo, y Natalia Vía-Dufresne y Sandra Azón) y un oro, su segundo en "tierras" helenas, merced a Iker Martínez y Xabi Fernández en la categoría de 49er.
     
    No sólo nuestro país recuperaría su prestigio en el agua. Después de varios años sin figuras, los Estados Unidos se presentaron en Atenas con el que, hoy por hoy, es el mejor nadador del mundo, Michael Phelps. Este chaval de Baltimore, con sólo 19 años, estuvo muy cerca de igualar el récord de siete oros de Mark Spitz, quedándose a tan sólo uno de distancia. Phelps arrasó en 100 y 200 mariposa, 200 y 400 estilos, y los relevos 4x200 libres y 4x100 estilos, pero, en 200 libres, se topó con dos colosos de la piscina como Ian Thorpe y Pieter van der Hoogenband, que reeditaron su duelo de Sydney y dejaron a Phelps en un segundo plano. El estadounidense, así, se tuvo que conformar con seis oros y un bronce, unos resultados que auparon a su país a lo más alto del medallero en natación, al igual que en atletismo, donde los 'yankees' arrasaron en la velocidad masculina: ocho medallas de nueve posibles en 100, 200 y 400 metros. El portugués de origen nigeriano Francis Obikwelu, que a punto estuvo de competir por España, fue el único capaz de arrebatar un metal a los Gatlin, Greene, Crawford o Wariner.
     
    Junto a las balas de EE.UU., hubo muchos otros nombres propios en el Estadio Olímpico de Santiago Calatrava: Hicham el Guerrouj acabó por fin con su maldición y ganó el oro en 1.500 metros, amén de otro más en 5.000; el chino Liu Xiang daría la sorpresa al batir en la final de 110 vallas al americano Terrence Trammell, batiendo además el récord del mundo; la rusa Yelena Ysinbayeva también sobrepasaría la marca mundial en pértiga (4,91 metros), haciéndose con suma facilidad con el oro en esta prueba; la sueca Carolina Kluft tampoco tendría problemas para imponerse en el heptatlón... El único punto amargo estuvo en la maratón: el brasileño Vanderlei de Lima marchaba muy destacado cuándo un loco se saltó el cordón de seguridad y se le echó encima literalmente. El suramericano perdió, lógicamente, la comba y acabó cediendo la victoria y la plata ante el italiano Stefano Baldini y el estadounidense Meb Keflezighi. Brasil exigió el oro, pero el COI sólo concedió a Lima la medalla Pierre de Coubertin por su deportividad.
     
    España, por su parte, sumaría otros dos metales más a su cuenta, la plata de Paquillo Fernández en marcha y el bronce del nacionalizado Joan Lino Martínez en longitud, cuyo mejor salto estuvo a punto de ser nulo. Es más, tanto el Reino Unido como Jamaica reclamaron, sin éxito alguno afortunadamente. Sin embargo, no fueron ni el atletismo, ni la gimnasia, ni la vela las disciplinas que nos dieron más alegrías. Lo fue el ciclismo, donde cosechamos la friolera de cinco metales. Sergi Escobar y el equipo de persecución 'cazaron' sendos bronces, mientras que el mítico Joan Llaneras, José Antonio Hermida y José Antonio Escuredo se hicieron con tres platas que supieron a gloria. Especialmente emocionante y curiosa fue la presea de Escuredo en keirin. El catalán, en un principio, no había conseguido plaza en la final, pero la descalificación del británico Jamie Staff le abrió las puertas de la lucha por las medallas. Ya en la final, Escuredo se quedó fuera del podio, pero, una vez más, la suerte estuvo de su lado. Debido a otra eliminación, la del malayo Josiah Ng, hubo de repetirse la prueba, y a la segunda fue la vencida. Únicamente el australiano Ryan Bayley pudo con él.
     
    Una plata más, la de la pareja formada por Conchita Martínez y Virginia Ruano (inexplicable su derrota en la final frente a las desconocidas chinas Li Ting y Sun Tiantian), parecía ser la última que cosecharía España en Atenas, pero el destino aún nos deparaba una sorpresa más. Concretamente dos, el oro y la plata cosechadas por el palista David Cal, nuestro abanderado en Pekín, que protagonizó uno de los duelos más reñidos de los Juegos Olímpicos con el alemán Andreas Dittmer, al que batió en la distancia de 1.000 metros, pero no en la de 500. Mientras tanto, en categoría femenina, una húngara de 22 años, Natasa Janics, plantaba cara a las veteranas estrellas del piragüismo y se hacía con los oros en Kayak-1 y Kayak-2, batiendo, respectivamente, a la italiana Josefa Idem (39) y la alemana Birgit Fischer (42), que conquistó su quinto oro consecutivo en unos Juegos en la prueba de Kayak-4.
     
    "Han sido unos Juegos inolvidables", diría, para el descontento de Grecia y Atenas, en la ceremonia de clausura el nuevo presidente del COI, Jacques Rogge, quien no fue muy justo con una Olimpiada histórica, con muchos nombres propios y sin incidentes reseñables. Desde luego, para España Atenas sí que fue inolvidable, y ahora, en Pekín, es el momento de seguir su estela e incluso mejorar sus resultados. No va a ser fácil. China, que ya en Atenas sumaría 63 metales (32 oros), apunta muy alto en prácticamente todas las disciplinas individuales, y los Estados Unidos se niegan a ser superados por los anfitriones, por lo que se augura un pulso muy duro entre dos gigantes del deporte mundial, que podría perjudicar a países como el nuestro. Sin embargo, hay que ser positivos. España puede aspirar a todo en Pekín. En sus manos está conseguirlo.
     
    Mañana, a ser posible, el siguiente capítulo: Sevilla en los Juegos.

    SYDNEY 00, LA GRAN DECEPCIÓN

    "Sólo quiero llevarme una medalla y estar en el podio"
    Pieter van der Hoogenband


    Esta frase de Pieter van der Hoogenband, uno de los héroes de Sydney 2000, resume a la perfección cuál fue el sentir de España en los primeros Juegos Olímpicos del siglo XXI. Del optimismo inicial, con previsiones que daban a nuestro país incluso 20 metales, se pasó a una decepción que se fue agrandando cada día más, y que hacía que cada medalla, por insignificante que fuese, se celebrase como si de un oro olímpico se tratase. La Olimpiada australiana, tan prolífica para otras naciones, fue un completo desastre para una España que pagó muy caro el abandono del plan ADO, y la sensible reducción de las becas a deportistas. De esta manera, de las 17 preseas de Atlanta pasaron a cosecharse nada más que 11 en la cita oceánica, conformándonos con un mediocre 25º puesto.

    Con es lógico, el número de oros también se vio reducido de manera exponencial. De hecho, España únicamente tuvo tres campeones olímpicos en 2000, brillando de manera especial Isabel Fernández. La judoka, bronce en Atlanta, confirmó su excelente progresión (doble campeona de Europa y oro mundialista en 1997) derrotando en la final a una titán del tatami, la cubana Driulis González, vigente campeona olímpica y del mundo. Lamentablemente, esta fue la única alegría que nos dio esta arte marcial, tan prolífica en Barcelona (dos oros) y Atlanta (una plata y dos bronces). En chicos, Óscar Peñas, oro europeo en 1999, no pasó de dieciséisavos; Kiyoshi Uematsu cayó en cuartos de la repesca; Ricardo Echarte, plata europea en 2000, se quedó en primera ronda; y Fernando González y Ernesto Pérez Lobo, plata en Atlanta, perdieron a las puertas de la lucha por el podio. En féminas nuestra suerte no fue distinta y, aparte de Fernández, sólo Úrsula Martín estuvo cerca de la gloria, siendo derrotada Ylenia Scapin en la final por el bronce. Las demás cayeron en dieciséisavos, o en cuartos las más afortunadas.
     
    Este desastre se repitió más tarde en taekwondo, un deporte que debutaba en Sydney y donde teníamos varios campeones del mundo. Por desgracia, ni Elena Benítez (oro en Barcelona 92 -cuando esta disciplina era de exhibición- y en el Mundial de 1999), ni Iriane Ruiz, ni Francisco Zas (bronce en la Copa del Mundo de 2000) estuvieron cerca de pelear por un metal que, aun así, sí conquistó Gabriel Esparza, quien sólo tropezó en la final frente al griego Michail Mouroutsos, cosechando una plata que supo a oro. Un regusto que también dejó la plata de Rafael Lozano en boxeo. El cordobés, bronce en Atlanta, se quedó a las puertas de la gloria olímpica al caer en la final frente al francés Brahim Asloum (23-10), el primer púgil galo que obtenía un oro desde Berlín 1936, y que hoy día es el campeón del mundo del peso ligero. No obstante, fue su pelea frente al keniano Suleiman Bilali la que le encumbró como uno de los hérores españoles en Sydney, derrotándole por un único punto en cuartos de final.
     
    Mientras España pasaba desapercibida, la local, Australia, maravillaba al mundo con su equipo de natación, en especial con un joven de 17 años que encandilaría a todo Sydney. ¿Su nombre? Ian Thorpe. Ya en 1999, en los Panpacíficos, había conseguido cuatro oros y tres récords del mundo, pero nadie esperaba que, en el primer día, batiese su propia marca mundial para imponerse en la final de los 400 metros libres. Y por si eso fuese poco, él solo, en la última manga del relevo 4x100, se bastó para pasar a los estadounidenses y darle a su país otro oro más. El 'thorpedo', popular por el gigantesco tamaño de sus pies, parecía invencible... Pero no tardaría en encontrar la horma de su aleta. Lo haría en la prueba de 200 metros libres, cuyo récord del mundo lo batió, en semifinales, el holandés Pieter van der Hoogenband. Thorpe, en la otra 'semi', estuvo muy cerca de superar esa marca, por lo que se auguraba una final muy disputada. Y así fue. Thorpe y VDH compitieron codo con codo durante los 200 metros, venciendo el europeo por tan sólo 48 centésimas al oceánico, para decepción de toda la afición local. En el relevo 4x200, aun así, Thorpe se desquitó con su tercer oro, igualando así a otra neerlandesa, Inge de Bruijn, que se convirtió en la reina de la piscina con sus victorias en 50 y 100 metros libres, y 100 mariposa. España, por su parte, sumaría el cuarto metal de su historia en natación, merced a la rusa nacionalizada Nina Zhivaneskaia, que cosecharía un bronce en su especialidad, los 100 metros espalda.

    Precisamente el bronce sería nuestro color en Sydney. No en vano, nuestro país se haría con cuatro preseas más de este tipo, siendo la más curiosa e inesperada la de la marchadora María Vasco. La barcelonesa, a falta de seis kilómetros, andaba muy lejos de los metales, pero sus rivales fueron cayendo descalificadas una a una. Primero, la mexicana Gabriela Mendoza; después la campeona mundial, la china Hongyu Liu; a continuación la italiana Elisabetta Perrone, subcampeona olímpica, y, por último, la local Jane Saville, que fue eliminada cuando iba a entrar ya en el estadio para hacerse con el oro. Sus lágrimas contrastaron con la sonrisa de Vasco, que se encontró, sin comerlo ni beberlo, con la única medalla que ganaría España en atletismo. Y es que la suerte no corrió del lado español: Niurka Montalvo, oro mundial en longitud, fue vetada por Cuba para participar en los Juegos;
    otro campeón del mundo, Abel Antón, cuajó una maratón decepcionante
    ; Yago Lamela, plata mundialista en 1999, arribó lesionado a Sydney y ni siquiera se metió en la final... Y así sucesivamente.

    La mala suerte también se cebó con dos leyendas del atletismo. Serguei Bubka volvió a marcharse a casa sin medalla, siendo estos sus últimos Juegos, mientras que el marroquí Hicham el Guerrouj, que no pudo subirse al podio en Atlanta por una caída, cedió contra pronóstico el oro en 1.500 metros frente al keniano Noah Ngeny, quien batió el récord olímpico de la distancia. Todas las demás estrellas, eso sí, cumplieron con creces: Maurice Greene demostró por qué era el hombre más rápido del mundo, obteniendo el oro en 100 metros lisos, con un crono de 9.87; Michael Johnson revalidó su título olímpico en 400 metros con casi un segundo de ventaja sobre sus rivales; Haile Gebrselassie cosechaba su segundo oro olímpico en 10.000 metros en una apretada final frente al keniano Paul Tergat; Robert Korzeniowski hacía doblete en marcha, con preseas doradas en 20 y 50 kilómetros; la australiana aborígen Cathy Freeman, encargada de encender la antorcha, se convertía en la primera campeona olímpica de su raza...

    Aun así, la verdadera figura en atletismo no fue ninguno de ellos, sino la estadounidense Marion Jones, que conquistó la friolera de tres oros (100 y 200 metros, y el relevo 4x400) y dos bronces (longitud y el relevo 4x100). Su gesta, sin embargo, se vería más tarde empañada por la sombra del dopaje. Jones admitió, a finales del año pasado, que, en Sydney, había tomado sustancias ilegales para mejorar su rendimiento, y el COI no ha dudado en despojarla de todas las medallas que ganó en la cita australiana. Para colmo de males, Jones fue condenada en enero a seis meses de prisión por perjurio, fraude, lavado de dinero y, por supuesto, mentir a los que investigaban su caso de positivo por THG. Hoy día, ha solicitado incluso a George Bush que le perdone y la libre de la cárcel... Un astro descendido a los infiernos. También existen sospechas de dopaje en torno a la figura del griego Konstantinos Kenteris, primer blanco en ganar un oro en velocidad (200 metros), pero todavía no se ha podido demostrar nada al respecto.

    El fantasma del 'doping' no sólo afectó al atletismo, sino también a la gimnasia. La rumana Andrea Raducan perdió su oro en el concurso individual, al dar positivo en un control por pseudofedrina. Al contrario que en Estados Unidos, toda Rumanía apoyó a su niña, y el Comité de su país defendió su inocencia, asegurando que esa sustancia se hallaba en dos aspirinas normales que había tomado en los días previos, sin ninguna intención de mejorar su rendimiento. Finalmente, la Federación Internacional de Gimnasia la exculpó de todos los cargos, y su compañera Simona Amanar, plata en aquella prueba, le retornó su oro, al considerar que ella ganó legítimamente aquel metal. El COI, sin embargo, sigue considerando a Amanar como la campeona olímpica de Sydney.

    La que nunca tuvo opciones de oro fue Svetlana Khorkina, gran dominadora de la gimnasia durante la segunda mitad de los 90, quien ni siquiera pudo subirse al podio. Para colmo, la rusa vería cómo Rumanía derrotaba a su país en la prueba por equipos, lo que dejaba claro que a la zarina no le sentaba muy bien el aire de los Juegos (de hecho, en Atenas 2004, tampoco pudo proclamarse campeona olímpica ni en el concurso indivual -plata- ni en el colectivo -bronce-). Todo lo contrario que a Gervasio Deferr. El gimnasta español había protagonizado otra nota negativa más, al no meterse en la final de su especialidad, el suelo, pero, al día siguiente, compensó este fracaso del mejor modo posible. Con dos saltos prácticamente perfectos, Deferr sorprendía a todo el mundo conquistando el oro en trampolín, convirtiéndose en el primer campeón olímpico de la historia española en gimnasia artística. Lamentablemente, en rítmica, no se pudo reeditar ninguno de los éxitos de Barcelona y Atlanta, acabando España en posiciones discretas.

    Junto a Fernández y Deferr, España viviría una tercera y última alegría olímpica en tierras australianas, esta vez de la mano de un ciclista. No, no fue ninguno de ruta, donde España volvió a decepcionar (sobre todo Joane Somarriba), sino en el velódromo, donde Joan Llaneras, campeón del mundo en puntuación, confirmaría los pronósticos y se haría con el oro en su prueba predilecta, batiendo al uruguayo Milton Wynants y al ruso Alexei Markov. Por desgracia, la suerte le fue esquiva en su otra especialidad, la madison, donde acabó en decimotercera posición. Tampoco le fueron bien las cosas en mountain bike a Marga Fullana, que se tuvo que conformar con un bronce pese a ir durante buena parte de la carrera como primera. Sin embargo, su gran rival, la italiana Paola Pezzo (a la postre, campeona olímpica), la adelantó de manera poco ortodoxa (por no decir otra cosa), tirándola al suelo y haciéndole perder una ocasión histórica.

    Esta mala suerte se cebó especialmente con los nuestros en los deportes de equipo. La selección de waterpolo, campeona olímpica y del mundo, perdió en la lucha por el bronce frente a Yugoslavia (8-3), tras caer en semifinales ante Rusia después de dos prórrogas y por culpa de un gol de oro; la de fútbol, campeona mundial sub 20, cayó en la misma final en la tanda de penaltis contra Camerún tras dejarse remontar un 2-0; la de hockey hierba masculino quedó última en la fase previa, mientras que el combinado femenino perdió (2-0) por el bronce frente a Holanda... Sólo el bloque hispano de balonmano dio la cara, derrotando en la final de consolación a Yugoslavia (26-22), en la que supuso la despedida de Iñaki Urdangarín del deporte profesional. El tenis fue el único deporte que realmente cumplió, con un bronce que correría a cargo de Alex Corretja y Albert Costa, que remontaron a los surafricanos Adams y De Jager para vencerles por dos sets a uno.
     
    No obstante, las decepciones no corrieron sólo del lado español. Como ya hemos visto, El Guerrouj, Bubka o Raducan protagonizaron la cruz de unos Juegos Olímpicos que vieron la primera derrota de Alexander Karelin en lucha grecorromana en 13 años. El ruso, tres veces consecutivas campeón olímpico (y que no había cedido ni un punto en seis años), hincó su rodilla ante un completo desconocido, Rulon Gardner, un estadounidense que se había colado en la final contra todo pronóstico, y que en su vida había sido campeón de algún torneo internacional. Su victoria por 1-0 le convirtió en una de las grandes figuras de este deporte, del que sería campeón del mundo en 2001. Las lesiones (incluída la amputación de un dedo del pie) estuvieron a punto de acabar con su carrera, pero, en 2004, regresó a la competición, arañando en Atenas un meritorio bronce. El que no repetiría metal en tierras helenas sería el remero británico Steve Redgrave, quien pondría fin a su espléndida trayectoria en Sydney con su quinto oro consecutivo en unos Juegos.
     
    Samaranch, esta vez sí (y pese al dolor por la muerte de su mujer durante la Olimpiada), lo tuvo claro: estos fueron los mejores Juegos de la historia. Sydney había superado con claridad a Atlanta a nivel general, pero, para España, el recuerdo de Australia jamás sería tan bueno como el que nos había dejado la capital de la Coca Cola. Se habían perdido medallistas, campeones, finalistas... Un completo desastre, que hizo que el COE y el Consejo Superior de Deportes reaccionasen y reactivasen un Plan ADO cada vez más abandonado. En Atenas tenía que haber mejoría... Y la hubo... Más o menos.
     
    En cuanto pueda (y prometo que no será dentro de una semana ^^U), el siguiente capítulo: Atenas 04, el resurgir.
    July 18

    ATLANTA 1996, MIS PRIMEROS JUEGOS

    "Puedes llegar ¡lejos!"
     
    Esas palabras pertenecen al estribillo de la canción de los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, los primeros de toda mi vida. Aunque los de Barcelona no me pillaron demasiado joven (contaba con diez añitos por entonces), lo cierto es que apenas seguí las competiciones, ya que el deporte no me gustaba por entonces. Sin embargo, gracias al Mundial de fútbol de 1994, me fui aficionando a todas las disciplinas posibles y, por tanto, seguí esta Olimpiada con sumo interés. Y, aunque estos Juegos no pasaron a la posteridad por su correcta organización (más bien al contrario), para mí fueron muy especiales y emocionantes, sobre todo merced a la excelente actuación española.
     
    Y es que nuestro país continuó en la buena senda de Barcelona 92, y se marchó de Atlanta con la nada despreciable cifra de 17 medallas, con cinco oros, seis platas y otros tantos bronces. Es decir, la segunda mejor actuación de nuestra trayectoria olímpica, y los terceros Juegos con mayor volumen de metales (por detrás de la cita barcelonesa y Atenas 04). Y todo merced a una serie de figuras que marcaron una época, leyendas vivas de nuestro deporte que demostraron en tierras americanas que lo de 1992 no fue un espejismo. Un claro ejemplo fue la actuación de Abraham Olano y Miguel Induráin en contrarreloj. En los primeros Juegos que se aceptaban ciclistas profesionales, ellos dos harían historia cosechando en dicha prueba plata y oro, respectivamente, al igual que sucediese en el Mundial del año anterior en Colombia. Tan sólo 12 segundos separaron a Olano de un Induráin que, con esta victoria olímpica, cerraba su extraordinario palmarés: cinco Tours de Francia consecutivos, dos Giros de Italia seguidos, oro mundialista en contrarreloj, y dos platas y un bronce en ruta, amén de múltiples triunfos en diversas rondas menores.
     
    Mientras que un histórico como Induráin colocaba el broche de oro a su carrera, otro emblema de nuestro deporte, Manel Estiarte, alcanzaba al fin la gloria que se había merecido durante casi una década, pero que le había sido tan esquiva hasta entonces. El delfín goleador lideró a la segunda mejor selección de waterpolo de nuestra historia (la más potente fue la que ganó el Mundial en 1998) hacia un oro muy trabajado. No en vano, los discípulos de Joan Jané tuvieron que disputar unos durísimos cuartos de final ante los locales, los Estados Unidos (5-4), y luego enfrentarse en semifinales a la todopoderosa Hungría, campeona de la Copa del Mundo y plata europea, y que ya había ganado a los nuestros en la fase previa (7-8). Sin embargo, los Estiarte, Jesús Rollán, Moro, Ballart y compañía no dieron opción a los magiares, a los que doblegaron por 7-6, para, ya en la final, derrotar a la otra revelación del torneo, Croacia, por un claro 7-5. Y luego llegarían dos Campeonatos del Mundo, que cerrarían la denominada Edad de Oro del waterpolo español.
     
    No obstante, el mayor éxito, el que mejor sabor de boca nos dejó, el que más me maravilló fue, sin lugar a dudas, el oro alcanzado por el equipo hispano de gimnasia rítmica. Aunque partía entre las favoritas, todo el mundo esperaba que fuesen Bulgaria (campeona mundial) o Rusia las que se llevasen la victoria en este primer concurso colectivo de rítmica. Sin embargo, España, que ya había cosechado tres platas mundialistas consecutivas, hizo valer su enorme talento y, tras defenderse con los aros (su punto débil), completó un espléndido ejercicio con las pelotas y las cintas (prueba en la que ya había conquistado dos Mundiales), que le permitió batir finalmente a las búlgaras por 67 centésimas. Así, Marta Baldó, Nuria Cabanillas, Estela Giménez, Lorena Guréndez, Tania Lamarca y Estíbaliz Martínez conseguían el sexto oro femenino de la historia de España, que, previamente, había visto cómo Theresa Zabell revalidaba su título olímpico en la clase 470 de vela, igualando así el palmarés de Luis Doreste. Fernando León y José Luis Ballester, en clase Tornado, completaron la 'manita' dorada de Atlanta.
     
    Mientras nuestras niñas brillaban en rítmica, otras chicas, en artística, entraban en la historia, al ser las primeras campeonas olímpicas de Estados Unidos en esta disciplina. Eran Las Siete Magníficas: Shannon Miller, Dominique Moceanu, Dominique Dawes, Kerri Strug, Amy Chow, Amanda Borden y Jaycie Phelps. Ellas protagonizaron dos de las escenas más emblemáticas de estos Juegos. La primera, de índole deportiva, corrió de la mano de Kerri Strug. El equipo estadounidense dependía de la gimnasta para hacerse con el oro, y esta contaba con dos saltos al potro para sentenciar la victoria. En su primer intento, Strug no ejecutó bien el ejercicio, cayó mal y se lastimó en un tobillo. La incertidumbre sobrevoló el estadio. O clavaba el siguiente salto, o perderían el oro. Strug se dolía, pero no se acobardó y afrontó el segundo salto con confianza. Kerri corrió, cogió impulso y clavó en la caída... Pero se rompió definitivamente el tobillo. Había sacrificado su salud por el oro, y eso la convirtió en una de las heroínas de Atlanta. Realmente emotivo fue el momento en el que sus compañeras la subieron al podio, pese a ir ella con la pierna enyesada, si bien el momento estelar de este equipo llegó cuando todas bailaron la Macarena. La imagen recorrió el mundo entero, y popularizó la canción de Los del Río hasta límites insospechados.
     
    Si las chicas de oro de la gimnasia emocionaron a los americanos, estos vibrarían todavía más con Michael Johnson, la 'Locomotora de Dallas', quien cosecharía sendos oros en las pruebas de 200 y 400 metros lisos, batiendo en la primera el récord del mundo (19.32) y, en la segunda, el olímpico. Su estilo peculiar corriendo, completamente recto, le valió la fama y, sobre todo, muchos éxitos, cosechando en toda su carrera nueve campeonatos mundiales y cinco oros olímpicos, si bien, recientemente, renunció al del 4x400 que logró en Sydney 2000 tras enterarse de que sus compañeros se habían dopado. También brilló con luz propia en Atlanta Carl Lewis, quien, con 35 años, se hizo con su cuarto oro seguido en longitud, amén de su décima medalla en unos Juegos. Esta leyenda del atletismo protagonizaría otra de las escenas curiosas de Atlanta, al pedirle a Arantxa Sánchez-Vicario un autógrafo tras ganar esta el bronce en el dobles femenino junto a Conchita Martínez.
     
    No sería este el único éxito de nuestro tenis. No en vano, Arantxa se proclamaría subcampeona olímpica en indivuales, cayendo en la final ante Lindsay Davenport, mientras que Sergi Bruguera hacía lo propio frente al controvertido André Agassi. Junto a estas, España sumaría otras tres platas: Fermín Cacho en 1.500 metros, prueba en la que Noureddine Morceli se tomaría la revancha de lo ocurrido en Barcelona 92 y ganaría el oro (Hicham el Guerrouj, por culpa de una inoportuna caída, ni siquiera subiría al podio); Ernesto Pérez Lobo en judo, cayendo únicamente frente al triple campeón del mundo, el francés David Douillet; y el equipo masculino de hockey hierba, que se convertiría en la revelación del torneo al meterse en la final, a costa de potencias como la India, Pakistán, Argentina o Australia. Sólo la Holanda de Floris van Bovelander pudo con nuestro combinado nacional.
     
    España también daría la sorpresa en balonmano. Tras proclamarse ese mismo año subcampeona de Europa, Juan de Dios Román, seleccionador nacional, llevó al conjunto hispano a hacerse con un bronce histórico frente a la Francia de Jackson Richardson, merced a una generación única liderada por el nacionalizado Talant Dujshebaev, oro con el Equipo Unificado en Barcelona 92. Y, junto a él, estrellas del balonmano como Rafa Gujiosa, Demetrio Lozano, Jaume Fort, Mateo Garralda (quien partió su bronce en dos para compartirlo con Enric Masip, quien no pudo acudir por una grave lesión) o Iñaki Urdangarín, quien comenzó su romance con la Infanta Cristina justo aquí, en Atlanta. Amén de España, también sorprendió en deportes de equipo la Nigeria de Amokachi, Amunike, Kanu y Okocha, al proclamarse campeona olímpica de fútbol a costa de Argentina (Almeyda, Ayala, Ortega, Crespo, 'Piojo' López) y Brasil (Rivaldo, Roberto Carlos, Juninho, Bebeto, Ronaldo); o los Estados Unidos de Mia Hamm, que conquistaron el primer oro de la historia en balompié femenino.
     
    Valentín Massana en marcha, Rafa Lozano en boxeo, y Yolanda Soler e Isabel Fernández en judo completaron la cosecha española de preseas, aupando a nuestro país a una honorable decimotercera posición. Los Estados Unidos, como era previsible, se hicieron con el primer puesto, con 102 metales, 41 más que su "inmediato" perseguidor, una Rusia a la que le pesó notablemente la disgregación de la URSS. Sólo Alexei Nemov, con dos oros, dos platas y tres bronces en gimnasia, y Alexander Popov, con dos títulos olímpicos y otros tantos subcampeonatos, amén de la esgrima (siete metales, tres de oro), dieron alguna alegría a una expedición rusa que, aun así, volvería a sus fueros a partir de Sydney 2000, unos Juegos que sobrepasarían con claridad a estos de Atlanta, que, amén de la desorganización, sufrió la lacra del terrorismo, con una bomba durante un concierto en el Parque del Centenario Olímpico que mató a dos personas. Inseguridad, caos... Ni siquiera la mascota, Izzy, tuvo algún calado. De ahí que Samaranch no calificase esta Olimpiada como la mejor de la historia, como es habitual. Se quedaron en sólo unos buenos Juegos, para lamento de Atlanta y regocijo de una Atenas que había visto cómo la Coca Cola y la CNN le habían arrebatado los Juegos del Centenario a golpe de talonario.
     
    En breve, el siguiente capítulo: Sydney 00, la gran decepción.
    July 15

    BARCELONA MARCA EL CAMINO

    "Han sido los mejores Juegos de la historia"
    Juan Antonio Samaranch

    Dos Guerras Mundiales. La Guerra Fría. Ataques terroristas. Manifestaciones convertidas en masacres. Boicots. Los Juegos Olímpicos habían recorrido un camino muy tortuoso a lo largo de su historia, y ya iba siendo hora de que llegara un evento tranquilo, en el que lo más destacado fuera el deporte, no lo extradeportivo. Y España tuvo la gran suerte de que acoger esa Olimpiada. El 17 de octubre de 1986, en Lausana (Suiza), el COI anunciaba que los Juegos de 1992 se disputarían en Barcelona, que a punto estuvo de albergar los de 1936. De hecho, se llegaron a organizar unos Juegos Populares en la capital catalana ese mismo año, para quitar el mal sabor de boca de la derrota ante Berlín, pero la Guerra Civil hizo que aquella idea nunca viese la luz.

    Ahora España tenía una oportunidad histórica de demostrar que los tiempos de la dictadura habían pasado a mejor vida, y que la modernidad había llegado a un país tradicionalmente considerado como atrasado. El Gobierno de Felipe González y la Generalitat de Cataluña, conscientes de la importancia de este evento, decidieron apostar fuerte y remodelaron por completo Barcelona, adaptando el Aeropuerto del Prat y otras infraestructuras de la ciudad para acoger unos Juegos; se crearon nuevos hoteles y se reformaron algunos de los que ya existían; se construyeron nuevas y modernas instalaciones deportivas, como el Palau de Sant Jordi...

    Pero no sólo preocupaban estos factores, sino también el plano deportivo. Desde su primera participación en unos Juegos, allá por París 1900, España no había pasado de los seis metales de Moscú 80 y, en total, sólo había sumado 26. Si bien en los años 80 se experimentó una mejoría muy sensible con respecto a décadas anteriores, los ibéricos estaban muy lejos de las marcas que se espera de un país anfitrión. Nadie, además, quería reeditar el fracaso de Canadá en Montreal 1976, cuando cosechó cinco platas y seis bronces únicamente. El reto, sin duda, era complicado. La tradición deportiva de España era prácticamente nula, con el baloncesto, la vela, el tenis, el ciclismo y, en menor medida, el atletismo como únicos referentes. Era necesario un impulso definitivo a nuestro deporte, y este llegó de la mano del Programa ADO.

    ADO no sólo consistió en las famosas becas a deportistas, sufragadas en buena medida por un número considerable de empresas españolas, sino, especialmente, en un cambio radical en la preparación de los atletas. Exámenes psicológicos, seguimiento de dietas, chequeos médicos constantes... Es decir, profesionalizar por completo el deporte en España. Todos esos esfuerzos hicieron que nuestro país diese un giro de 180 grados en poco menos de cuatro años. De esta manera, de las cuatro medallas que se ganaron en Seúl 88, se pasaron a las 22, 13 de oro, de Barcelona 92, la mejor actuación española de la historia en unos Juegos Olímpicos.

    Aunque la vela (con tres oros y una plata desde 1976) fue, de nuevo, nuestro deporte más laureado (con cuatro campeones olímpicos -entre ellos, Luis Doreste en clase Flying, sucediendo a Herminio Menéndez como el español olímpico más laureado- y una plata), fue el atletismo el que brindó las mayores alegrías a la afición española. Realmente emotiva fue la victoria de Fermín Cacho en 1.500 metros. Todos los atletas estaban pendientes del argelino Morceli, el gran favorito, y apostaron por una carrera lenta y táctica, que benefició enormemente a Cacho. Este, con un sprint final apoteósico, batió con claridad a sus rivales, entrando en la meta con los brazos en alto y todo Montjuic coreando su nombre. Era el primer campeón olímpico de España en atletismo... Pero no sería el último. No en vano, Daniel Plaza se impondría en 20 kilómetros marcha, instaurando la tradición hispana de sumar siempre un metal en esta disciplina. Antonio Peñalver, plata en decatlón, y Javier García Chico, bronce en pértiga, completarían la sorprendente actuación española sobre la pista.

    Curioso fue este último caso. Chico, un atleta semidesconocido, arañaba metal, mientras que el principal aspirante al oro, Serguei Bubka -campeón en Seúl 88-, no lograba hacer ni un solo salto en condiciones, cayendo descalificado y sin marca. Ese mismo año se resarciría batiendo el récord del mundo, pero comenzaría su maldición olímpica particular: jamás volvería a ganar medalla, pese a sus seis oros mundialistas. No obstante, salvo Bubka y Morceli, los demás favoritos sí ganaron sus respectivas pruebas: el cubano Javier Sotomayor la altura; el checo Jan Zelezny la jabalina; Carl Lewis la longitud (en una reñida contienda con su compatriota Mike Powell, al que batió por tres centímetros); Hassiba Boulmerka en 1.500 (arrebatándole el oro en los últimos 200 metros a Lyudmila Rugachova), un oro que le valió el respeto de todo el pueblo argelino, que la tildaba de infiel por correr con las piernas desnudas; o Gail Devers en los 100 metros lisos, tras superar una enfermedad que la habría podido dejar en silla de ruedas.

    No obstante, el momento más emocionante, a nivel general, fueron los 10.000 metros femeninos. Elana Meyer, de raza blanca, ganaba la primera medalla para Suráfrica, que regresaba a los Juegos después de muchos años de boicot por el apartheid. Meyer, aun así, se tuvo que conformar con la plata, ya que la victoria fue, de manera incontestable, para la etíope Derartu Tulu, de raza negra. Y en un gesto que pasó a la posteridad, Tulu se acercó a Meyer, la cogió de la mano y, juntas, hicieron la vuelta de honor de los campeones. Barcelona no pudo más que aplaudirlas por su deportividad.

    La victoria de Cacho y la hermandad Tulu-Meyer fueron dos de las instantáneas más hermosas de Montjuic, junto a, por supuesto, el encendido de la antorcha olímpica. El método fue sublime: Epi, plata en Los Ángeles, prendió con su antorcha una flecha del arquero paralímpico Antonio Rebollo. Este apuntó a los cielos, lanzó... Y el fuego olímpico se encendió, dando comienzo a unos Juegos sublimes, tanto para España como para el mundo. Y es que no sólo en atletismo se vivieron instantes para el recuerdo. En la memoria de toda Barcelona permanece todavía la actuación del gimnasta bielorruso Vitaly Scherbo, ganador de seis oros, cinco de ellos el mismo día (concurso individual, caballo con arcos, paralelas, anillas y salto). Él fue el principal exponente del gigantesco potencial del Equipo Unificado, que, bajo bandera olímpica, permitió competir a los deportistas de Armenia, Azerbaiján, Bielorrusia, Georgia, Kazahkstán, Kirguizistán, Moldavia, Rusia, Tayikistán, Turkmenistán, Ucrania y Uzbekistán. Esto es, todas las ya ex repúblicas soviéticas, con las excepciones de Estonia, Letonia y Lituania, que decidieron presentarse por su cuenta.

    Ni que decir tiene que el Equipo Unificado arrasó en estos Juegos con 112 medallas, cuatro más que los estadounidenses, que por fin dijeron adiós a muchos de sus fantasmas olímpicos. Entre ellos, sobre todo, el del baloncesto, y lo hicieron del mejor modo posible: ofreciendo un espectáculo único e increíble. La NBA, cansada de los fracasos recientes de los equipos universitarios, apostó fuerte y se llevó a Barcelona al mejor equipo de la historia de la canasta: el Dream Team, con Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird, Charles Barkley, Scottie Pippen, John Stockton, Karl Malone, Pat Ewing, David Robinson... Este equipo se impuso con suma facilidad, con 117 puntos de media, y eso que, en la final, tuvieron enfrente a otro conjunto legendario, la Croacia de Drazen Petrovic, Toni Kukoc y Dino Radja. Sin embargo, nadie pudo con ellos; fueron invencibles e irrepetibles, por muchos otros Dream Teams que se hayan querido construir. Aquello no era baloncesto; era magia. No como el papel de España, que fracasó miserablemente, con un noveno puesto y una dolorosa derrota ante Angola (63-83) que puso fin a la carrera del célebre Antonio Díaz-Miguel con la selección.

    Aunque EE.UU. se llevó los flashes, la gloria olímpica real fue para ese Equipo Unificado que arrasó en gimnasia, con sendos títulos para sus equipos masculino y femenino; brilló en natación, merced a unos jovencísimos Alexander Popov (dos oros y dos platas) y Yevgeny Sadovyi (tres preseas doradas); batió a la todopoderosa Suecia en balonmano, con Talant Dujshebaev (quien competiría a partir de entonces con España) como una de sus estrellas; no encontró rival en lucha, donde Alexander Karelin mantuvo su racha de imbatibilidad desde 1987 con su segundo oro olímpico; deslumbró en halterofilia, con cinco oros y cuatro platas...

    Y mientras el Equipo Unificado arrasaba, España seguía a lo suyo, esto es, a dar la sorpresa. En tiro con arco, el equipo masculino, con Juan Holgado, Alfonso Menéndez y Antonio Vázquez, rompió con todos los pronósticos al alcanzar la victoria en la final frente a Finlandia; en ciclismo en pista, José Manuel Moreno derrotaba al favorito, el australiano Shane Kelly, en la final de contrarreloj; en natación, Martín López-Zubero daba a nuestro país el primer (y único) oro de su historia, en 200 metros espalda; Kiko, con un soberbio gol en el minuto 90, "vengaba" ante Polonia la plata de Amberes; Almudena Muñoz y Miriam Blasco demostraron por qué nos interesaba que el judo femenino se incorporase al programa de los Juegos; Maider Tellería, María del Carmen Barea y el equipo femenino de hockey hierba doblegaban a la poderosa Alemania en una final histórica... De hecho, en deportes de equipo únicamente falló el waterpolo, que cayó frente a Italia en la prórroga (8-9). Los Estiarte, Rollán, Ballart, Pedrerol y compañía tendrían que esperar un poco más para conocer la gloria olímpica.

    Y las alegrías no se quedarían ahí: Carolina Pascual nos daba una plata en gimnasia rítmica con sabor a oro (debido a nuestra nula tradición en esta disciplina); una jovencísima Arantxa Sánchez-Vicario, bronce en individuales, emulaba a su hermano Emilio y conquistaba la plata en dobles junto a otra clásica de nuestro tenis, Conchita Martínez, cayendo tan sólo frente a las estadounidenses Gigi Fernández y Mary Joe Fernández; y el sevillano Faustino Reyes hacía frente al dominio de Cuba en boxeo (siete medallas de oro en boxeo), arañando otra plata frente al alemán Andreas Tews. Con esta cosecha, no fue de extrañar que España terminase sus Juegos sexta en la tabla, sólo por detrás del Equipo Unificado, Estados Unidos, Alemania, China y Cuba. Francia, Australia, Japón, Reino Unido, Italia... Todas estas grandes potencia tan sólo pudieron doblegarse ante el empuje hispano.

    Samaranch no lo dudó. Calificó a los de Barcelona como los mejores Juegos de la historia. No fue para menos. La organización fue prácticamente perfecta, ningún incidente tuvo lugar y el deporte fue el único protagonista. Cobi, la simpática mascota de Javier Mariscal, se marchaba en un barco de papel hacia lo desconocido, al son del Amigos para siempre, diciendo adiós a Barcelona y dando el relevo a una Atlanta que tenía mucho trabajo por hacer si quería superar a España.

    Mañana, Dios mediante, y si las condiciones metereológicas no lo impiden, el siguiente capítulo: Atlanta 1996, mis primeros Juegos.
    July 14

    SANGRE Y LEYENDAS

    "Hevre tistalku!"
     
    La sangre, tan presente en México 68, también hizo su aparición en la Olimpiada de Múnich 1972, cuyo nombre pretendía ser el de 'Los Juegos Felices'. Por desgracia para todos, la alegría desapareció por completo el 5 de septiembre. Aquel día, un grupo de terroristas palestinos, denominado Septiembre Negro, entró en la Villa Olímpica de madrugada, ayudado sin querer por unos atletas estadounidenses que creían que ellos también eran deportistas recogiéndose tras una noche de fiesta. Los islamistas entraron por la fuerza en las habitaciones de la expedición de Israel, mataron a dos de sus integrantes y raptaron a otros nueve.
     
    Septiembre Negro exigía la liberación de 234 palestinos encerrados en cárceles isralíes, y la de otros dos presos en Alemania, para dejar escapar a sus rehenes. El país hebreo se negó a negociar, y la R.F.A. se vio obligada a planear un rescate, con el agravante de que su policía no había sido entrenada para lidiar con terroristas. Y esa inexperiencia pasó factura. En el aeropuerto de Múnich, cinco "francotiradores" trataron de emboscar a los secuestradores, pero lo único que lograron fue un fuego cruzado que se saldó con todos los rehenes israelíes, salvo tres, y cinco islamistas muertos. Una auténtica masacre por la que el gobierno alemán recibió críticas muy duras, y también el mismo COI, que no sólo no suspendió los Juegos (nada más que un día de luto), sino que, además, en el acto de homenaje a las víctimas, su presidente, Avery Brundage, les mencionó únicamente de pasada.
     
    Sin embargo, y pese al enorme dolor y las retiradas de Israel y Egipto (temerosa de represalias), los Juegos tenían que seguir. Brundage no estaba dispuesto a que el espíritu olímpico se dejara derrotar por el terror, y todavía menos cuando, en la piscina, ya había nacido una de las figuras más épicas de la historia olímpica moderna: Mark Spitz. El nadador estadounidense, que ya conquistó dos oros, una plata y un bronce en México, deslumbró al mundo entero con siete victorias en Múnich, una gesta que todavía nadie ha igualado, batiendo en cada final su récord del mundo respectivo. El norteamericano se convirtió así en el tercer deportista en alcanzar las nueve preseas doradas, junto a dos leyendas como Paavo Nurmi y Larisa Latynina, y su bigote se convirtió en un icono para la época. De hecho, se retiró, con sólo 22 años, para dedicarse al cine y la televisión (se llegó a especular con que sería el nuevo James Bond). Lamentablemente para él, nunca fue tan buen actor como nadador, perdiendo una oportunidad única de ser el más laureado en los Juegos.
     
    Esta fue, prácticamente, la única alegría que se llevaron los Estados Unidos en Múnich. No en vano, no sólo la Unión Soviética les volvió a derrotar en el medallero (99 metales por 94), sino que, para colmo, tuvieron lugar varios sucesos lamentables para la expedición 'yankee'. Especialmente humillante y polémica fue la derrota frente a la URSS en la final de baloncesto. Los americanos, merced a dos tiros libres, ganaban por uno (50-49) a falta de tres segundos para el final, y el balón era eslavo. Los soviéticos sacaron rápido, quedaba 0:01 en el electrónico y los árbitros pararon la contienda. El técnico ruso, Vladimir Kondrashkin, empezó a quejarse airadamente de que había pedido tiempo muerto antes de los lanzamientos de castigo, y no se lo habían concedido. La URSS gozó de una nueva posesión, falló su ataque y los Estados Unidos se vieron vencedores... Sin embargo, uno de los colegiados exigió que se repitiera otra vez la jugada, puesto que el cronómetro no había sido ajustado en tres segundos, sino en menos. La Unión Soviética sacó en largo, el balón lo recibió Sasha Belov y este, tras un amago, anotó la canasta del triunfo eslavo (50-51). Los 'yankees' reclamaron ante la FIBA, pero esta desestimó sus alegaciones, por lo que, en señal de protesta, no recogieron (ni lo han hecho todavía) sus medallas de plata.
     
    Y en atletismo las cosas no mejoraron. El ucraniano Valeri Borzov batió a sus velocistas en las finales de 100 y 200 metros, mientras que, en la entrega de medallas de los 400, Vincent Matthews y Wayne Collett, oro y plata respectivos, empezaron a hacer bromas y no tomarse en serio la ceremonia. Ese gesto les costó ser sancionados de por vida a no asistir a los Juegos, al igual que había pasado con Tommie Smith y John Carlos, los protagonistas del Saludo del Poder Negro en México 1968. Eso sí, la URSS también tuvo sus espinas, especialmente en gimnasia, donde Japón siguió mandando merced a uno de los mejores deportistas de toda su historia, Sawao Kato, que sumó tres oros y dos platas a las tres preseas doradas y el bronce conquistados cuatro años antes en tierras mexicanas. España, por su parte, también tuvo a su héroe, el púgil Enrique Rodríguez, que se hizo con el bronce en la categoría de -48 kilos, si bien aquel fue el año del oro de Paco Fernández Ochoa en los Juegos de Invierno de Sapporo.
     
    Y en Montreal 76, las tornas no cambiaron para los Estados Unidos, que no sólo fue superada por su gran rival, sino también por la R.D.A., que arrasó en categoría femenina tanto en atletismo como en natación. En la piscina, su dominio fue prácticamente insultante, con 11 oros de 13 posibles, de la mano de Kornelia Ender, Petra Thümer y Ulriche Richter; en la pista, los lanzamientos y los saltos tuvieron un claro color germano-oriental, así como el pentatlón (las alemanas coparon las tres medallas) y la velocidad. Este misterioso éxito estaba fundamentado en que los entrenadores de estas chicas les suministraron inyecciones de testosterona para aumentar su rendimiento. Este fue el primer gran caso de dopaje de la historia de los Juegos, que sufrieron en Canadá su segundo boicot (de la manos de 28 países africanos) y una deuda económica tan grande que se estuvo pagando hasta 2006.
     
    Afortunadamente, la imagen de Montreal no sería la de las alemanas dopadas, sino la de una niña de 14 años que asombró al mundo entero con unos ejercicios de gimnasia perfectos. La leyenda de Spitz daba paso a la de Nadia Comaneci. Pese a su delicado aspecto, la rumana dio una lección magistral, conquistando no sólo tres medallas de oro (incluída la del concurso individual), una plata y un bronce, sino también siete dieces, una puntuación que jamás se había obtenido en una competición gimnástica olímpica (ella ya lo había conseguido anteriormente en 19 ocasiones). Su ejercicio en barras paralelas levantó, de hecho, a todo el público que fue a ver a la 'Reina de Montreal', cuya perfección superó hasta a la técnica. Y es que los marcadores no estaban preparados para dar dieces, así que sus puntuaciones, en vez de ser de 10.0, tenían que ser de 1.00. Su brillantez incluso restó protagonismo a los cuatro oros que ganó el ruso Nikolai Andrianov, o la victoria japonesa en el concurso por equipos gracias al sacrificio de Shun Fujimoto, que compitió con una rodilla rota.
     
    Hasta en España la figura de Comaneci ensombreció las dos platas logradas por el K4 masculino (José María Esteban, José Ramón López, Herminio Menéndez y Luis Gregorio Ramos) en la distancia de 1000 metros, y Antonio Gorostegui y Pedro Lluis Millet en la clase 470 de vela, la segunda mejor cosecha de la historia, que marcaría el comienzo de la Era de Plata del deporte hispano. No en vano, en Moscú 1980, se lograron seis metales, destacando el oro conquistado por Alejandro Abascal García y Miguel Noguer Castellvi en vela (también en 470), el segundo tras el de Amezola y Villota en París 1900; las platas de Jordi Llopart en 50 kilómetros marcha (la primera en atletismo) y el equipo de hockey hierba masculino; el bronce de David López-Zubero en 100 metros mariposa; y la plata y el bronce cosechados por Herminio Menéndez en piragüismo, convirtiéndose así en el deportista olímpico más laureado de España.
     
    No obstante, hay que reconocer que este éxito hispano se debió, en buena medida, al gigantesco boicot que sufrieron los Juegos de Moscú, con más de 50 países ausentes encabezados por unos Estados Unidos que protestaban así por la invasión soviética de Afganistán. Lógicamente, esto permitió a naciones como Irlanda, Rumanía o la misma España duplicar o triplicar sus mejores resultados históricos. Eso sí, Italia, Francia, Holanda o el Reino Unido compitieron bajo bandera e himno olímpicos, que sonaron, por ejemplo, en los triunfos de Sebastian Coe en 1500 metros; Allan Wells en 100 metros (el primer británico que ganaba esta prueba desde 1924); Pietro Mennea en 200 metros; Sara Simeoni en altura (récord olímpico inclusive); o el equipo australiano de natación (siete medallas en la piscina, con dos oros). También España se sumó a esta iniciativa, no así una Rumanía que vería cómo Nadia Comaneci conquistaba otros dos oros y platas en las pistas moscovitas.
     
    Su ausencia se dejó sentir notablemente en Los Ángeles 1984, al igual que la de la Unión Soviética, la R.D.A., Cuba y, en definitiva, todos los países del Telón de Acero, que devolvieron así la jugarreta de 1980 a los 'yankees'. Como es normal, eso volvió a beneficiar a muchos países, entre ellos una España que se tuvo que conformar esta vez con cinco metales, si bien dos de ellos tuvieron especial importancia: el oro de Luis Doreste y Roberto Molina en 470 y, por supuesto, la plata conseguida por el equipo masculino de baloncesto, considerado el mejor de la historia hasta 2006, con clásicos como Epi, Fernando Martín, Corbalán, Romay, Iturriaga, Andrés Jiménez... Un hito, sobre todo, porque sólo se perdió ante los Estados Unidos de Michael Jordan, Chris Mullin y Pat Ewing, derrotando en una espectacular semifinal a la todopoderosa Yugoslavia de Drazen Petrovic (74-61) pese a ir perdiendo al descanso 35-40. Completaron el medallero hispano Fernando Climent Huerta y Luis María Lasúrtegui (plata en dos sin timonel -remo-), José Manuel Abascal (bronce en 1.500 metros -atletismo-) y Enrique Míguez Gómez y Narciso Suárez (bronce en K2 500 metros -piragua-).
     
    Aquel boicot, aun así, se quedó en mera anécdota gracias a una nueva leyenda del deporte: Carl Lewis. El estadounidense igualó el récord de cuatro oros olímpicos de su compatriota Jesse Owens (Berlín 1936), al imponerse en los 100 y 200 metros, el 4x100 y la longitud, siendo el auténtico rey de la pista angelina. Cuatro años después, en Seúl 1988, también se convertiría en protagonista, aunque por razones bien distintas. En la final de los 100 metros, el canadiense Ben Johnson le superó con tanta claridad que este no dudó en apuntar al cielo con su dedo, indicando que él era el número uno, y no Lewis. Sin embargo, la alegría le duró poco, ya que más tarde se demostró que Johnson había consumido sustancias dopantes (estanozonol), retirándosele un oro que se le entregaría al propio Carl Lewis, que también revalidaría en Corea su título olímpico de longitud.
     
    Amén de Lewis, estos Juegos tuvieron un claro protagonismo femenino. No fue para menos. En Los Ángeles, por primera vez en la historia, las mujeres pudieron correr la maratón, en la que se impuso la local Joan Benoit, si bien la imagen de aquella prueba la protagonizó la suiza Gabi Andersen-Schiess, que tardó cinco minutos en completar la última vuelta al estadio, completamente exhausta y sofocada. Más alegre fue la imagen de Nawal El Moutawakel, la primera mujer de un país islámico y primer marroquí en ganar una medalla de oro, concretamente la de 400 metros vallas. En gimnasia, Mary Lou Retton desafió el dominio oriental y se hizo con la victoria en el concurso individual, mientras que Rumanía, que no se había sumado al boicot, conquistaba nueve preseas (cinco doradas), incluído una plata en gimnasia rítmica, incorporada este año al programa olímpico junto a la natación sincronizada. De hecho, los rumanos fueron segundos del medallero, con 53 metales, muy lejos de los Estados Unidos (174).
     
    En Seúl 88, de nuevo hubo boicot, aunque esta vez poco significativo (sólo se ausentaron Corea del Norte, Cuba, Etiopía y Nicaragua), por lo que la vieja rivalidad entre los Estados Unidos y la Unión Soviética volvió a estar presente. Y, una vez más, tanto la URSS como la R.D.A. pasaron por encima de los norteamericanos, rebasando la barrera del centenar de metales (por los 94 'yankees'). Nuevamente, el baloncesto fue la gran lacra estadounidense, perdiendo en semifinales contra un combinado soviético que se haría con el oro y que presentaba un marcado acento lituano: Sabonis, Kurtinaitis, Chomicius, Marciulionis... Yugoslavia, con Petrovic, Kukoc, Paspalj o Radja, alcanzó la plata que se le resistió en Los Ángeles.
     
    La gimnasia volvería a ser el pilar del éxito de la URSS, con 21 metales, brillando en especial el oro que obtuvo en el concurso individual Yelena Shushunova, quien protagonizó un mano a mano espectacular con la rumana Daniela Silivas, a la postre subcampeona olímpica. Ambas igualarían la marca de siete dieces de Comaneci, y entre las dos, alcanzarían la friolera de diez preseas. Por su parte, Vladimir Artemov, con cuatro oros, lideró al equipo masculino, que se haría con seis preseas doradas, copando los tres cajones del podio en el concurso individual. Justo lo que hicieron los Estados Unidos en la prueba de 400 metros lisos, con Steve Lewis, Butch Reynolds y Danny Everett.
     
    Sin embargo, la URSS sí que supo oponerse a su rival en atletismo, y le igualó en metales (26 cada uno), si bien los 'yankees' cosecharon tres oros más, justo los que ganó la mítica Florence Griffith en 100, 200 y el 4x100, si bien la estadounidense destacaba más por sus uñas postizas y sus maquillajes que por su velocidad (que no era poca). Tampoco era lenta la alemana Christa Luding, que se convirtió en Seúl en la primera deportista que lograba medallas tanto en Juegos de Invierno (cuatro metales en carreras de patinaje) como de Verano (plata en ciclismo en pista, en la prueba de sprint). Otra germana, Steffi Graff, sumaría el oro olímpico a los cuatro Grand Slam que había ganado ya ese año, al batir a la argentina Gabriela Sabatini en el regreso del tenis al programa olímpico.
     
    Precisamente en este deporte llegaría una de las pocas alegrías españolas en Corea, la plata lograda por Emilio Sánchez-Vicario y Sergio Casal, tras caer en la final ante los estadounidenses Ken Flach y Robert Seguso. España, de hecho, sólo se haría con tres metales más, los bronces de Sergio López (200 metros braza -natación-) y Jorge Guardiola (skeet -tiro-) y, sobre todo, el oro de José Luis Doreste en clase Finn, tercera victoria consecutiva hispana en vela y cuarto metal seguido en unos Juegos en dicha disciplina. Un balance, por tanto, muy pobre, si bien, cuatro años más tarde, todo esto cambiaría radicalmente.
     
    Mañana, tras suspender el práctico (XD), el siguiente capítulo: Barcelona marca el camino.
    July 13

    LA GUERRA OLÍMPICA

    "Que los Juegos sea n la cálida llama de la esperanza para un mejor entendimiento del mundo"
     
    La II Guerra Mundial había devastado el mundo entero. Europa, África, Asia... Prácticamente todos los países del planeta tenían que llorar a sus muertos y reconstruir sus ciudades. Un contexto, sin lugar a dudas, nada idóneo para rescatar los Juegos Olímpicos. Sin embargo, el COI no estaba dispuesto a que el sueño de Coubertin fuese otra de las víctimas del conflicto, así que en 1945, mientras que Japón tenía que rendirse ante la maquinaria atómica de los EE.UU., el Comité otorgaba la organización de la Olimpiada de 1948 a Londres, que albergaría los denominados 'Juegos de la Austeridad'.
     
    La razón era más que obvia. No había dinero para construir un Estadio Olímpico, como 40 años antes, ni ninguna otra infraestructura; la pista de atletismo se hizo con ceniza; los atletas durmieron en barracones que, durante la II GM, habían sido utilizados por los soldados; y ni una sola marca se batió, ya que algunos de los mejores deportistas habían muerto durante la contienda, o no habían podido entrenarse como es debido. Aun así, se batió el récord de naciones participantes (59), con regreso de España incluído, y hasta 85.000 personas asistieron al último día de los Juegos.
     
    Pese a que no hubo un Nurmi o un Weissmuller, esta Olimpiada de Londres dejó algunos nombres para el recuerdo, como el de la holandesa Fanny Blankers-Koen, una ama de casa que se llevó a su hogar cuatro oros en atletismo (100, 200, 80 metros vallas y el 4x100); la francesa Micheline Ostermeyer, que se impuso en los concursos de peso y disco; el equipo estadounidense de natación, que se adjudicó 15 preseas (8 de ellas doradas); el equipo de fútbol de Corea, quien alcanzó, en su primera participación, los cuartos de final, cayendo frente a Suecia, a la postre campeona olímpica; y el de hockey hierba de la India, que conquistó su cuarto entorchado consecutivo en este deporte, esta vez como nación independiente. España, por su parte, regresaba a los Juegos por la puerta grande, al sumar una plata más a su palmarés, la lograda por Jaime García, José Navarro y Marcelino Gavilán en Hípica (saltos).
     
    Los Estados Unidos, por supuesto, dominaron con rotundidad el medallero (84 metales), pero su hegemonía iba a verse, al fin, disputada. Y es que, en Helsinki 1952, surgiría el mayor rival que jamás han tenido en toda la historia de los Juegos: la Unión Soviética. La Guerra Fría no sólo se había extendido a la economía, la política internacional o la carrera espacial, sino también al deporte. Americanos y soviéticos estaban obsesionados con derrotarse en cualquier lugar, y los Juegos se convirtieron en un campo de batalla más para las dos grandes superpotencias. De hecho, en Finlandia, la URSS estuvo muy cerca de arrebatarle el primer puesto a los 'yankees', que se impusieron por únicamente cuatro medallas de diferencia.
     
    Y muy pronto demostraron los soviéticos su potencial. En gimnasia, su equipo logró la friolera de 22 preseas, de 46 que se disputaban, siendo nueve de ellas de oro. Maria Gorokhovskaya, Nina Bocharova, Ekaterina Kalinchuk y Viktor Chukarin lideraron a los eslavos en esta espectacular exhibición en artística, que, aun así, no se repitió en otros deportes, dado que sus escuelas estaban empezando ahora a producir competidores de elite. Los estadounidenses se aprovecharon de su mayor tradición y se impusieron en atletismo y natación, si bien la URSS ya había lanzado su primer aviso. Asimismo, Helsinki sirvió para encumbrar a dos atletas que ya habían dado buenas muestras de su talento en Londres: Emil Zatopek, oro en 10.000 y plata en 5.000 en tierras inglesas, se proclamó en Finlandia campeón olímpico en 10.000, 5.000 y la maratón; y Bob Mathias, que se convirtió, con 21 años, en el primer atleta en revalidar su título en decatlón. También brilló la Hungría de Ferenc Puskas en fútbol, sucediendo a Suecia como campeona olímpica. España, por cierto, sumaría aquí una plata más, de la mano de Ángel León en Pistola 50 metros.
     
    Sin embargo, no fue hasta Melbourne 1956 cuándo los Estados Unidos se dieron cuenta de que los soviéticos acudían a los Juegos muy en serio. No en vano, en la cita australiana los eslavos alcanzaron la primera plaza del medallero, con 98 metales, 24 más que los 'yankees'. De esta manera, comenzaba el reinado de la URSS en los Juegos Olímpicos, dominando tanto en esta cita, como en Roma 1960 y Tokio 1964. Tendrían que pasar 16 años, en México 1968, para que los americanos recuperasen la corona. ¿Razones del éxito comunista? Sus soberbias exhibiciones en gimnasia, con 68 medallas y una grandísima figura en sus filas, posiblemente la mejor gimnasta de la historia tras Nadia Comaneci: Larisa Latynina, que sumó entre 1956 y 1964 18 metales (la mitad oros), un récord individual que nadie ha batido hasta la fecha en ningún deporte; en los lanzamientos (jabalina, peso, disco, martillo), donde conquistaron 10 títulos olímpicos; y en halterofilia y lucha, con 12 oros respectivos.
     
    También le hizo mucho daño a Estados Unidos el empuje de Australia en natación, uno de sus feudos particulares en los Juegos. El equipo oceánico mandó con claridad en Melbourne, y cuatro años después, en Roma, fue la única capaz de hacer sombra a los 'yankees', merced a sus velocistas: John Devitt (dos oros, una plata y un bronce), Murray Rose (4-1-1), David Theile (2-1) y, sobre todo, Dawn Fraser (4-4, incluídos los Juegos de Tokio). EE.UU. tuvo que recurrir a sus mujeres para evitar una humillación en el agua, con Chris von Saltza (3-1) a la cabeza. Las preseas en atletismo, para colmo, empezaron a estar más repartidas. En Melbourne 56, los 'yankess' obtuvieron el 31 por ciento de los metales; en Roma 60, sólo el 25; y en Tokio 64, el 22. Alemania, Polonia y la misma Unión Soviética se convirtieron en auténticos 'incordios' para un equipo americano acostumbrado a arrasar.
     
    En México 68, todo cambió por completo. La hornada australiana de 1956 en natación fue poco a poco desapareciendo, y los Estados Unidos recuperaron su hegemonía en atletismo, sumando, entre estos dos 'Grandes' deportes de los Juegos, 80 de las 107 medallas que lograron en tierras mexicanas. La vela, el boxeo, los saltos en trampolín, el tiro, la hípica, el baloncesto (octavo oro consecutivo en esta disciplina), el remo y la lucha completaron su palmarés, con el que tan sólo pudo rivalizar la Unión Soviética, a quien le costó mantener su reinado en gimnasia por culpa de Japón, que obtuvo un oro más que el país comunista tanto en Tokio 1964 como en México 68 (y que dominaría hasta 1976). La checoslovaca Vera Caslavska, doble campeona olímpica en concurso individual, también fue una auténtica pesadilla para las soviéticas, que no pudieron hacer olvidar a Larisa Latynina.
     
    La rivalidad EE.UU.-URSS no restó, aun así, protagonismo a muchas de las grandes historias que se escribieron desde 1956 hasta 1968. Por ejemplo, en Melbourne tuvo lugar el primer boicot olímpico, con Egipto, Líbano e Irak ausentes por la crisis del Canal de Suez; China, por la participación de Taipei; y España, Holanda y Suiza, por la invasión soviética de Hungría. Precisamente, este episodio histórico se trasladó hasta las piscinas de Melbourne, concretamente a la competición de waterpolo. La URSS y Hungría se enfrentaron en un partido que pasó a la posteridad como el 'Choque Sangriento', con patadas, puñetazos e insultos de los magiares para desconcentrar a unos rusos que entraron a trapo y respondieron con más violencia. De hecho, a falta de un minuto para el final y con 4-0 a favor de Hungría, el eslavo Prokopov golpeó con tanta fuerza a la estrella centroeuropea, Zador, que éste se tuvo que marchar de la piscina por estar sangrando. Los árbitros y la policía tuvieron que desalojar el recinto y poner fin al partido para evitar una batalla campal entre el público y los jugadores soviéticos. Este hecho fue recogido en un documental llamado La Furia de la Libertad, producido por Quentin Tarantino y Lucy Liu.
     
    Aun así, a los de Melbourne se los conoció como los Juegos Amistosos (Irónico, ¿verdad?), sobre todo gracias a la iniciativa de un joven australiano, John Wing, que solicitó que todos los atletas marcharan juntos en la ceremonia de clausura, sin banderas que los separasen. "Durante los Juegos sólo habrá una nación. La guerra, la política y las nacionalidades deben olvidarse. ¿Quién no querría que el mundo entero fuese una nación". Estas palabras fueron escuchadas y, efectivamente, no hubo ningún emblema nacional en la despedida de estos Juegos, una tradición que hoy día se mantiene y se respeta.
     
    En Roma 60, la imagen que pasó a la historia fue mucho más amable. Un desconocido etíope participaba en la maratón descalzo porque Adidas no tenía zapatillas de su pie. ¿Su nombre? Abebe Bikila. El africano, pese a correr sin ni siquiera calcetines (lo que, para él, era habitual, puesto que se entrenaba de esa guisa), no tuvo problemas para imponerse en la gran prueba olímpica tanto en Roma, como, cuatro después, en Tokio. No obstante, fue su gesta en Italia la que le llevó a la fama y la gloria, asegurando él mismo en la meta que, si había corrido descalzo, "era para que el mundo supiera que en mi país, Etiopía, siempre gana con determinación y heroismo". En 1968, Bikila también participó en la maratón, pero una lesión de rodilla le impidió cosechar su tercer oro consecutivo. Brillante también fue la victoria de Rafer Johnson, en decatlón, sobre su amigo íntimo de la Universidad de UCLA, el taiwanés Yang Chuan-Kwang. El único lunar fue la muerte del ciclista danés Knud Enemark por uso de anfetamínas, siendo este el segundo fallecimiento de la historia de los Juegos.
     
    En este sentido, mucho tuvo que envidiar México a Roma. No en vano, diez días antes de que comenzasen los Juegos, el 2 de octubre, 300 estudiantes fueron asesinados por la policía y el ejército en la Plaza de las Tres Culturas mientras se manifestaban. La conocida como masacre de Tlatelolco estuvo a punto de costarle al país centroamericano los Juegos Olímpicos, si bien el COI señaló que aquello fue un incidente interno del país y que, por tanto, no debía ser excusa para adoptar una medida tan severa. El pueblo mexicano, de hecho, se comprometió a respetar la Tregua Olímpica, y ni una sola manifestación tuvo lugar durante esta Olimpiada, lo que, aun así, no la libró de la polémica. Y es que México pasará a la historia como los Juegos del Black Power, debido a los gestos de Tommie Smith y John Carlos de alzar el puño con un guante negro durante la entrega de medallas de los 200 metros lisos.
     
    Dicha acción, con la que pretendían protestar por la segregación racial existente en los Estados Unidos, les valió ser expulsados de la Villa Olímpica, no encontrar trabajo durante años en su país, el suicidio de la mujer de John Carlos y el divorcio de Tommie Smith. Sin embargo, aquel gesto sensibilizó a la sociedad norteamericana y, especialmente, a los deportistas negros, que llegaron a amenazar incluso con no participar en los Juegos por lo que le habían hecho a Smith y Carlos. También protestó, aunque por una razón bien diferente, la laureada Vera Caslavska, que despreció al himno soviético por la invasión de la URSS a Checoslovaquia. Si bien su gesto sí fue aplaudido, ella estuvo retenida en su país durante años, impidiéndosele competir nunca más.
     
    Y la tensión no bajaría en Múnich 72... Por cierto, España, en los 60, tan sólo pudo ganar una medalla más, el bronce conseguido por el equipo masculino de hockey hierba en Roma 1960. Los hispanos, con los Dualde como goleadores, dieron la sorpresa al batir en la final de consolación al Reino Unido por 2-1, terminando el torneo olímpico con tres victorias, un empate y una única derrota en su haber, esta última ante Pakistán, que por fin rompería el dominio de la India en este deporte. En México 68, aun así, se cosecharon un oro y dos platas en tenis gracias a Manolo Santana y Manuel Orantes. Por desgracia, el deporte de la raqueta sólo estaba considerado de exhibición, por lo que ninguna de esas tres preseas está admitida como oficial.
     
    En breve, el siguiente capítulo: Sangre y Leyendas.
    July 11

    NURMI DOBLEGA AL MUNDO; OWENS, A HITLER

    "Una oportunidad es todo lo que necesitas"
     
    Londres supuso un verdadero punto de inflexión en la historia olímpica. No en vano, el caos y los problemas que acompañaron a los Juegos de París y San Luis nunca volvieron a surgir, dando paso a una serie de Olimpiadas para el recuerdo. La primera, la de Estocolmo 1912, que siguió fielmente la línea marcada cuatro años antes por la capital británica. Se volvió a construir un Estadio para la ocasión y se introdujeron varias innovaciones, como el cronómetro electrónico, la foto finish o el izado de las banderas de los campeones. Eso sí, esta vez no hubo deportes de invierno en el programa, puesto que Suecia quería promocionar los Juegos Nórdicos, también tetranuales.
     
    En su lugar, se estableció un concurso de arte, que incluía escultura, pintura, diseño urbanístico, música y literatura, adjudicándose el oro en esta última especialidad el propio Barón de Coubertin. Y esta no fue la única curiosidad de la cita sueca. De hecho, hubo un atleta cuya historia en esta Olimpiada se trasladó al cine de la mano de Burt Lancaster en la película All American: Jim Thorpe, también conocido como Wha-Tho-Huk o Sendero Brillante (era de ascendencia Sauk). Este atleta se impuso con claridad en las pruebas de decatlón y pentatlón moderno, pero el COI le arrebató sus dos oros debido a que él era jugador profesional de béisbol, y en los Juegos sólo se admitían amateurs (salvo en esgrima). Thorpe peleó toda su vida para que le restituyeran sus metales, ganados legítimamente y que ninguno de sus rivales en Estocolmo llegó a aceptar. Tuvo que ser en 1984, en los Juegos de Los Ángeles, cuando sus hijos, a título póstumo, recuperaran lo que era suyo. Por cierto, en ese mismo pentatlón, quedó en quinta posición un joven estadounidense que dio mucho que hablar en el futuro: George S. Patton.
     
    Otros dos titanes también dieron que hablar en Estocolmo. El ruso Klein y el finlandés Asikainen, en semifinales de lucha grecorromana, llegaron a estar combatiendo 11 horas seguidas. Klein acabó derrotando a Asikainen, que se tendría que conformar con el bronce, mientras que el eslavo perdería la final con el local Claes Johansson, víctima del lógico agotamiento. Esa, precisamente, fue la responsable de la muerte de Francisco Lázaro, un atleta portugués que falleció durante la maratón, prueba que los suecos, sin éxito, intentaron eliminar (como sí lograron con el boxeo). En esa misma disciplina, se temió que hubiese corrido la misma suerte el japonés Shizo Kanakuri, que desapareció misteriosamente y no se supo más de él hasta 1966, merced a la una ardua labor de investigación de la Televisión Sueca. Kanakuri aseguró que, tras beber un poco de agua, se vio incapaz de seguir y abandonó, sin avisar a la organización. 
     
    Suecia, de la mano de Ernie Hjertberg, alcanzó las 65 medallas (máxima cifra de estos Juegos), aunque los Estados Unidos volvieron a recuperar su hegemonía en el medallero merced a sus 25 preseas doradas. Y, tras el parón por la I Guerra Mundial, las tornas no cambiaron: en Amberes 1920, Suecia fue segunda (64) y EE.UU., primera (95). La localidad belga, al igual que sucedió en su día con Londres, no fue la primera elección para esos Juegos, sino Budapest, pero la sanción que se impuso a todos los países perdedores de la 'Gran Guerra' le hizo perder (valga la redundancia) la oportunidad de albergar la cita olímpica.
     
    En Bélgica, precisamente, España escribiría una de sus páginas más doradas en los Juegos hasta Barcelona, al cosechar dos platas. La primera en polo, de la mano de Justo de San Miguel, Álvaro y José de Figueroa y el sevillano Leopoldo de la Maza (el primer andaluz que competía en unos Juegos) tras caer en la final ante el Reino Unido por un ajustado 11-13. La segunda presea cayó en otro deporte de equipo, el fútbol, si bien la historia de esta plata es mucho más rocambolesca. España, con leyendas como Zamora, Samitier o Rafael Moreno 'Pichichi', no pudo en cuartos de final con la escuadra belga, que nos destrozó con tres goles de Coppee. La final entre los locales y Checoslovaquia se decantó a favor de los primeros, con, según los centroeuropeos, claras ayudas arbitrales, lo que propició su descalificación. Se organizó un segundo torneo para que se disputase la plata, del que se cayó Francia, que ya se había marchado a casa, dejando su plaza a España, quien no desaprovechó el regalo: 2-1 a Suecia, 2-0 a Italia y 3-1 a Holanda para adjudicarse el tercer metal hispano de la historia.
     
    Sin embargo, el nombre propio en Amberes no tuvo acento español, sino finés. Un desconocido atleta de 23 años llegaba del país nórdico para iniciar su camino hacia la leyenda. Se llamaba Paavo Nurmi, y en Bélgica hizo frente al poderío estadounidense en atletismo, conquistando tres oros (10.000 metros, cross individual y por equipos) y una plata. Sólo era el comienzo de su historia, no como la del sueco Oscar Gomer Swahn, quien puso fin en Amberes a una carrera deportiva gloriosa: tres oros, una plata y dos bronces en Londres, Estocolmo y Bélgica, con 60, 64 y 72 años, respectivamente. Nadie de más edad ha logrado todavía igualar su gesta. En el agua, otra figura brillaba, la del hawaiano Duke Kahanamoku, más conocido como 'El Gran Kahuna' (efectivamente, el impulsor del surf), quien revalidó el título de 100 metros libres que obtuvo en 1912 en Suecia.
     
    Pese a todo, Nurmi era el futuro, la estrella que iba a deslumbrar al mundo entero en los Juegos Olímpicos de París 24 y Amsterdam 28. No en vano, 'El Finés Volador' conquistó en sendas citas seis oros y dos platas, siendo, en la actualidad, el tercer deportista más laureado de la historia, únicamente por detrás de los gimnastas soviéticos Larissa Latynina y Nikolai Andrianov. Sus victorias pusieron en pie a todo París y llevaron a Finlandia al segundo lugar del medallero en la capital gala, la cual se resarció de lo ocurrido en 1900 con unos brillantes Juegos, en los que hasta se construyó la primera Villa Olímpica. Allí también nació el lema 'Citius, Altius, Fortius', y terminó la carrera del Barón de Coubertin, que se pudo retirar con orgullo al ver que su creación ya estaba plenamente consolidada en el mundo.
     
    Amsterdam, con Coubertin ausente por enfermedad, vio consolidarse a Nurmi como el mito del atletismo que es, al cosechar el finés en su prueba predilecta, los 10.000 metros, el noveno oro de su carrera. Y último. Nurmi tuvo que recibir fondos para acudir a Los Ángeles 32, y el COI estimó que esa financiación externa era de profesionales, así que le impidieron participar y aumentar así su palmarés. Tampoco estuvo en la cita angelina otra estrella de los años 20 en los Juegos: Johnny Weissmuller. Hasta cinco preseas doradas (y un bronce) llegó a cosechar este espléndido nadador, quien se retiró del deporte para hacer cine, más concretamente para interpretar a Tarzán.
     
    En Holanda también se pudo ver, por primera vez, a las mujeres competir en atletismo y gimnasia (pese a las reticencias de Coubertin y el Papa Pío XI), siendo la polaca Halina Konopacka la primera atleta campeona olímpica; surgieron las tradiciones del encendido de la antorcha, y de Grecia desfilando a la cabeza en la ceremonia de inauguración; Luigina Giavotti se convertía, con sus 11 años y 302 días, en la deportista más joven que jamás haya ganado un metal en la historia de los Juegos; la India ganaba el primero de los seis oros consecutivos que conquistaría en hockey hierba...Y España ganaba la segunda presea dorada de su historia, de la mano de José Álvarez, Julio García y José Navarro en hípica, en el Gran Premio de las Naciones de Saltos, batiendo a Polonia y Suecia.
     
    También hubo metal español en Los Ángeles 1932, esta vez un bronce, logrado por Santiago Amat en vela, en la clase monotipo. Con este metal se puso fin a una buena trayectoria de España en los Juegos, no tanto por nuestro nivel deportivo, sino por los acontecimientos: la Guerra Civil, la II Guerra Mundial, el aislamiento a la dictadura hispana... Por otro lado, sin Nurmi ni Weissmuller, la cita de Los Ángeles careció de verdaderas estrellas, con dos honrosas excepciones: el equipo de hockey hindú y el japonés masculino de natación, haciéndose este último con cinco de los seis oros en liza. Otro nipón, Takeichi Nishi, se alzó con el único oro en equitación de toda la historia del país del Sol Naciente. Nishi, desafortunadamente, moriría defendiendo Iwo Jima en 1945.
     
    Mucha más chicha tuvo la siguiente cita: Berlín 1936, la antesala de la II Guerra Mundial. El gobierno de Adolf Hitler se encontró, al lograr el poder en Alemania, con un regalo muy jugoso, unos Juegos Olímpicos que el dirigente germano, junto a Goebbels, esperaba convertir en un escaparate de la superioridad de la raza aria, tal como el Tercer Reich pregonaba. Pero un chaval de 23 años le demostró todo lo contrario. ¿Su nombre? Jesse Owens. El afroamericano se impuso con una claridad abrumadora a los atletas alemanes en 100 y 200 metros, el relevo 4x100 y longitud. La célebre Leni Riefensthal, encargada de filmar esta teórica exhibición aria, dejó para la posteridad la imagen de un negro enmudeciendo a Hitler y todos los defensores de las (absurdas) teorías del Führer. Un anticipo de lo que ocurriría años más tarde. Irónicamente, como narra el mismo atleta en sus memorias, Roosevelt no se molestó en felicitarle, a diferencia de muchos aficionados alemanes, el propio gobierno nazi y su máximo rival, Luz Long.
     
    Hitler, de todas maneras, quedó bastante satisfecho con la labor de sus deportistas, quienes conquistaron 89 metales, 33 más que el segundo en el medallero, los Estados Unidos. Eso sí, amén de los triunfos de Owens, los nazis vieron cómo otro negro, Cornelius Johnson, se imponía en altura; Perú derrotaba con claridad a Austria en fútbol (4-2), un resultado que el mismo Führer se encargaría de "cambiar" para beneficiar a su país de origen; la India humillaba a Alemania (8-1) en hockey, si bien el regimen germano se encargo de señalar que los hindúes eran indo-arios y, por tanto, era una derrota sin importancia; y, en equitación, los locales arrasaban en todas las pruebas, aunque el escándalo de la exclusión de la jinete Gretel Bergmann por ser judía emborronó dichos éxitos.
     
    La II Guerra Mundial puso un nuevo punto y aparte al espíritu olímpico, que regresó con todavía más fuerza tras el mayor conflicto bélico del siglo XX. Y nuevamente sería Londres la encargada de dar el pistoletazo a la mayor rivalidad que estos Juegos han presenciado: la de EE.UU. contra la Unión Soviética.
     
    En breve, el siguiente capítulo: La Guerra Olímpica.

    LONDRES SALVA A LOS JUEGOS

    "No encuentres la falta, encuentra el remedio"
     
    El espíritu olímpico ya estaba vivo de nuevo, pero aún quedaba el paso más importante: consolidarlo. Para ello, los Juegos de 1900 se auguraban fundamentales; de ahí que el COI decidiera llevarse el evento de Grecia (donde los apuros económicos habían estado a la orden del día) a París. Dicha decisión se fundamentaba en que la capital gala acogía ese año la Exposición Universal, la cual podría servir de trampolín, de escaparate, para dar a conocer aún más la Olimpiada. De hecho, tras Atenas 96, muchos países confirmaron su presencia en los siguientes Juegos, como Irlanda, Rusia, Australia, Estados Unidos...
     
    Por desgracia, el efecto provocado fue justo el contrario. Alfred Picard, director de la Expo, apenas apoyó la iniciativa de Coubertin, definiendo al deporte como "una actividad inútil y absurda"; el COI tuvo que ceder la organización del evento a un comité que planteaba los Juegos como un acontecimiento que debía esta vinculado plenamente a la Exposición; el nombre de los Juegos se cambió al de 'Concurso Internacional de ejercicios físicos y del deporte"; se incluyeron disciplinas como el tiro al pichón... La naturaleza de los Juegos se había desvirtuado.
     
    El sueño de Coubertin se había convertido en un mero apéndice de la Exposición Universal. Y así fue tratado. La publicidad del evento fue nula, y muchos de los resultados de los "deportes no oficiales" ni siquiera se conocen hoy día. Un buen ejemplo se encuentra en el concurso de tiro con arco, ya que, amén de los arqueros inscritos oficialmente (150), había otros 6.000 que participaban en eventos organizados por la Expo, completamente distintos de los Juegos. ¿Consecuencia? Que muchas de las victorias que se produjeron en las competencias de arco siguen sin estar reconocidas hoy día por el COI.
     
    El máximo organismo olímpico, a su vez, se ha pasado años estudiando todas las disciplinas, para ver qué medallas dejaba intactas, y cuáles retiraba. Así, en 2004, España perdió la plata que Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, ganó en tiro al pichón, al no considerarse que esta prueba fuese deporte olímpico. Eso sí, a cambio, obtuvo el reconocimiento del oro que Amezola y Villota lograron ante los franceses Durquetty y Etchegaray en pelota vasca, admitido ese mismo año como parte del programa oficial de París. Por tanto, esta es la primera medalla que, oficialmente, conquistó nuestro país en unos Juegos Olímpicos. Amén del tiro al pichón, el COI también consideró no oficiales el motociclismo, las carreras acuáticas a motor, las de pájaros amaestrados, el salvamento, el vuelo de cometa o el tiro con cañón, entre otros muchos.
     
    Amén del desastre organizativo y publicitario, los Juegos tuvieron como protagonistas a la británica Charlotte Cooper, la primera mujer en proclamarse campeona olímpica de la historia, en individuales de tenis (también lo haría luego en dobles mixtos); Alvin Kraenzlein, que todavía ostenta el récord de oros en atletismo en unos mismos Juegos, con cuatro (60 metros, 110 vallas, 200 vallas y longitud); el Reino Unido, que se subió a lo más alto del podio en casi todos los deportes de equipo (cricket, fútbol, polo y waterpolo, todos debutantes en unos Juegos); Charles Sands y Margaret Ives Abbott, primeros oros olímpicos en golf... Francia fue la gran dominadora, con 101 medallas, mientras que los Estados Unidos cosecharon 47, con 15 triunfos en atletismo, y Gran Bretaña 30.
     
    Aun así, todos estos éxitos y récords quedaron empañados por el caos y el desastre organizativo, que, lamentablemente, se repitirían cuatro años después, en San Luis 04. En principio, Chicago iba a ser la anfitriona de los Terceros Juegos, pero San Luis, que albergaba la Exposición Universal por aquellas fechas, se negaba a que la Olimpiada le robara protagonismo, y amenazó a la 'Ciudad del Viento' con organizar sus propios Juegos. Coubertin cedió ante la presión de la ciudad del Mississippi y le dio los Juegos. Craso error...
     
    Si lo de París fue lamentable, lo de San Luis fue sencillamente vergonzoso. No sólo se cometieron los mismos errores que en la capital gala, sino que tuvieron lugar hechos deleznables, cargados de racismo y segregacionismo, como el Día Antropológico, donde indígenas con taparrabos fueron obligados a competir de esa guisa contra blancos para que los antropólogos comparasen a las distintas razas. Otro ejemplo se encontró en la maratón, donde Len Tau y Jan Mashiani, los dos primeros africanos negros que participaban en una Olimpiada, fueron discriminados por su origen, e incluso Tau tuvo que correr durante más de tres kilómetros perseguido por perros.
     
    Este no fue el único esperpento ocurrido en la maratón, cuyos competidores tuvieron que sortear carruajes y automóviles en carreteras de tierra. Frederick Lorz fue despojado del oro en la misma entrega de medallas, al probarse que ganó la carrera con trampas; su "sucesor", Thomas Hicks, casi fallece, ya que sus entrenadores no tuvieron mejor idea que darle un combinado de brandy y estricnina para "motivarle" (y si no llega a ser por los servicios médicos, habría muerto sobre la pista)... Estos vergonzosos acontecimientos, amén de que, una vez más, el evento fue ninguneado por la organización de la Expo (la ceremonia de inauguración fue ridículamente breve), pusieron a los Juegos Olímpicos en la picota. El proyecto de Coubertin empezaba a desmoronarse, pese a los esfuerzos de George Eyser, que conquistó seis preseas en gimnasia pese a tener una pierna de madera; Archie Hahn, tricampeón de velocidad, que fijó en estos Juegos un récord olímpico (21,6 segundos en 200 metros) que duraría 28 años; Martin Sheridan, que tuvo que recurrir al desempate para vencer a Ralph Rose en disco; o el alemán Emil Rausch, el mejor atleta no estadounidense de esta Olimpiada, con tres oros en natación. España, al igual que muchos otros países europeos, no participó.
     
    "No sé cómo pudimos sobrevivir a esos Juegos Olímpicos". Coubertin dixit. Y razón no le faltaba. El espíritu olímpico estaba prácticamente muerto, y sólo un milagro lo podía salvar. Y este llegó: Londres 1908. La capital inglesa asumió la responsabilidad tras retirarse Roma, al tener el Gobierno italiano que destinar todos sus recursos para reconstruir Nápoles, completamente devastada por el Vesubio en 1907. Los británicos, al contrario que franceses y estadounidenses, se tomaron muy en serio la Olimpiada, para la que construyeron el Estadio de White City, con una capacidad para 68.000 personas. El primer coliseo olímpico de la Modernidad. Asimismo, en Londres se estableció la norma de que los jueces y árbitros tendrían que ser de todos los países participantes, y no sólo del anfitrión, así como muchas de las reglas de varias disciplinas, como de la maratón (aquí se instauró la distancia actual de 42.195 kilómetros). Aquí también nació el lema de "Lo importante no es ganar, sino participar", acuñado por un sacerdote de Pennsylvania.
     
    Al brillante éxito organizativo y promocional, se unieron, como siempre, gestas históricas del mundo del deporte, como la de John Taylor, el primer afroamericano en obtener una medalla de oro en el 4x800 (lamentablemente, murió nada más regresar a casa); o la de Ray Ewry, que cosechó su octava presea dorada en sus terceros Juegos consecutivos (es uno de los deportistas más laureados de la cita olímpica). También tuvieron lugar anécdotas de lo más curiosas, como la de Dorando Pietri, que recibió de la Reina Alejandra la Copa Dorada pese a haber perdido la maratón (sus continuos desvanecimientos en los últimos metros hicieron que los jueces le cogieran y, por tanto, les descalificaran); o la de los hermanos William y Charlotte Dod, los primeros que se subieron a un podio del mismo evento; o la de los suecos Frithiof Martensson y Mauritz Andersson, cuya final de lucha se pospuso para que el primero, a la postre vencedor, se recuperase de una herida.
     
    Londres fue un éxito rotundo, así como el germen de los Juegos de Invierno, al acoger las primeras pruebas de patinaje artístico de la historia. Los Juegos Olímpicos se habían salvado y el Reino Unido, de paso, lograba al fin ser primera del medallero, con 146 metales. España, por su parte, tampoco compitió en la cita inglesa, aunque en breve llegaría una de sus épocas doradas en la Olimpiada.
     
    En cuanto me sea posible (^^U), el tercer capítulo: Nurmi doblega al mundo; Owens, a Hitler.
    July 09

    RENACER OLÍMPICO

    "Olimpia y las Olimpiadas son símbolos de una civilización entera, superior a países, ciudades, héroes militares o religiones"
    Pierre de Coubertin


    Los Juegos Olímpicos. Un sueño para el mundo moderno, una fiesta religiosa en el pasado. Las Olimpiadas nacieron, como su nombre indica, en la villa de Olimpia (Grecia) como una celebración en honor a los dioses mayores helenos, y no sólo contenían pruebas deportivas, sino también culturales, musicales y, lógicamente, ceremoniales (con sacrificios para Zeus y Pélope, rey mítico de Olimpia). En el 776 a.C. arranca esta cita, que ya por entonces era tetranual, donde se disputaban nueve agones (pruebas) atléticos -carrera, longitud, disco y jabalina-, hípicos -carreras de caballos y carros- y de lucha, además del pentatlón (carrera, longitud, disco, jabalina y lucha) y los concursos de heraldos y trompeteros.

    Por aquellos entonces, tan sólo los hombre libres podían participar, estando prohibida la presencia en el estadio de mujeres casadas (sí podían asistir si estaban solteras). Todas las polis griegas y, posteriormente, las colonias helenas en el Mediterráneo competían en esta sagrada tradición, en la que se invocaba una tregua para toda Grecia. Los ganadores no obtenían ningún premio en metálico, pero el honor y la gloria que les reportaba (y, por extensión, a su polis) era gigantesca. Poseer la corona de laurel y lana era un privilegio, el símbolo de su heroicidad. Por desgracia, cuando Roma se hizo con Grecia, adulteró el sentido de los Juegos de tal manera que, en el año 393 d.C., el emperador Teodosio I los prohibió, al considerarlos paganos.

    Sin embargo, en el siglo XIX, la leyenda de los Juegos Olímpicos fue cautivando, gradualmente, la mente de Occidente, sobre todo tras las excavaciones que franceses y alemanes realizaron para reflotar una Olimpia destruída por los godos. En 1850, surgió la 'Clase Olímpica' en Much Wenlock (Inglaterra) para "promover la mejora moral, física e intelectual de los habitantes de la ciudad (...), mediante el enaltecimiento de las actividades al aire libre". Diez años después, se constituyó la Sociedad Olímpica de Wenlock, que organiza anualmente unos Juegos en la localidad británica. E
    n ella se inspiró Pierre de Coubertin para crear el Comité Olímpico Internacional en 1894.
     
    El noble francés, considerado el padre de los Juegos de la era moderna, no fue, aun así, ni el primero (como ya hemos visto) ni el segundo que trató de rescatar a las Olimpiadas del olvido. De hecho, mientras en Inglaterra nacía la SOW, en Grecia, un rico filántropo llamado Evangelos Zappas invertía su fortuna en revivir esta tradición, organizando, en 1859 en Atenas, unos Juegos Olímpicos. Es más, Zappas restauró el antiguo estadio Panateneano para albergar dicha competición en 1870 y 1875, ediciones que el empresario ya no vería. Tan sólo Grecia y el Imperio Otomano participaron, y la idea de revivir los Juegos desapareció con la muerte de su impulsor heleno...
     
    ...Hasta que apareció la figura del Barón de Coubertin. El francés dejó sus estudios de Ciencias Políticas para dedicarse a viajar y conocer otras culturas. En sus visitas al Reino Unido y los Estados Unidos, le asombró la pasión anglosajona por el deporte, así como, posteriormente, el descubrimiento de Olimpia y la iniciativa de Zappas. Coubertin creyó que los Juegos podrían ser una buena manera de acercar a los países, y que estos limaran sus diferencias. Asimismo, estaba plenamente convencido de que Francia había perdido la guerra franco-prusiana debido a la mala forma física de sus soldados, por lo que revivir el deporte sería un buen modo de evitar más humillaciones internacionales.
     
    En 1892, Coubertin presentó a la Unión Deportiva y Atlética de París su proyecto de los Juegos Olímpicos, aunque no sería hasta 1894 cuando su idea sería tenida en cuenta. Fue en el Congreso internacional sobre Amateurismo que organizó la Unión Deportiva Francesa, donde obtuvo el respaldo del Príncipe de Gales, el príncipe heredero de Suecia, el rey de Bélgica o el primer ministro de Gran Bretaña. Muchas naciones, entre ellas España, se interesaron también en el proyecto de Coubertin, que vio la luz en sólo dos años, en 1896. Los primeros Juegos de la Edad Moderna, que, por supuesto, tuvieron lugar en Atenas.
     
    El 6 de abril de aquel año (en el aniversario de la Guerra de Independencia de Grecia), el Rey Jorge I declaró inaugurados los Juegos, en los que participaron países de cuatro continentes: por Europa, Grecia, la anfitriona; Alemania, Austria, Dinamarca, Francia, Hungría, Italia, Suecia y Suiza; los Estados Unidos, por América; Australia, por Oceanía; y Egipto, por África, si bien su representante compitió por Grecia al ser oriundo de Alejandría. Chile y Bulgaria también aseguran que atletas de sus fronteras estuvieron presentes, aunque el debate sobre si esto es cierto o no continúa hoy día.
     
    Tras la declaración de apertura, nueve bandas y un coro de 150 personas tocaron el Himno Olímpico, compuesto por Spyros Samaras y Kostis Palamas, y que hoy día se sigue utilizando. El encendido de la antorcha, o el Juramento Olímpico, por el contrario, no se instauraron hasta 1928 y 1920, respectivamente. La ceremonia dio paso a nueve días de intensa emoción, en los que surgieron los primeros héroes olímpicos. El más destacado, sin duda, Spyridon Louis, un vendedor de agua que se convirtió en el primer vencedor de una maratón olímpica (2h:58.50) y único oro heleno en atletismo, para regocijo de los 100.000 espectadores que contemplaron su triunfo.
     
    Y es que los Estados Unidos acapararon casi todos los primeros puestos en el Panateneano. Robert Garrett, que se entrenaba con discos más voluminosos que los empleados en Atenas, se impuso sin problemas en disco y peso, obteniendo también platas en altura y longitud; James Connolly (quien viajó a la capital griega en tren y barco de carga) tuvo el honor de ser el primer campeón olímpico de la Era Moderna, al ganar la competición de triple salto; Tom Burke logró el doblete dorado en velocidad, al derrotar a sus rivales en 100 y 400 metros... Tan sólo el australiano Teddy Flack (bajo bandera británica) y el mencionado Louis, pudieron doblegar a los entusiastas atletas norteamericanos, que se hicieron con 17 preseas.
     
    No obstante, esa fue la única modalidad en la que se impuso la expedición estadounidense. En ciclismo, la gran figura fue el francés Paul Masson, tricampeón olímpico en las pruebas de sprint, contrarreloj y 10 kilómetros, mientras que el austríaco Adolf Schmal se imponía en la carrera de 12 horas (que sólo terminaron el británico Frank Keeping y él); en esgrima, los tiradores profesionales de Grecia cosecharon dos de los tres oros en liza; en gimnasia, Alfred Flatow, Carl Schuhmann y Hermann Weingärtner lideraron a Alemania hacia el triunfo en cinco de las ocho pruebas disputadas; en tiro, los hermanos Paine, de EE.UU., compitieron codo con codo con sus rivales griegos, a los que sólo derrotaron en dos concursos (de un total de cinco); Alfréd Hájos fue el dominador de la natación, con dos oros en estilo libre (100 y 1.200 metros), mientras que Grecia se hacía con siete metales; en tenis, el británico John Pius Boland se imponía tanto en individuales como en dobles (acompañado por el alemán Friedrich Traun); y en lucha, el oro fue para el gimnasta Carl Schuhmann. Las condiciones meteorológicas impidieron que se disputasen el remo y la vela.
     
    Sin embargo, la disciplina que más expectación llegó a levantar, amén del atletismo, fue la halterofilia. El escocés Launceston Elliot y el danés Viggo Jensen tuvieron una dura disputa tanto en levantamiento a dos manos, como a una mano. En la primera, ambos auparon el mismo peso, pero el jurado declaró que Jensen había ejecutado su ejercicio con mayor elegancia, así que le dieron a él el oro. Elliot, enrabietado, tuvo su venganza de inmediato, en la prueba de una mano, donde dio toda una lección al danés, e incluso a un sirviente del rey Jorge I, incapaz de mover los pesos. El escocés, delante de su Majestad, los cogió y los lanzó al aire, muy lejos, para delicia de los espectadores griegos.
     
    Grecia, con 47 metales, fue la más laureada de estos Juegos que, aun así, cayeron del lado de los Estados Unidos, al haber cosechado un oro más que los anfitriones. Aun así, al rey Jorge I le pesó más la decisión de Coubertin de que la sede de los Juegos fuese itinerante. Un varapalo para el pueblo griego y una idea de la que el mismo COI se arrepentiría al principio...
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    Mañana, el siguiente capítulo: Londres salva a los Juegos.
    July 06

    ERES DE DONDE PACES

    "Quiero devolver el favor a España con medallas"
     
    Mientras España jugaba la Eurocopa de fútbol, surgió en el foro de la ACB (del que soy asiduo), a raíz del soberbio papel de Marcos Senna con la selección, un debate sobre si es conveniente que extranjeros defiendan los colores nacionales en grandes torneos. Y, para mi sorpresa, un número bastante alto de foreros aseguraba que no le hacía gracia que hubiese nacionalizados compitiendo por nuestro país. "Me parece una vergüenza ver a Senna, con sólo seis años en España (ahora, debutó cuando llevaba cuatro), defendiendo la 'Roja'". Este fue uno de los muchos comentarios que leí con asombro, y que me hizo plantearme la siguiente cuestión: ¿es realmente algo pernicioso para nuestro deporte que esto suceda?
     
    Lógicamente, la respuesta fue no. Que hayas nacido en un país, no significa que no puedas sentir los colores de otro que te ha acogido, en el que trabajas y vives con tu familia. Y si vas a aportar algo que ningún español de origen no puede, ¿qué mal se hace con esa nacionalización? Muchos otros países siempre lo han tenido muy claro en este sentido y, así, vemos a Bernard Lagat, de origen keniano, compitiendo por los Estados Unidos, donde lleva viviendo desde 1996; Wilson Kipketer, también oriundo del país africano, corrió por Dinamarca; Fiona May, inglesa de nacimiento, ha ganado medallas para Italia...
     
    No obstante, sí es cierto que, de unos años a esta parte, se han producido fenómenos de nacionalización realmente peligrosos. Qatar, los Emiratos Árabes Unidos o Bahrein no dudan en viajar hasta Etiopía o Kenia para "fichar", con petrodólares, a fondistas de esos países, para así obtener medallas en los Juegos Olímpicos o Mundiales de atletismo. Las reglas del COI, antes muy estrictas para el traspaso de deportistas (aún recuerdo cómo impidieron que Niurka Montalvo e Iván Pérez compitiesen en Sydney 2000 por España), se han relajado en los últimos tiempos, permitiendo que este fenómeno se descontrole.
     
    En España, se dio el caso, en el mundo del baloncesto, de las nacionalizaciones express: jugadores estadounidenses que, con pocos meses en nuestro país, se casaban con hispanas para obtener nuestro pasaporte, y así no ocupar plaza de extranjero, sin ninguna intención de jugar con la selección. De hecho, un pívot senegalés, llamado Sitapha Savané, aseguraba que él no se sentía español en absoluto, pese a tener nuestra nacionalidad. Estos son los casos contra los que se debe combatir, ya que adulteran las competiciones en beneficio de intereses privados, no colectivos.
     
    Sin embargo, no estoy en contra de que se 'españolicen' aquellos deportistas que hayan hecho su vida en España, que entrenen y compitan en nuestro país, y deseen defender nuestra camiseta. Os voy a poner algunos ejemplos. El pasado viernes obtenía nuestro pasaporte Alemayehu Bezabeh Desta, un etíope que lleva aquí dos años, y que ha salido de la miseria gracias al atletismo. De dormir en las calles de Madrid y no tener papeles, ha pasado a vivir bajo techo y disponer de un futuro merced al deporte, siendo, con 22 años, una de las grandes esperanzas españolas para el futuro (y puede que el presente). No en vano, corre los 5.000 metros en poco más de 13 minutos, un tiempo que lo colocaría hoy día entre los mejores de una final olímpica. Ningún español se acerca a esos cronos, lo que lo convierte en una adquisición de lujo, y en toda una muestra de cómo el deporte puede ser una magnífica vía para la integración de inmigrantes.
     
    Otro caso sería el de Bing Xin Xu, una jugadora china de bádminton que se nacionalizó española y compite por el Rinconada, uno de los mejores equipos del continente en este deporte. Lo que podría entenderse como otro "caso Savané", se convierte en un ejemplo de cómo aprovecharse de la experiencia foránea para incrementar el potencial hispano de una disciplina. Me explico: China es la número uno en bádminton con mucha claridad. Su escuela es la envidia de todo el planeta y, durante décadas, sus técnicas han permanecido en secreto. Sin embargo, en los últimos años, muchas raquetas chinas han abandonado su país y buscado un nuevo hogar en Europa. Eso fue lo que pasó con Bing, que arribó a La Rinconada y comenzó, no sólo a jugar, sino también a enseñar a sus compañeros de equipo el estilo asiático, así como a los más pequeños del pueblo sevillano. A corto plazo los resultados se han notado únicamente en el primer equipo, pero, en el futuro, puede que tengamos jugadores españoles de primer nivel gracias a esta china nacionalizada.
     
    Un último ejemplo, que también me conmovió, fue el de la rumana Roxana Daniela Popa, nacida hace 11 años en Constanza. La niña es un prodigio de la gimnasia artística, campeona de España en categoría infantil en TODOS los aparatos... Y hasta hace nada, no pudo recoger ni un oro. ¿Por qué? Por no disponer de la nacionalidad española. Sólo podía competir como invitada, o en concursos 'open', y eso provocaba que no pudiese obtener sus merecidas recompensas a sus esfuerzos. Esta cría lleva ya cuatro años en España, habla el idioma, aprende en nuestros colegios, se relaciona sin problemas con otros niños... ¿Por qué no puede ser española? Y si es una número uno de su deporte, ¿hará algún daño real a la gimnasia hispana? No. En todo caso, el dinero que se invertiría en competidoras normales, que no nos porporcionarían ningún éxito internacional, se dará a una niña con verdadero talento, que seguro que mejorará el nivel de sus compañeras en la selección (aunque sólo sea por pura envidia).
     
    Integración y mejora de nuestro deporte. Son los dos grandes beneficios de las nacionalizaciones deportivas, siempre que estas se hagan con cabeza. Espero que el COI sea justo en este sentido, y permita a los Onya, Casañas, Méliz, Popa o Desta competir por nuestro país, no como en los casos de Arpad Sterbik y Serguei Rutenka, dos cracks del balonmano a los que el Comité ha "vetado" para la 'Roja' (y puede que para siempre, pese a tener ellos su DNI español y todo).
     
    Un saludo a todos mis lectores.