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    July 30

    La Leyenda del Merlín Rojo

    "Resulta casi impensable que se produzca en España una serie sobre un superhéroe"
    David Janer


    ¿Desconcertados con el título del 'post'? Bueno, seguro que alguien perspicaz se habrá dado cuenta de que voy a escribir un poco sobre otras tres nuevas series, las cuales tienen un nexo de unión: la fantasía. Y es que tanto La Leyenda del Buscador, como Merlín o Águila Roja han recobrado para la pequeña pantalla este género, completamente abandonado desde que Xena hiciera estragos en el mismo la pasada década. Es más, Águila Roja se ha convertido en la primera ficción española con temática no realista desde Historias para no dormir, un hito que, lógicamente, no ha pasado desapercibido para el público de nuestro país, quien ha respondido a la llamada del justiciero enmascarado.

    No en vano,
    Águila Roja ha logrado un share del 25% de media, superando en tres de sus 13 capítulos los cinco millones de espectadores; unos datos que la han convertido en la mejor serie 'novata' de la temporada. Y su éxito no es, en absoluto, inmerecido. Obviando los continuos 'pateos' a la Historia que se realizan, hay que reconocer que esta ficción combina perfectamente la acción (que siempre ha brillado por su ausencia en nuestras producciones), la intriga y el humor, convirtiéndose en un producto muy entretenido. La ambientación está muy bien lograda, tanto en los decorados del barrio como en las localizaciones escogidas (como el Monasterio de Uclés, que algunos de mis lectores conocen a la perfección) o en el vestuario; y la trama principal de la conspiración contra el Rey me ha resultado apasionante, sobre todo en los tres capítulos con los que ha terminado la temporada (los mejores, desde mi punto de vista).

    Eso sí, debo admitir que el episodio piloto era malo con narices. Los acontecimientos se sucedían de manera atropellada, algunas actuaciones dejaban mucho que desear (menos mal que moriste, Cristina) y la serie carecía de consistencia interna. Afortunadamente, todo esto se superó con el segundo capítulo, el cual marcó un decisivo punto de inflexión en la calidad de esta producción. Con el paso del tiempo, las tramas eran más redondas, los personajes secundarios apoyaban en vez de entorpecer la acción, e incluso ha habido interpretaciones que han ido ganando solidez. En este sentido, cabe destacar a Guillermo Campra, el hijo de Águila Roja, quien me despertó muchas dudas al principio de la serie, y que, poco a poco, me ha ido convenciendo pese a su bisoñez y juventud.

    No obstante, si hubiera que resaltar a un actor, ese sería, con diferencia, Javier Gutiérrez, que está magistral en el papel del pícaro Sátur, a la postre escudero de Águila Roja. Y es que Gutiérrez no solo sabe romper las tensiones con golpes de humor excepcionales, sino que es capaz de mostrar un abanico de emociones tan diverso como destacable, desde el terror a la muerte segura (2º episodio) hasta el duelo, la impotencia, la lealtad, la amistad... En cierto sentido, me recuerda, salvando las distancias, a Sancho Panza, pues es la voz de la conciencia del protagonista y, a la vez, su mejor amigo, su mayor confidente. Su reflejo, además, del típico vivo español de la época es brillante, sacando a sus amigos de más de un apuro gracias a sus tretas (impagable el cortejo a la panadera, oiga XD).
     
    El resto del reparto está bastante correcto, pero sin alardes. La labor de 'casting' ha sido, sin duda, encomiable, pues han acertado con casi todos los actores. David Janer resulta muy creíble como Águila Roja, el típico héroe justo, valiente, decidido, aunque con un pequeño lado oscuro. También es destacable el trabajo de Pepa Aniorte como Catalina, la ama de llaves de la Marquesa de Santillana (a la que definió a la perfección de la siguiente manera: "si las putas fueran barcos, esta sería la Armada Invencible"); el de Adolfo Fernández como el padre Agustín, confidente del Rey y guardián del Águila (y de alguien más...); y el de Juan Carlos López Agustino, quien me ha encantado como el carcelero de la villa. En cuanto a los dos "villanos", la Marquesa y el Comisario Hernán, no lo hacen nada mal, si bien no me han terminado de convencer. Me han gustado más, por ejemplo, Felipe de Valois y los demás conspiradores contra la Corona (impresionante el torrente de voz de Joan Massotkleiner). Si a todo esto le añadimos las espectaculares escenas de batalla, perfectamente coreografiadas, nos queda una serie muy entretenida, y que, a Dios gracias, regresará a nuestras pantallas en otoño.
     
    También volverá tras casi un año de descanso Merlín, la gran revelación de la BBC la campaña anterior. Casi nadie apostaba por esta revisión de la leyenda artúrica, pero una soberbia escenografía (un 10 al que escogió el castillo francés de Pierrefonds como el nuevo Camelot), unos guiones entretenidos, un excelente vestuario y unas convincentes actuaciones la convirtieron en un rotundo éxito, con todos sus 'shares' por encima del 20%, esto es, una media de más de seis millones de espectadores los sábados por la tarde. Y no solo ha brillado con luz propia en Inglaterra. En España, Antena 3 ha conseguido un promedio de 1.200.000 televidentes con esta apuesta de la BBC, cuyo sello inconfundible de calidad vuelve a quedar más que patente.
     
    Eso sí, si hay entre mis lectores algún purista de la leyenda de Arturo y Merlín, le aconsejo que no vea la serie, porque va a echar bilis por la boca Lengua fuera No en vano, Merlín ya no es el maestro de Arturo, sino que tiene la misma edad que él (18 años) y es su criado; Ginebra no es una princesa, sino la asistenta de Morgana, le tira los tejos a Merlín y es negra; Igraine, la madre de Arturo, nunca estuvo casada con Gorlois; Uther es rey de Camelot, y tiene prohibida, bajo pena capital, la práctica de la magia; Mordred no es hijo de Morgana... Y así sucesivamente. Sin embargo, la explicación de este desbarajuste es sencilla. Los productores sabían que el público no iba a responder ante una ficción que, otra vez, contara la misma historia de siempre (Merlín adiestrando a Arturo hasta que este sacara la espada de la piedra y se convirtiera en rey); de ahí que decidieran darle un giro al asunto y convertir a Arturo y Merlín en amigos de la misma edad, con los consiguientes malentendidos y situaciones cómicas. Y la fórmula, como ya habéis visto, no les ha podido dar mejor resultado.

    Lo cierto es que, una vez que se obvian las licencias, se puede disfrutar de un producto muy divertido y, sobre todo, realizado con la clásica excelencia de la BBC. Como ya he comentado, la elección del castillo
    de Pierrefonds no pudo ser más acertada, ya que da credibilidad a la narración (no son los típicos escenarios cutres de Xena, por ejemplo) y, si me apuráis, un cierto aire regio, que consigue que te creas el poder de Camelot; el vestuario es, asimismo, excelente, destacando especialmente las armaduras de Arturo y sus caballeros, así como el guardarropa de Lady Morgana y Nimué; la música y el sonido te envuelven y te meten de lleno en la historia, acompañando a los acontecimientos a la perfección... ¡Y qué decir de los guiones! Cada una de las tramas (son capítulos autoconclusivos) se desarrolla a buen ritmo, con las dosis justas de acción e intriga, acertados toques de humor y nada de pasteleo adolescente (obviamente, hay devaneos amorosos, pero nada insoportable).

    Destacan en el reparto dos nombres muy conocidos, los de John Hurt (V de Vendetta, Los Crímenes de Oxford), quien le presta su voz al Dragón de Camelot; y Anthony Head (Giles en Buffy), quien resulta muy creíble como Rey Uther. No obstante, el personaje que más me ha gustado no ha sido ninguno de estos, sino el de Gaius (Richard Wilson), médico de la corte y tutor de Merlín, a quien se han sacado de la manga los guionistas para aportar esa pizca de sensatez, experiencia y sabiduría que Merlín todavía no posee por su corta edad. También sobresale por méritos propios Michelle Ryan, quien encarna a una Nimué malévola, despiadada, capaz de todo con tal de vengarse de Uther (y del propio Merlín, todo sea dicho). Su carisma y su presencia la convirtieron en el secundario más recurrente de esta ficción, cuyos protagonistas tampoco deslucen. Así, el irlandés Colin Morgan lo borda como el típico adolescente torpe, descuidado, inocente y algo impulsivo, aunque se llame Merlín y posea unos poderes mágicos increíbles; mientras que Bradley James le imprime a Arturo ese carácter chulesco, arrogante y soberbio que se le puede presuponer a cualquier noble medieval adolescente, pese a que su corazón esté lleno de justicia y bondad. La relación entre ambos, de hecho, es uno de los principales atractivos de la serie, con malentendidos, ayudas, sacrificios, bromas...
     
    Y no solo la BBC se ha apuntado a las revisiones libres, sino que también ha hecho lo propio la televisión estadounidense con la saga literaria de La Espada de la Verdad, de Terry Goodkind, a la cual ha dado vida en la ficción La Leyenda del Buscador. El responsable ha sido un viejo conocido de la pequeña y gran pantalla, Sam Raimi, creador de Hércules, Xena y la trilogía de Spiderman, quien regresa a la televisión con un producto que en nada se parece a las ficciones protagonizadas por Kevin Sorbo o Lucy Lawless. No en vano, La Leyenda del Buscador es una serie mucho más madura, con una fotografía excelente (de nuevo, muchas gracias, Nueva Zelanda), unos guiones redondos (cortesía de la imaginación del señor Goodkind) y unos personajes que, siendo demasiado arquetípicos, cumplen a la perfección con sus respectivos cometidos.
     
    La ficción, eso sí, ha estado cubierta de polémica. Los seguidores de La Espada de la Verdad han cargado duramente contra Raimi por las excesivas licencias que se ha tomado en la primera temporada de La Leyenda del Buscador. Si bien la trama base sigue siendo la misma, los guionistas, forzados a escribir (en la medida de lo posible) capítulos autoconclusivos para no agotar la producción, han tenido que inventarse personajes y acontecimientos, lo que, unido a la ausencia del humor socarrón de Xena, ha servido de excusa a los críticos para poner a caldo esta nueva apuesta de Raimi. Con todo, la respuesta del público general ha sido más que positiva (3,6 millones de espectadores en EE.UU. en su primer mes de emisión), lo que le ha valido ganarse su continuidad por una campaña más.
     
    Resulta sorprendente que la crítica 'yankee' no valore la seriedad de esta producción, cuyo vestuario, fotografía o montaje superan con creces a los de Xena, a la que, curiosamente, consideran mejor ficción. Ya no se repiten una y otra vez los mismos decorados hechos con cartón-piedra, sino que cada poblado tiene su propia ideosincrasia arquitectónica, con casas y palacios mejor confeccionados; los ropajes están más cuidados, no resultando anacrónicos o chocantes (como los de Xena); no se nota tanto la coreografía de las escenas de batalla, a las cuales, por cierto, se les ha aplicado las técnicas de 'slow motion' que introdujo 300, haciéndolas más espectaculares; no se pierde el tiempo con chistes fáciles o personajes absurdos (Joxer...), sino que las tramas van directas al grano, con mucha acción y las dosis necesarias de intriga para que entretengan al espectador... Es más, hay un par de capítulos cuya trama parece extraída de un cuento de hadas, tanto por su estructura como por su moraleja final, a saber, El Titiritero y Santuario, posiblemente los mejores episodios de la temporada junto con el final.
     
    Precisamente, en El Titiritero es dónde se extrae más jugo a uno de los personajes con mayor carisma de esta ficción, el mago Zeddicus Zu'l Zorander, a quien encarna con gran maestría Bruce Spence. El neozelandés, con su profunda voz (por la que merece la pena ver La Leyenda del Buscador en inglés), le otorga a Zeddicus una presencia, una majestuosidad, una personalidad que lo convierten en uno de los grandes valores de la apuesta de Raimi. Asimismo, es uno de los elementos encargados de romper la tensión dramática con bromas de buen gusto (pese a su primera aparición en la serie, demasiado excéntrica quizá :P) y comentarios en los momentos más oportunos. Junto a él, también me han convencido las Morth Siths, cuya crueldad y sadismo me han resultado curiosas (no en vano, esta extraña Hermandad se desvía bastante de los estereotipos comunes de "malvado fantástico"), y las Confesoras (me encanta su poder de conversión), si bien el mérito de esto último hay que atribuírselo a Goodkind.
     
    En cuanto a los protagonistas (Richard Cypher -Craig Horner- y Kahlan Amnell -Bridget Regan-), no están nada mal, aunque tampoco es que se les pueda sacar mucho jugo. La tensión sexual entre ambos es tan evidente que pronto se desvela, y sus personalidades apenas evolucionan en 22 episodios. Tampoco es que les haga falta, ya que los dos son perfectos: sacrificados, fieles (hasta en la muerte), generosos, compasivos... No tienen ni una mácula. Quizá esa "perfección" los hace poco interesantes, al menos en comparación con otros héroes de sagas fantásticas. El villano, a su vez, es demasiado idiota. No es tanto un problema del actor (un sobrio Craig Parker, al que todos recordaréis como el elfo Haldir, en la trilogía del Señor de los Anillos), como de lo mal que emplea todo su poder y sus recursos. No es para menos. Rahl el Oscuro posee un ejército inmenso, bien armado; magos de gran poder, incluyendo el único capaz de hacer sombra a Zeddicus; las Morth Sith; gran cantidad de espías y aliados... Y, sin embargo, es completamente incapaz de derrotar al Buscador, incluso en las situaciones más ventajosas.
     
    Pese a esto, hay que reconocer que la ficción está bien realizada y resulta muy distraída. Habrá que ver cómo la retoman este próximo otoño, que va a estar bien cargado entre un regreso y otro. Esperemos que ninguno nos decepcione. Un saludo a todos mis lectores.
    July 10

    Historias del mundo: Nikola Tesla

    "Before I put a sketch on paper, the whole idea is worked out mentally"
     
    "Querido Edison: conozco a dos grandes hombres y usted es uno de ellos. El otro es este joven". Con esta carta de presentación, llegó Nikola Tesla al despacho de Thomas Edison en Nueva York en 1884. Contaba con tan solo 28 años, pero pronto este joven croata, de aspecto reservado, despertaría la admiración del mundo entero, y la envidia de todo un genio como Edison. La razón era simple: el talento de Tesla era muy superior al suyo. No en vano, frente a sus instalaciones de corriente continua, el ingeniero europeo ofrecía motores de corriente alterna, esto es, el sistema que hoy día se emplea para iluminar calles, hogares, fábricas... Una auténtica amenaza para el "reinado" del científico estadounidense, quien trataría de destruir a su rival de todos los modos posibles.

    No obstante, Edison no sabía que se enfrentaba a todo un luchador. Ya de niño, Tesla había derrotado al cólera y doblegado la voluntad de su padre, quien deseaba que su hijo siguiera sus pasos como Pastor ortodoxo, en vez de dedicarse a la ciencia. Sin embargo, la convicción de Tesla era firme. Deseaba ser ingeniero para así desplegar todo su potencial (de pequeño ya probaba ser un verdadero genio para las matemáticas, superando a cada uno de sus profesores) y crear aparatos de diversa índole, como hacía su madre (la cual, pese a ser analfabeta, poseía una capacidad de inventiva muy superior a la media). Finalmente, su padre accedió a costearle la carrera de Ingenieria mecánica y eléctrica en la Escuela Politécnica de Graz (Austria), y posteriormente la de física en Praga.

    Europa pronto se le quedó pequeña a Tesla, quien ya llevaba varios años ideando un sistema alternativo a la corriente continua de Edison, por entonces su ídolo. Y cuando surgió la oportunidad de partir hacia los Estados Unidos (país que le fascinó durante toda su infancia), no lo dudó ni un segundo. Con una carta de recomendación de Charles Batchelor, socio de Edison en el 'Viejo Continente', Tesla marchó hacia Nueva York, donde las cosas, por desgracia, no le fueron nada bien. Nada más llegar, le robaron todos sus efectos personales y, posteriormente, el mismísimo Edison, para el que había mejorado sus dispositivos de corriente continua, se negó a pagarle una recompensa de 50.000 dólares por la consecución de objetivos ("Una broma americana", aseguró Edison), y a subirle el sueldo (cobraba tan solo 18 dólares semanales). Además, el científico estadounidense había empleado su corriente alterna para crear la silla eléctrica, dando muy mala fama a su idea. Decepcionado y desilusionado, Tesla plantó su dimisión y, durante un tiempo, tuvo que dedicarse a cavar zanjas para sobrevivir...

    Afortunadamente, su suerte cambió rápida y radicalmente. La comunidad científica estadounidense, al saber de su situación, empezó a darle fondos para que continuara con sus investigaciones y, gracias a esas ayudas, Tesla pudo ofrecer varias conferencias y demostraciones en las que probó la superioridad de sus sistemas de corriente alterna. Y tras una conferencia en Nueva York sobre su corriente alterna en 1888, George Westinghouse, que había hecho una fortuna en Pittsburgh fabricando frenos neumáticos para trenes, le ofrece un millón de dólares por todas sus patentes de A.C., así como un contrato en Pittsburgh para que aplicase su idea a los muchos proyectos que su empresa ya manejaba.
     
    Aunque la unión entre la Westinghouse y Tesla no duró mucho (por desavenencias entre el genio europeo y los ingenieros de la compañía), sí resultó muy fructífera. Así, mientras que la Westinghouse se convertía en la primera potencia eléctrica de los Estados Unidos con sus generadores de A.C. en las cataratas del Niágara, el científico disponía ya de todo el capital que necesitaba para poner en marcha los cientos de experimentos que se le pasaban por la cabeza. Primero, investigó en el campo de los Rayos X; después, desarrolló la electricidad de alta frecuencia, con las conocidas bobinas Tesla, y sentó las bases de la lámpara fluorescente; comenzó a idear la transmisión de energía eléctrica sin cables, haciendo múltiples presentaciones y conferencias al respecto... Su actividad fue frenética, así como accidentada. No en vano, en 1895 su transmisor sin cables a corta distancia provocó un incendio que arrasó con todo su laboratorio. Afortundamente, su fama era tal en esa época, que no le faltaron fondos para reconstruirlo.
     
    Dos años después, Tesla reanudó sus experimentos con la transmisión inalámbrica, la cual logró demostrar sin problemas en el río Hudson. Había nacido la radio. Curiosamente, este descubrimiento fue uno de los menos reconocidos del científico croata, que vio cómo, siete años después, el italiano Marconi se adjudicaba todo el mérito de su invención, empleando muchos de los aparatos desarrollados por Tesla para dar a conocer exactamente los mismos principios que él ya había expuesto. El Nobel que el transalpino ganó en 1909 enfureció tanto al científico croata, que demandó a la compañía Marconi de manera infructuosa. Eso sí, en 1943, la Corte Suprema de los Estados Unidos hizo justicia, al establecer que el trabajo de Tesla anticipó el de Marconi, cuya patente se declaró inválida.
     
    Gracias a la transmisión inalámbrica, Tesla pudo crear el primer control remoto de la historia, que presentó en una exhibición en el Madison Square Garden, dirigiendo a distancia un bote. Sus actividades eran ya verdaderos hitos sociales en Nueva York, su fama se disparaba, no paraban de llegarle peticiones de conferencias desde todos los rincones de EE.UU. y Europa... Pero también crecían sus críticos, sobre todo en la prensa, que empezó a recelar de las sensacionalistas y fantasiosas declaraciones del científico balcánico, a quien se le quedó pequeña Nueva York para llevar a cabo sus experimentos. Necesitaba más espacio para desplegar todo el potencial de sus ingenios. Y fue entonces cuándo le llegó la llamada de Colorado Springs.
     
    Leonard E. Curtis, un ex-abogado de Westinghouse asociado con la Colorado Springs Electric Company, lo invitó a trasladarse a esta región estadounidense, prometiéndole el uso de un amplio terreno y toda la electricidad necesaria. Tesla arribó en mayo de 1899 y, en tres meses, construyó un laboratorio completo con una torre y mástil cubierta por una esfera de cobre que medía 200 pies de altura. También erigió un oscilador de alta-frecuencia gigante, que Tesla bautizó como el transmisor de potencia. Todo un despliegue tecnológico, cuyo objetivo era claro: causar ondas resonantes en la tierra con sus descargas de alto-voltaje para suministrar grandes cantidades de energía eléctrica, que podría ser distribuida y conectada por todo el mundo. El experimento, por desgracia, no salió bien (dejó a oscuras a todo Colorado Springs, destruyendo su generador), lo que, unido a sus declaraciones de que había captado señales de radio extraterrestres, acabó con el crédito del croata, y también con su capital.
     
    El proyecto Wardenclyffe remató la moral y el prestigio de Tesla. Su extravagante (y cara) apuesta para enviar mensajes sin cables por todo el mundo fue rápidamente ensombrecida por los sistemas desarrollados por Marconi, iniciándose la rivalidad entre el italiano y el balcánico. Los acreedores rápidamente dispusieron de la torre creada por Tesla en Wardenclyffe, cuya destrucción puso el punto final a una carrera científica brillante. Tesla acabó encerrado en hoteles, acosado por las deudas (que el Gobierno de Yugoslavia pagó sin problemas), desconfiado y solo, cuidando de sus palomas. Sus ideas sobre vida extraterrestre y la violación de las Leyes de la naturaleza (como sus ideas sobre el viaje en el tiempo) le convirtieron en un loco para la prensa y la sociedad que tanto lo había admirado en el pasado. Eso sí, su inteligencia le permitió dejarnos un sistema de despegue vertical para aviones, y el velocímetro para los coches.
     
    Su genio solo es comparable a su leyenda negra. No en vano, se asegura que muchas de las ideas excéntricas del croata sí se pudieron hacer realidad, como su Rayo de la Muerte. Tesla apuntó a principios del siglo XX que era capaz de mandar un rayo electromagnético a centenares de kilómetros y arrasar grandes extensiones de tierra. En 1908, Tesla mandó un mensaje a su amigo Peary, anunciándole que le iba a alumbrar el cielo del Polo Norte. A los pocos días, una gran bola de fuego arrasaba la región siberiana de Tunguska, creando un fogonazo de luz incluso mayor que el de una bomba atómica. Obviamente, no hay datos confirmados de que dicha explosión fuera provocada por Tesla, pero lo cierto es que, en aquel 1908, el Rayo de la Muerte desapareció de la mesa de trabajo de Tesla, cuyas patentes siguen, a día de hoy, a buen recaudo en los archivos de los servicios de Inteligencia estadounidenses.
     
    Padre de la radio (y también de la televisión, pues afirmaba que era capaz de transmitir imágenes con la electricidad) y la electricidad moderna, políglota (dominaba ocho lenguas), genio incomprendido, excéntrico... La figura de Tesla sigue fascinando aún en nuestros días, en los que muchas de sus ideas siguen sin poder desarrollarse plenamente. Y hoy, 150 años después de su nacimiento, le rindo este merecido homenaje, para que su nombre no se pierda en el olvido de la historia.
     
    Un saludo a todos mis lectores.